Crístobal Serra. el aforismo en persona

Presentación y selección de Joan Guasp
Escritor
El avispado cazador de aforismos que está hoy entre nosotros, es Cristóbal Serra. Aunque no siempre los llame él así. Como tienen un espíritu muy juguetón se divierte poniéndoles sustantivos locuelos de su propia cosecha. Al último acopio que ha hecho de ellos los ha llamado «nótulas». En otras ocasiones los ha llamado cuchicheos, volatines, naderías, maullidos de gatos, ventoleras, rasguños, granos de polen, puntos negros, borrones, guiños. Todos tienen el sello de la concisión, de la brevedad. Es así porque Cristóbal Serra odia el charlatanismo literario, por genial que sea. Cristóbal Serra huye de la pomposidad y de la grandilocuencia. No soporta lo que se escribe en estado de ebriedad verbal. Como buen pescador de caña que es, sabe de siempre que «por la boca muere el pez».
Además, los aforismos de Cristóbal Serra, y toda su obra literaria en general, constituyen una filigrana hecha a base de engarces de humor y poesía. A veces su prosa puede aparentar, al lector no avisado, superficialidad cuando es eminentemente profunda. Su pensamiento roza lo mismo la nube que el suelo, anda por los aires, pero también lo hace oliendo el terruño. Es rascacielos y rascaentrañas. Siente la misma curiosidad por los recovecos del alma que por el espacio sideral. Todo ello le produce un gran placer.
Yo pienso que Cristóbal Serra se ríe sólo a menudo. Recluido en su piso de Ciutat de Mallorca no deja de surcar los ilimitados océanos de su magín a bordo de una singular y alegre barquita multicolor. De un tiempo a esta parte somos unos cuantos los que nos hemos unido a sus risas. Es verdad que nos reímos sin entenderlo del todo, porque su verbo nos desconcierta, pero ello no es óbice para que nos lo pasemos en grande.
En una de mis múltiples visitas a Cotiledonia les hablé a los bilibús, a los marimondinos, a los tomavonenses y a los apagones sobre el mistérico mundo aforístico, informándoles de la superioridad innata de los aforismos sobre cualquier otro género. Ellos no sabían nada sobre aforística. Me preguntaron: “¿Qué extraño bicho es el aforismo?” Sentí compasión por ellos, criaturas nacidas del magín serriano. Hasta que dije: «¿Y vosotros me lo preguntáis? ¡El aforismo es Cristóbal Serra!»
Yo me quedé muy satisfecho con mi respuesta, porque sé que el propio Cristóbal Serra es, en efecto, un tenue y frágil aforismo. No hay más que verle.



Los que no ven más allá no sospechan las formas espirituales.
Los individuos de fino ingenio son los más expuestos a sufrir de melancolía.
¡La Divina Comedia! No es lo más apropiado llamarla así. Más que comedia es melodía.
El libro de Job, drama sacro, teatro a tres voces, me parece tan perfecto como cualquier tragedia de Sófocles o de Eurípides.
Falsa es aquella poesía que no se sustenta en la sustancia de lo presente.
He sido torrente con más sequía que caudal.
La rutina es la ruina del docente, la gangrena del saber.
Seguiré manteniendo, mientras viva, si nueva luz no hiere mis ojos, que el misticismo se aviene con el humor.
El pensamiento a secas es esquizofrénico. Sólo pensar, sin atender la voz del silencio, crea gente partida en dos.
Pecas porque te castiga el propio pecado. ¿Paradoja? No: Verdad.
Jesús hacía pausas en la predicación, a fin de que, en los días calurosos, sus oyentes tomaran un refresco.
La lámpara alumbra mejor desde más cerca.
Para mí, el pecado del comunismo es ser un contraevangelio.
Las aguas del mar tienen mala memoria: no recuerdan los peces que las surcaron.
Toda fama supone contrafama.
Me gusta escribir con lápiz y con látigo.
Siempre fue acre el sudor del pie de la Envidia.
En el estanque de la tradición, croan ranas perezosas.
En los surcos de la conformidad, reposan los pájaros muertos.
Algunos filósofos son de naturaleza indigesta bien probada.
Yo, por mi parte, digiero mejor un huevo frito que Aristóteles.
El cerdo no engorda masticando laurel.
Las frases felices son monedas de cuño indeleble.
La música del rebuzno carece de contrapunto.
Puede que sea una la verdad pero no es una mentira.
El sabio transforma en ignorancia para sí el mucho saber.
Recuérdalo bien: el que se aferra a la fama suele morir infame.
Las oscuridades de los textos revelatorios existen con el fin de que nadie pueda enbriagarse de seguridad.
No esperes que la raposa grite ante el gallinero: «¡Que viene la raposa!»
Métete en hielo y sal candente.
No te empeñes en adquirir al precio que sea. Viaja para empobrecerte, para ser el tonto, al retornar a casa.
Trágate lo que sea, pero atragántate, o haz como que te atragantas, cuando el bocado que te sirven es malo.
Los motivos para rebelarte son muchos, pero son más las razones para apaciguarte. No te castres la imaginación.
El tiempo no da ancianidad a los días pero posee un arte consumado para convertirlo todo en polvo.
Tengo derecho al recogimiento y anhelo sólo el silencio del santuario interior.
No veo por qué no ha de poder ocurrir lo milagroso, lo fuera de lo común.
A la sinrazón de la naturaleza no hay que hacerla entrar en razón.
Siempre fui poco providente, no porque me creyera justo sobre la tierra, sino por miedo a ser demasiado previsor.
Pedir caridad a los surrealistas es pedir peras al olmo.
El profeta galileo fue saeta de las que se clavan y a la que las gentes mezquinas atribuyen un chacoloteo que no cuadra con su suprema naturaleza.
Si en la Luna apareciera de pronto un ventrílocuo, ¿qué íbamos a pensar? Que en la luna había un hombre que tenía dolor de muelas.
El ciego no tiene noción de la oscuridad; tampoco el ignorante la tiene de su ignorancia.
Para no tener que juzgar a los demás, has de negarte a todo trato humano.
Ni ahogar el presente, ni zambullirse en el pasado. Buscar aire nuevo donde se pueda respirar.
Difícil cosa es la pereza, sobre todo la colectiva.
Si gozamos de la literatura, del arte, es porque aceptamos nuestro límites. Si los sobrepasamos, el encanto artístico se disipa.
La afirmación categórica: quintaesencia de banalidad.
Apreciar la grandeza exige ir a reculones.
Quien dispuso este mundo lo decretó así y su decisión es irrevocable.
De lenguas mudas nacieron posiblemente las grandes rebeldías.
La mayor delicadeza puede consistir en hacer uso de un mínimo de delicadeza.

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