No es fácil crear un país democrático

Miquel Siguan
Catedrático de Psicología de la Universitat de Barcelona
Una vez aclarado que Saddam no era un aliado de Bin Laden y una vez descartado que acumulase armas de destrucción masiva sólo ha quedado como justificación de los que han lanzado y ganado la guerra contra Irak que lo que pretendían era acabar con un dictador tiránico para dar paso a un régimen democrático. ¿Qué posibilidades hay de que esto ocurra?
Empecemos por recordar que la democracia no se establece por decreto. De los aproximadamente 200 estados independientes que existen en el mundo es difícil decir cuántos merecen el calificativo de democráticos pero lo que es evidente es que todos los que lo merecen han llegado a la democracia tras un largo proceso histórico que ha implicado la aceptación de una ideología que presupone la igualdad de base de todos los ciudadanos. Y la experiencia demuestra además que el ejercicio democrático requiere algo más que un fundamento ideológico ampliamente compartido, necesita también que la mayoría de la población, y no sólo una minoría privilegiada, disponga de un nivel de vida mínimo y que haya alcanzado un cierto nivel de instrucción. Y aún podemos precisar más, la práctica del ejercicio democrático supone la existencia de una clase media de profesionales independientes, con opiniones políticas propias y de unos sindicatos capaces de encuadrar a los trabajadores.
En el caso del Irak todavía podemos añadir a lo dicho otras condiciones, que la democracia solo podrá funcionar si se encuentra una fórmula política que permita a la vez la autonomía y la solidaridad de grupos tan diversos como los kurdos y como los chiitas y que, dada la situación de Irak en una región tan caliente como es el Próximo Oriente, que será muy difícil asegurar un funcionamiento democrático si no se produce una evolución similar en el conjunto de la zona lo que, entre otras cosas, implica resolver previamente el conflicto entre Palestina e Israel.
Nada de lo que acabo de señalar es imposible aunque por supuesto es un proceso que requiere tiempo pero sobre todo es un proceso que requiere el impulso de quienes pueden influir sobre él desde el exterior, que en este momento son los que han ganado la guerra. Compete por tanto ahora a los Estados Unidos el hacer posible un régimen democrático en Irak y para ello empezar por promover el desarrollo económico del país lo que no debería ser difícil si se tiene en cuenta la extraordinaria riqueza petrolera que mínimamente repartida bastaría para asegurar un nivel de vida suficiente a la mayoría de la población. A condición claro de que no se piense sólo en el interés de las compañías petrolíferas ni se tolere el enriquecimiento de los políticos locales ascendidos al poder y rápidamente corrompidos. Y simultáneamente los Estados Unidos deberían contribuir a la modernización y al desarrollo democrático del conjunto del mundo árabe en vez de fomentar como ahora, por activa o por pasiva, el integrismo islámico.
Deberían hacerlo pero ¿lo harán efectivamente? Confieso mi escepticismo, pues si éstas fuesen sus intenciones no habrían optado por haber declarado la guerra sino que habrían elegido otros caminos menos sangrientos y más efectivos. De modo que sólo nos queda esperar que las dificultades y las decepciones que van a encontrar como ocupantes les inciten a rectificar. Y les convenzan de que la tarea de democratizar Irak y la todavía más importante de impulsar la modernización del mundo árabe no la pueden asumir en solitario.

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