La hora de los alcaldes

Josep Maria Margenat
Jesuita y profesor de Filosofía Social en ETEA
Explican los geógrafos la diferencia entre dos espacios: ager y rus. El ager es el espacio natural no humanizado, simplemente productivo, o ni siquiera. El rus es el campo humanizado y habitable. La guerra de Irak ha enfrentado al campo, en su sentido agrario, agreste, no rural, con la ciudad. Desde la muerte de Carlo Giuliani en Génova por la bala fascista disparada por la policía de Berlusconi (julio de 2002) siento que al nuevo autoritarismo conservador le molesta la ciudad como espacio de convivencia y de libertad (“el aire de la ciudad hace libre”, decía el proverbio medieval alemán). Génova fue una ciudad sitiada, como antes bombardeadas Sarajevo, Belgrado o Dubrovnik, y ahora Basora, Mosul o Bagdad. “Rangers” de Tejas y “ratas del desierto” han llegado a la ciudad del patesi Gudea. A esta gente agraria y agreste, que no rústica y rural, parece que le sienta mal la ciudad, porque la odia. Quieren destruir el espacio urbano, sutil, complejo, ambiguo, desde su fundamentalismo de secano, desde su puritanismo de “renacidos”. No se dan cuenta de que destruyendo Babilonia, y convirtiéndola en un agreste erial, retrasan la construcción de la Jerusalén celestial.
Los Estados son agrestes, son territoriales, son masculinamente asertivos en un perímetro dado como contorno de afirmación de poder. Las ciudades son felices, son abiertas avenidas de acogida, son femeninamente receptoras de vida plural y divergente. El arte de la ciudad es un delicado producto de la cultura y la sensibilidad humanas. Los mediterráneos estamos orgullosos de nuestra aportación milenaria a la cultura urbana, a la convivencia civilizada. Ahora parece que ha llegado la hora vanidosa y banalmente prepotente de los jefes de las naciones. Pero suerte tenemos de reyes como el nuestro y de presidentes republicanos, como Ciampi, que con su silencio desaprobatorio o con su palabra enérgica, salvan la dignidad nacional. La que en realidad ha llegado es la hora de los alcaldes. Clos, De la Torre, Moratalla o Rosa Aguilar pudieran recordar los gestos de aquel profético alcalde de Florencia, Giorgio La Pira, amigo de primera hora de El Ciervo, que en tiempos de Guerra Fría inventó, mística y políticamente, la diplomacia de las ciudades. No todo está perdido. Podrán someter muchas instituciones, podrán con el derecho, con los Estados, con los ejércitos, pero con las ciudades no. Éstas son más libres y más sólidas que todos los poderes de este mundo. Gudea espera la visita de los alcaldes de Barcelona, Málaga, Granada o Córdoba.

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