De visita con toque de queda

Elena Alonso
Médico en Hebrón (Cisjordania) de Médicos sin Fronteras
Empiezo el día a las seis y media en Hebron. Hoy tengo que ir a buscar a Mervat, nuestra enfermera, a Al Khder, en Belén. Debido a la situación en los Territorios, hace semanas que Mervat no puede salir de Belén y sin nuestra presencia le sería imposible.
Ya de vuelta, en el check-​point de Hebron están los mismos soldados israelíes de ayer. Son chavales y les cuesta salir de la garita; no me extraña, hace un frío impresionante a pesar de ser el mes de mayo y la niebla no les debe ayudar a tener ánimos suficientes para salir a mi encuentro. Haciendo cola en el check-​point también se encuentran camiones de palestinos que a saber cuánto tiempo llevan esperando su oportunidad para seguir su viaje. Sumisos los conductores palestinos esperan, como cada día, durante horas.
Llegamos a la oficina de MSF en Hebron un poco tarde, ya que el velo de Mervat (es palestina) siempre levanta sospechas en el check-​point. Hoy, para dejarnos pasar, los soldados se han conformado con ver nuestros carnets de miembros de MSF. En Cisjordania el carnet de identificación es un mágico salvoconducto en medio de tantos controles.
Cuando entramos en Hebron vemos que hay muy poca gente por las calles. En una ciudad con un tráfico especialmente caótico, eso sólo puede significar que hoy también hay toque de queda durante todo el día –normalmente es sólo desde las seis de la tarde. El coordinador de MSF, desde la oficina, me lo confirma por la radio mientras veo que algunas tiendas abren sus puertas a medias, sin resignarse del todo a quedarse un día más encerrados en casa. Gracias al personal local de MSF sabemos que anoche detuvieron a palestinos en Abusneina, no se sabe muy bien cuántos y siempre es por motivos de “seguridad”.
Nosotros hoy tenemos que llevar nuestra clínica móvil a Jimba, una pequeña población beduina en el extremo sudeste de la provincia de Hebron. Nos cuesta una hora llegar, parte del camino es una pista sin asfaltar. Nos recibe la dueña de la tienda donde hacemos la consulta. Poco a poco los pacientes van llegando. La consulta va lenta pero nadie tiene prisa, hoy es día de encuentro y las mujeres están contentas hablando entre ellas, mientras dan el pecho a sus bebés, los niños, descalzos, no parecen acusar el frío invernal. Desde la consulta podemos ver el campo militar a pocos kilómetros de Jimba. Nos dicen que hace una semana los soldados mataron 100 ovejas. A lo mejor también fue por “seguridad”.
De vuelta a la oficina nos tomamos un te rápido para entrar en calor pero aún tenemos que visitar a un par de familias en la zona de h3. Esta es la parte de la ciudad de Hebron que está fuertemente controlada por los israelíes para proteger a 400 colonos que han decidido que es aquí donde deben vivir, sin importarles las consecuencias que su decisión provoca sobre los 15.000 palestinos que ya se encontraban aquí.
Primero vamos a Daboia, cerca de la colonia de israelíes que hay en medio de h3. El conductor, palestino, nos esperará fuera, en la frontera entre H1 y h3. Para él puede resultar muy peligroso estar tan cerca de la colonia judía. Mervat y yo cogemos nuestros cosas y nos dirigimos bajo la lluvia a la casa. Tenemos que cruzar un check-​point. Los soldados nos miran como si estuviéramos locas, ya que a partir de aquí vamos a afrontar el peligro real de Hebron: los colonos. MSF atiende sólo a palestinos, con lo que para ellos ayudamos al enemigo. Cruzamos la calle de Los Mártires con paso ligero, sabemos que a pesar de que las casas están cerradas a cal y canto los palestinos siguen viviendo en este infierno, encerrados bajo el continuo miedo a los colonos que cada noche con sus pedradas, sus palizas y sus armas, les recuerdan que están ahí y que se van a quedar. Siento las miradas curiosas de los palestinos a través de las rejas de las ventanas, siento su desesperación resignada, siento su cansancio y su miedo. Por la radio voy contando a Albert –el coordinador– que de momento la situación es tensa pero que no tenemos problemas. Me dice que no nos entretengamos más de lo necesario. Llegamos a la casa donde viven cuatro familias. Nos dicen que hay dos niños de 3 y 5 años con fiebre desde hace un par de días. Tras examinarles parece que tienen amigdalitis. Mientras buscamos en nuestra bolsa la medicación se acerca la abuela, tiene dolor de rodilla y hace meses que no puede ir al médico; otra mujer joven nos dice que su hijo de 8 años tiene enuresis (se orina en la cama) desde que presenció que los colonos pegaron a su padre una mañana cuando intentaba ir a trabajar. Tiene pesadillas, apenas duerme y se niega a ir al colegio. Recojo los datos para derivárselo a la psicóloga del equipo. Todo parece indicar que se trata de PTSD (trastorno de stress post traumático, por sus siglas en inglés). Otra mujer de 25 años está embarazada de su cuarto hijo, no se ha hecho ni la prueba de embarazo. Cada miembro de la casa tiene algo que decirnos, es muy difícil marcharse.
Al salir un grupo de colonos nos miran hostiles, están armados, y siento algo parecido al miedo. Nuestro chaleco blanco de MSF, que nos identifica como personal sanitario, no es antibalas. Volvemos rápidas hacia el coche. Al menos ha dejado de llover.
Nos queda aún la última visita del día, una casa ocupada en Abusneina. A pesar de estar a poco más de 200 metros de donde estamos, nos vemos obligados a dar un rodeo de más de 20 minutos para evitar atravesar otra de las colonias. Muchas calles están bloqueadas con tierra y grandes piedras así que el conductor tiene que intentar distintas rutas hasta que llegamos por fin a nuestro destino.
No hay nadie en las calles. Sólo vemos algunos niños aquí y allá, siempre con piedras en sus manos. Son los mismos niños a los que los soldados responden con balazos. Maldita seguridad. Nos cruzamos con cuatro o cinco soldados que están registrando las casas, actividad cotidiana, y que no nos prestan la menor atención. En esta casa que ha estado ocupada por soldados israelíes durante 15 años nos espera el padre de familia con asma. Esto de los inhaladores no le convence pero tiene un broncoespasmo importante, así que además de darle corticoides invertimos casi media hora en convencerle de las ventajas del salbutamol. Toda la familia se va agrupando en la habitación donde estamos, los niños nos miran con curiosidad y se ríen cuando les saludo en árabe: mi pronunciación es terrible.
Hemos estado en permanente contacto por radio con Albert. Y es que el apoyo desde la oficina es fundamental para sentirte seguro. En días como hoy el significado de la palabra “ocupación” cobra todo su sentido. De nuevo hay que llevar a Mervat a Al Khder y yo siempre me ofrezco voluntaria. En el camino de vuelta pongo una cinta de Sabina y pienso en las miserias que hemos visto hoy. En el check-​point los soldados bromean conmigo. A mí, en cambio, su M16 no me hace mucha gracia. Cuando llego a casa ya es de noche, así que no podemos salir, preparamos la comida, charlamos un rato, y vivimos nuestro toque de queda también, y es que las noches de invierno en Hebron son muy largas.

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