La historia nos recordará

La división del teniente coronel Brian P. McCoy fue la primera en llegar al centro de Bagdad. No esperaban hacerlo aquel día, era tan sólo una incursión para comprobar reacciones. Los carros de combate iban con cautela: uno avanzaba cien metros y oteaba el peligro, al cabo de 30 minutos otro le relevaba y se colocaba cien metros más adelante. Los soldados observaban cualquier movimiento. La escena era tensa. McCoy iba con su jeep al final de la columna, controlando el ritmo de la operación.
Nadie les disparaba, nadie amenazaba. Sólo civiles iban de aquí para allí. La columna llevaba ya varias horas de nervios sin respuesta enemiga. McCoy habló con el cuartel central. De repente ordenó a su conductor que acelerara. Ya no se detuvo hasta la plaza del Paraíso, donde se levantaba la gran estatua de Saddam. Allí unos iraquíes empezaban a martillear la base.
Estuviera la escena preparada o no, McCoy entendió que la historia le esperaba. Su gloria estaba allí: Bagdad caería en sus manos. “¡Capitán Luis, derribe esa estatua!”, ordenó. El capitán Luis dudó, había órdenes de dejarlo en manos de los iraquíes. “¡Vamos, capitán Luis, hoy es un día especial, destrúyala!” Con aquella figura, Bagdad caía, Saddam caía, todo caía, el vello se erizaba. Brian P. McCoy pasaría a la historia. Caramba, la historia, debía pensar McCoy.
La guerra tiene esas cosas. El hombre se juega la vida, y si vence, la historia le recompensa. Qué gran hombre, McCoy: el desfile de la Quinta avenida, el confeti, las medallas. ¿Así construimos la historia de los humanos?

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