El don de los 80

Cristóbal Serra (1922)
Escritor
No deja de ser un don de la vida llegar a viejo sin ser un vejestorio. Si se mira uno al espejo y ve que su rostro aún conserva cierta tersura, agradece al paso del tiempo que su huella en la cara no sea muy visible. Entonces, exteriormente, no mueves a lástima. Hay que agradecer, pues, esa gracia que se une a la del vivir.
También hay que agradecer a la mens que pueda aún alojar pensamientos, proyectos, y algún que otro primor creativo. A mí me han encontrado los 80 con un libro que no acaba de salir en el mercado, por una mala distribución y que espero puedan leer pronto mis lectores. El título del libro: El asno inverosímil. Ahora mismo estoy empeñado en escribir la historia inmediata de una hermandad asnológica que hacemos realidad unos cuantos hermandinos –burla verás.
Por lo demás, sigo firmemente anclado en la rutina, en esa rutina que, para mí, constituye el substrato de nuestras vidas. Es tan rutinaria mi vida como la de cualquier mortal que vive solo y se las ha de apañar para comprar el pan y asegurarse la pitanza diaria. Esto me ocupa unas horas del día. Una vez realizada esta diligencia doméstica, puedo permitirme ser diligente o indolente. Si soy diligente, me dedico a releer viejos libros que tengo anotados y que leo con presteza. Escucho música, despejo dudas mentales, si puedo, y algunas veces escribo aquellas cartas que me apetece escribir. Si estoy indolente, ni yo mismo.
Sé lo que hago, pues, a veces dormito y otras veces me creo entrar en éxtasis. Un éxtasis que nunca tiene visos de visionario.
Y esto es todo lo que puedo decirles de mi vida cotidiana de ochentón en quien no ha muerto la jovialidad.
Termino con Swift que tuvo el acierto de decir: “Jamás un hombre sabio quiso rejuvenecer”.

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