Soy un privilegiado

José María Díez-​Alegría (1912)
Teólogo
Tengo mis facultades mentales perfectamente. En esto soy un privilegiado. Casi me siento avergonzado de tener tanta suerte. Procuro compensarlo con una paciente afabilidad.
Todavía mis ojos miopes, bastante gastados, me permiten leer mucho. Es mi gran afición. Uso muy poco la televisión, nada la radio y en razón de mi edad me mantengo ajeno de la informática. Prefiero enterarme de las cosas por la prensa escrita y las revistas, sobria pero suficientemente. No me dejo captar por el sensacionalismo. Procuro seguir aquella escondida senda “por donde han ido /​los pocos sabios que en el mundo han sido” (Fray Luis de Léon).
Soy más bien contemplativo que hombre de acción. Pero mi contemplación, más que acentuadamente intelectiva (conceptual), ha sido intuitiva, poética y afectiva. Tengo alguna afinidad con el maestro Eckhart y con Margarita Poreta, pero quizá más con Francisco de Asís y con Ramón Llull, y bastante con el oriental Gregorio Palamas (teólogo de los “silenciosos” y de los movimientos marginales de pauperismo evangélico) y con la docta ignorancia de Nicolás de Cusa. Mi actividad (que no ha sido escasa), como profesor, escritor, expositor y dialogante, pertenecía al orden de la contemplación y de la comunicación, más que de la actividad organizativa, instrumental o técnica. Pero ahora ya, superjubilado en razón de mi edad y de movilidad decadente, vivo en mí mismo “la música callada, la soledad sonora” de que nos habla san Juan de la Cruz.
En dos textos bíblicos (1 Reyes 19,813 y Éxodo 36,4) hay una referencia al misterio de Dios, que yo creo vivir en mi interior de una manera modesta, pero bastante profunda. Elías sube a la montaña en que Dios se había manifestado a Moisés. Allí se va a hacer presente el Dios de Abraham. Vino un huracán violento, pero no estaba Dios en el viento. Después vino un terremoto, pero Dios no estaba en el terremoto. Después un fuego, pero no estaba Dios en el fuego. Después del fuego se oyó una brisa tenue. Allí estaba Dios. Elías lo oyó. Mas esta escena está calcada de la del Éxodo, en que Moisés sube a la montaña y Dios pasa ante él. Y lo que Dios le dice allí a Moisés es esto: “Yahwé, Yahwé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad”.
Se me pregunta si en mi actual vivencia predomina la nostalgia del pasado o la esperanza del futuro. Predomina la esperanza. Pero, con respecto al cosmos espacio-​temporal, una esperanza humilde (de que vaya aumentando el amor abierto y fraterno y disminuyendo al horroroso afán de dinero y el necio egocentrismo de cada cual).
Pero mi modo de estar en la existencia es hoy de serena quietud y espera. De un modo muy humilde, me atrevo a hacer mías las palabras del mártir del siglo ii Ignacio de Antioquía, que en su carta a los cristianos de Roma (vii,2) les decía sentir algo así como “un agua viva que murmura dentro de mí y desde lo íntimo me está diciendo: ven al Padre”.

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