Hay que tener un proyecto

Teresa Pàmies (1919)
Escritora
Con motivo de la publicación de mi folleto sobre el envejecimiento, La aventura de envejecer en versión castellana, el periodista de La Vanguardia Victor M. Amela me preguntó: “¿Cómo es hoy un día normal en su vida?” Lo de “normal” requiere una precisión: ¿qué se entiende por normal en la jornada de una octogenaria? Siendo cada día diferente habrá días “normales” y días “anormales” y esto complicaba la respuesta. Contesté: “Me levanto a las siete, hago diez minutos de gimnasia, preparo el desayuno…” El entrevistador me interrumpió: “¿A las siete? ¿Y para qué tan temprano?” Esta pregunta, a espetaperro, como diría mi admirado Delibes, me descolocó. Al joven periodista no le parecía “normal” que los viejos se levanten tan temprano porque la opinión predominante es que el viejo no tiene nada que hacer y que lo normal es que se quede en cama, aunque no duerma. No se concibe que una actividad matinal no obligatoria ayuda a envejecer y a proyectar una jornada. Tener un proyecto, por modesto que sea, es vital para llenar de ilusión y de curiosidad el día que empieza. No sé si el joven y afable periodista se creía las inspiradas respuestas de la vieja “enrollada”, esforzándose para no incurrir en el gimoteo del anciano taimado y quejumbroso. Siempre es más agradable el trato con los viejos marchosos, aunque faroleen, que los taciturnos y apocalípticos.
En la entrevista para La Vanguardia, hecha por un joven educado y profesionalmente preparado, procuré responder con toda naturalidad aun a sabiendas de que mis palabras podían sonar algo petulantes. Esbozo el programa de mi jornada habitual que empieza a las siete de la mañana y termina hacia las doce de la noche, con pausa de diez minutos para la siesta en mecedora, después de una comida frugal con los productos frescos o precocinados comprados cada mañana en el mercado del Ninot ubicado frente a mi casa. “Me gusta ir al mercado”, a comprar y a charlar con gente. “¿A cotillear?”, interrumpió el periodista. Pues sí, también a cotillear después de haber ojeado dos diarios y marcar lo que leeré más tarde mientras cuece la verdura y trabaja la lavadora. El día transcurre entre llamadas telefónicas, lectura de correspondencia y la preparación de mi articulo semanal para el Avui, y el comentario radiofónico para el programa de Josep Cuní en Ona Catalana. Hay tiempo para los hijos emancipados y mis siete nietos de 29 a siete años. Y para leer alguna novela, visitar alguna amiga en el geriátrico y asistir al funeral de los que hacen mutis. Envejecer así es una suerte pero, la suerte hay que “currársela”, como dicen los jóvenes.

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