Los besos

Alejandro Duque Amusco
La poesía amorosa alcanza uno de los momentos más delicados –y estoy por decir, también de mayor dificultad– cuando busca el motivo de inspiración en el beso. Los poemas dedicados al beso conforman todo un subgénero erótico por sí mismo, pues no hay que olvidar que la historia del amor “no sólo es la historia de una pasión –como precisa Octavio Paz en su admirable tratado La llama doble– sino de un género literario”. Presente tenemos el arranque de “El Cantar de los Cantares”, que Fray Luis tradujo con arriesgado apasionamiento de esta manera: “Ojalá me bese con besos de su boca…” La poesía erótica de todos los tiempos y latitudes se ha servido del beso para expresar la gozosa entrega de los amantes o la anhelada aspiración de poderlo dar o recibir algún día: “Por un beso…, /​¡yo no sé lo que diera por un beso!”, concluye Bécquer en una rima que hace suya cada generación de adolescentes.
La verdad es que el favor que pretende el amante o la amada no es conseguir un beso, un solo beso, prueba insuficiente de correspondencia amorosa si no va acompañado inmediatamente de otros más. Propercio le dirá a su idealizada Cintia: “Aunque me dieras todos tus besos, me darías pocos”. Y otro elegíaco latino, Catulo, no duda en multiplicarlos con avaro deleite hasta perder la cuenta de los besos de Lesbia: “Dame mil besos, luego cien, /​luego otros mil, después cien más, /​todavía otros mil y luego cien, /​y, al fin, cuando contemos muchos miles, /​confundamos la cuenta para no saber el total”. A esta confusión de besos aspira inconteniblemente quien ama. Bien está el beso, símbolo y realidad de una unión más profunda con la persona amada, pero mejor los besos: el plural se impone.
Las derivaciones de este tema amoroso, como cabe imaginar, son numerosas. Constituyen un filón inagotable. Todas las piezas que aquí se reúnen –pertenecientes a la poesía española de la Edad de Plata, con la sola excepción de la del poeta chileno Pablo Neruda, el “poeta casamentero”, como él mismo gustaba llamarse– tienen en común el ofrecernos el instante del beso como un arrebato de los sentidos, en el que la piel y el alma confluyen.
Todos son besos, pero qué diferentes. El idilio romántico que Juan Ramón dibuja con tonalidades de acuarela es un monumento al candor y a la infinita inocencia. “Historia de un primer beso” podría titularse: un primer beso que la muchacha, más que dar, consiente, muy a pesar suyo, resignada: “como quien pierde un tesoro”. No tiene, sin embargo, nada de ingenuidad ni de remordimiento el beso rememorado por Pedro Salinas. Los labios del hombre y la mujer se han encontrado. Un relámpago, un instante. Pero el poema de Salinas no es en realidad un poema al beso, sino al recuerdo del beso dado, que es distinto, el beso acariciado una y otra vez por la memoria: “Hoy estoy besando un beso”.
Frente a la experiencia inicial descrita por Juan Ramón, el beso de Neruda en su “soneto de madera” (o sin rima) es, por el contrario, un “último beso”, que tanto tiene de despedida de la amada como de promesa de perduración. La muerte nada puede contra los amantes. Ellos se irán, sí, pero estrechamente unidos “a vivir para siempre la eternidad de un beso”.
Y si un mundo hecho carnalidad es el que pide besar y ser besado en el poema de Vicente Aleixandre, en el de Miguel Hernández es justamente al revés: la boca, arrebatada por el fuego erótico, es la que adquiere dimensiones inconmensurables: “El labio de arriba el cielo /​y la tierra el otro labio”. La boca, en la sobrecogedora imagen hernandiana, no sólo acaba siendo por metamorfosis un universo vivo, fecundo, generador de vida, también es –y esto le otorga verdadera grandeza– una matriz de tiempo, por la que el pasado y el porvenir se actualizan.
En el beso, pues, late la sangre de nuestros antepasados y de nuestros descendientes. El beso es el gran nudo vital. El ayer y el mañana están en él. El beso tiene la inocencia del instinto. Es la lengua del tiempo. Anhelo de posesión. Impulso ciego.
El beso.



Juan Ramón Jiménez (18811958)

ADOLESCENCIA

En el balcón, un instante
nos quedamos los dos solos.
Desde la dulce mañana
de aquel día, éramos novios.

–El paisaje soñoliento
dormía sus vagos tonos,
bajo el cielo gris y rosa
del crepúsculo de otoño – .

Le dije que iba a besarla;
bajó, serena, los ojos
y me ofreció sus mejillas,
como quien pierde un tesoro.

–Caían las hojas muertas,
en el jardín silencioso,
y en el aire erraba aún
un perfume de heliotropos – .

No se atrevía a mirarme;
le dije que éramos novios,
…y las lágrimas rodaron
de sus ojos melancólicos.

De Rimas, 1902; versión “revivida”
en Segunda antolojía poética, 1922

Pedro Salinas (18911951)

Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más.
El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada
ya, para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.

Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no
–¿adónde se me ha escapado? –.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos.

De La voz a ti debida , 1933

Federico García Lorca (18981936)

CANCIÓN

Y yo te daba besos
sin darme cuenta
de que no te decía:
¡Oh labios de cereza!

¡Qué gran romántica
eras!
Bebías vinagre a escondidas
de la abuela.
Te pusiste como una
celinda de primavera.
Y yo estaba enamorado
de otra. ¿No ves qué pena?
De otra que estaba escribiendo
un nombre sobre la arena.

En la revista Cuadernos de Ágora, nº 2122, Madrid, 1957

Dámaso Alonso (18981990)

VERSOS DE OTOÑO

Esta avenida larga
se te parece.
Hoy, como el otoño, tiene
tu media luz,
tu carne blanca y tenue,
tu aristocracia
y tu manera de envolverme
con las pestañas largas
en un frío dudoso
y débil.
¡Oh, si pudiera ahora
besarte castamente
la boca roja y dulce
para siempre!

De Poemas puros. Poemillas de la ciudad, 1921

Vicente Aleixandre (18981984)

LOS BESOS

Solo eres tú, continua,
graciosa, quien se entrega,
quien hoy me llama. Toma,
toma el calor, la dicha,
la cerrazón de bocas
selladas. Dulcemente
vivimos. Muere, ríndete.
Solo los besos reinan:
sol tibio y amarillo,
riente, delicado,
que aquí muere, en las bocas
felices, entre nubes
rompientes, entre azules
dichosos, donde brillan
los besos, las delicias
de la tarde, la cima
de este poniente loco,
quietísimo, que vibra
y muere. –Muere, sorbe
la vida. –Besa. –Beso.
¡Oh mundo así dorado!

De Sombra del Paraíso

Manuel Altolaguirre (19051959)

BESO

¡Qué sola estabas por dentro!

Cuando me asomé a tus labios
un rojo túnel de sangre,
oscuro y triste, se hundía
hasta el final de tu alma.

Cuando penetró mi beso,
su calor y su luz daban
temblores y sobresaltos
a tu carne sorprendida.

Desde entonces los caminos
que conducen a tu alma
no quieres que estén desiertos.

¡Cuántas flechas, peces, pájaros,
cuántas caricias y besos!

De Soledades juntas, 1931

Miguel Hernández (19101942)

LA BOCA

Boca que arrastra mi boca.
Boca que me has arrastrado:
boca que vienes de lejos
a iluminarme de rayos.
Alba que das a mis noches
un resplandor rojo y blanco.
Boca poblada de bocas:
pájaro lleno de pájaros.

Canción que vuelve las alas
hacia arriba y hacia abajo.
Muerte reducida a besos,
a sed de morir despacio,
das a la grama sangrante
dos tremendos aletazos.
El labio de arriba el cielo
y la tierra el otro labio.

Beso que rueda en la sombra:
beso que viene rodando
desde el primer cementerio
hasta los últimos astros.
Astro que tiene tu boca
enmudecido y cerrado,
hasta que un roce celeste
hace que vibren sus párpados.

Beso que va a un porvenir
de muchachas y muchachos,
que no dejarán desiertos
ni las calles ni los campos.
¡Cuánta boca ya enterrada,
sin boca, desenterramos!

Bebo en tu boca por ellos,
brindo en tu boca por tantos
que cayeron sobre el vino
de los amorosos vasos.
Hoy son recuerdos, recuerdos,
besos distantes y amargos.

Hundo en tu boca mi vida,
oigo rumores de espacios,
y el infinito parece
que sobre mí se ha volcado.

He de volver a besarte,
he de volver. Hundo, caigo,
mientras descienden los siglos
hacia los hondos barrancos
como una febril nevada
de besos enamorados.

Boca que desenterraste
el amanecer más claro
con tu lengua. Tres palabras,
tres fuegos has heredado:
vida, muerte, amor. Ahí quedan
escritas sobre tus labios.

De Últimos poemas, 1941

Pablo Neruda (19041973)

SONETO XCIII

Si alguna vez tu pecho se detiene,
si algo deja de andar ardiendo por tus venas,
si tu voz en tu boca se va sin ser palabra,
si tus manos se olvidan de volar y se duermen,

Matilde, amor, deja tus labios entreabiertos
porque ese último beso debe durar conmigo,
debe quedar inmóvil para siempre en tu boca
para que así también me acompañe en mi muerte.

Me moriré besando tu loca boca fría,
abrazando el racimo perdido de tu cuerpo,
y buscando la luz de tus ojos cerrados.

Y así cuando la tierra reciba nuestro abrazo
iremos confundidos en una sola muerte
a vivir para siempre la eternidad de un beso.

De Cien sonetos de amor, 1959

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