No creo mucho en el poeta que se siente compelido a tomar la pluma todos los días

Ricardo Defarges
¿Cuándo y cómo escribe poesía?
La mejor respuesta a esta pregunta creo que podemos hallarla en las páginas de la primera Carta a un joven poeta, de Rilke. Ese “¿debo yo escribir?” a que alude, con todo el desarrollo que le acompaña, aborda el tema vocacional. Podemos completar la pregunta en esta forma: “¿debo yo escribir, aquí y ahora?”, cuando nos urge el deseo de crear un poema, en determinado momento de nuestra vida. Personalmente, he procurado escribir sólo al impulso de una íntima necesidad (de nuevo, en términos rilkeanos). No creo mucho en el poeta que se siente compelido a tomar la pluma todos los días, ni en el resultado de lo que así haga.
¿Qué nota cuando escribe versos?
Cuestión difícil de contestar. El poema conlleva un problema de construcción, y ahí está probablemente su mayor dificultad. A medida que se avanza en la escritura, surgen los temas de la expresión, de la elección de materiales, etc. Por lo general, llega un momento (más bien inicialmente) en que “se nota” que el poema es posible. De todas formas, al proseguir lo comenzado, toda precaución es poca.
¿Cree usted que la perla no se explica por la ostra (Proust)? ¿Cómo ve la relación entre su obra y usted? ¿Cree en la inspiración?
Me parece que en la génesis de un poema la necesidad de escribirlo (en el sentido rilkeano) cuenta más que la “inspiración”, término que encuentro excesivamente vago. La necesidad de dar salida y desarrollar una vivencia con una concreción mínima, es lo decisivo.
¿Qué piensa usted de la métrica, de la rima (consonante y asonante)? ¿Y del verso libre?
Todo lo nombrado son lo que pudiéramos denominar instrumentos de la expresión poética. Su importancia, en el “oficio”, es de pura evidencia. Ahora bien, me parece que no se puede dar preferencia a un procedimiento sobre otro. Se imponen algunas observaciones. El poema, al ir creándose, y sobre todo, al nacer, suele elegir o postular, él mismo, el medio expresivo más adecuado. Los poetas suelen tener aptitudes diferentes para los distintos medios expresivos enumerados. Las distintas épocas literarias, en una palabra, el tiempo, tienen gran importancia (recuérdese la observación de Cernuda de que el secreto de la rima se fue con Calderón, y hoy nos suena, salvo excepciones, ripiosa). Por eso cada poeta debe intentar conocer con la mayor precisión posible, sus personales aptitudes expresivas. Entre los procedimientos expuestos, creemos que no debe omitirse el poema en prosa, que no debe confundirse con la prosa poética, y que consideramos muy importante como unidad poética.
¿Cuál es la función de la metáfora en su poesía? ¿Puede citarnos algunas que le parezcan características o de las que esté satisfecho?
La metáfora, aislada en el poema, y con función, por así decirlo, “plástica”, no es frecuente en mi poesía. Hay poetas para los que, en el sentido explicado, es, digámoslo así, imprescindible. Dos ejemplos extraídos del Romancero Gitano:
Mil panderos de cristal,
herían la madrugada.
(“Romance sonámbulo”)
El cielo, se les antoja
una vitrina de espuelas.
(“Romance de la Guardia Civil española”)
En ambos ejemplos, la cosa oculta tras la metáfora, y por ella expresada, son, evidentemente, las estrellas. No podemos llevar el análisis demasiado lejos. Simplemente, hay que observar que ambas metáforas no tienen función meramente “plástica”. Muchos otros matices brotan de ellas.
En mi poesía, como ya he observado en otro lugar (prólogo de mi Antología Poética de El Bardo, 1985), son frecuentes las técnicas “objetivadoras”, cuyo fin es evitar la “falacia patética” (sólo podemos aquí resumir, esbozar). Estas “técnicas objetivadoras” son en cierto modo parientes de la metáfora, son metáforas simbólicas, por así decirlo. En mi poema sobre la vieja cigarrera se dice: “Yo no sentí piedad./ Era muy natural/​su apagamiento”. Y luego: “Conté todas las cosas/​de la noche radiante,/ y ninguna faltaba.” Aquí, la aparente falta de piedad del narrador-​poeta no es sino una metáfora, o, si se prefiere, un símbolo, de la crueldad de la vida, en general. Son la existencia, el mundo, los que se ensañan con la vieja cigarrera.
Resumiendo: la metáfora es un concepto muy amplio, y no ausente de mi poesía. Sólo que su función “plástica” no es frecuente en ella. (Recordemos que las metáforas lorquianas no son sólo “plásticas”. Sería muy fácil demostrarlo).
El poema “Casi una leyenda” es todo él una metáfora (o símbolo). A título casi de juego, proponemos al lector que localice en él el símbolo y lo simbolizado, y con esto, cerramos el tema de la metáfora.
¿Valora la originalidad? ¿Por qué? ¿En qué tradición se coloca?
Valoro la originalidad, ciertamente. De algún modo, para ser valioso, un poeta tiene que ser original y se podría añadir, incluso, “y viceversa”. Hágase la prueba: si elegimos un poeta que puede calificarse de grande, o al menos, de bueno, de estimable, se verá, que, en lo esencial, no se parece a ningún otro.
El ser original, no obstante, no impide que se pueda situar a un poeta en una determinada tradición. Una forma adecuada de definirla podría ser el citar a dos o tres poetas, que, sin menoscabo de su obligada originalidad, “son de la misma familia”, generan, al leerlos, una emoción en cierto modo análoga. Un poco al azar, mencionaré, desde mi punto de vista, a Verlaine, Housman y Kavafis. Son ciertamente muy diferentes, pero tienen en común un sentimiento profundo y a la vez callado, característico; y ello se debe, al menos en parte, a la perfección de su expresión poética. Lo dicho no significa que el ámbito de mis preferencias sea limitado. Y ello es obligado ¿Quién se parece a Homero, hoy en día, y quién no admira a Homero?
¿Qué le gusta de lo que han dicho los críticos (cítelos) de su poesía? ¿Tiene idea de su público? Alguna anécdota relacionada con su poesía.
Empezaré por la anécdota (si se la puede calificar así). En mi último libro, A cuenta de la noche, había tres erratas, una de ellas muy grave, pues cambiaba por completo el sentido de un verso. Como el libro estaba ya impreso y distribuido, no encontré más solución (aunque deficiente) que enviar casi un centenar de ejemplares, corregidos, a diversos poetas españoles (algunos, amigos, otros incluso desconocidos). Las cartas de acuse de recibo (algunos las omitieron) fueron en general elogiosas, o, al menos, contenían elogios. Esto, a mi parecer, indica un público variado. Otra observación que pude hacer es que, entre los que me contestaron, había poetas que no sólo me conocían como tal, sino que, según sus propias palabras, me habían “seguido” como escritor. Por último, entre los poetas o publicaciones que me han citado “positivamente”, mencionaré el libro Poesía española contemporánea (19391980), selección y estudio de Fanny Rubio y José Luis Falcó (Alhambra), el Diccionario de Literatura española e hispanoamericana, dirigido por Ricardo Gullón (Alianza), y el artículo de Leopoldo Sánchez Torre, “Los días maquinales de Ricardo Defarges” (Clarín, nº 16), escrito a raíz de la publicación de mi último libro, A cuenta de la noche.
Naturalmente, también ha habido juicios negativos, o simplemente poetas que no se han ocupado de mí para nada. Están en su derecho. Pese a todo, “creo” en mi poesía, y digo esto en un sentido muy concreto: a veces, necesito leer poesía, especialmente en los “malos momentos”; pues bien, me ha ocurrido más de una vez que entre los versos que podían “levantarme”, o expresarme (que viene a ser lo mismo), figuraban con cierta preferencia los míos. Sin exclusividad, naturalmente.
¿Cómo ve la relación de su poesía con sus otros oficios o actividades?
Mi poesía es “esporádica”, y como actividad, poco tiene que ver con mis otras actividades. Pero no existe una incompatibilidad absoluta entre los dos sectores de mi vida. Podría decirse que trabajo porque no tengo más remedio y escribo poesía (cuando la escribo), por la misma razón, porque necesito hacerlo. Sólo que, inevitablemente, los dos tipos de necesidad son totalmente diferentes. Me basta que el “oficio” no constituya impedimento para la poesía. Y pienso que, por una razón o por otra, no lo es.



La pierna era de cera,
y la mujer muy vieja,
tirada en una esquina.
Al pasar y mirarla,
voceó su tabaco.
Yo no sentí piedad.
Era muy natural
su apagamiento. Un ser
humano se borraba
despacio, inadvertido,
con verdadera muerte.
Conté todas las cosas
de la noche radiante,
y ninguna faltaba.


En mi cuarto, sin nadie,
paso un dedo muy lento
sobre la carne sola
de mis labios. Aún jóvenes,
ya es rara su sonrisa,
los aprieta el silencio,
su fuego quieto duerme,
o se exhala, impotente,
contra el aire vacío.
Un día no lejano,
no temblará su carne.
Tal vez maduren cosas
del alma, con los años,
para que ellos las digan
desde su sequedad.
Hoy ya solos, mañana
marchitos, en el fin
silenciosos;
labios por donde mana
o arde la vida, lento
mi dedo os acaricia,
descubre casi un ruego
esta noche
en vuestra carne sola.

De El arbusto, 1963

Mirando hacia las nubes, se adivina
el silencio del cielo.
Al repetir, sin nadie,
de madrugada, el gesto de la llave,
matas la hazaña, el ensueño o la anécdota
por lo que queda de esta noche.
Por ti murmura y pasa aún
la vena clara de tu vida sola.

De En libertad, 1974

FAIR IS FOUL, AND FOUL IS FAIR

(Macbeth)

El día es a la par feo y hermoso,
la tierra da burbujas, como el agua…
Refulge la corona como sangre en la noche.
El destino es juguete. Vacía la bodega
del vino de la vida, sólo quedan las heces
en nuestros desvaríos.
Las tumbas nos devuelven a los que allí ocultamos;
serán mejor sepulcro los vientres de los buitres.
Escocia ya no es madre, sino campo de muerte.
De los actos infectos es el dolor la llaga.
El fruto del otoño, el amor último,
no será nunca nuestro.
La vida es un bufón que se agita en escena,
la historia que un idiota nos cuenta, y su silencio.

UN NOMBRE DEL DESTINO

Algo huele a podrido en Dinamarca.
–En Dinamarca nada queda.

Hay más cosas en cielo y tierra, Horacio,
de las que sueña tu filosofía.
–En tierra y cielo se han perdido.

No es de temer nuestra muerte,
sino los sueños que oculta.
–También huimos despiertos
de la existencia.

Tu corazón he roto; arroja
la parte enferma, y vive con la pura.
–Sé vivir sólo con su trozo enfermo.

Es frágil la razón de la muchacha
como los días de un anciano.
–El alma se marchita cuando el amor la entrega.

Has vencido la duda, y has destruido el mal.
–Con el precio de mi destino.

¡Feliz noche, amado príncipe,
velen tu sueño los ángeles!
–El resto sólo es silencio.

Se queja el viento en Dinamarca.
–Levanta la ceniza a las estrellas.

De Con la luz que declina, 1991

CRETA

A través de la flor, la alta luz de la nieve.
Derruido está el templo, mas la vida no ceja.
Entre montes y mar se quema la retama.
Una columna frágil sobrevive a los siglos.
Del tiempo sólo queda la tarde luminosa.
Tu vida es sólo un ágil camino entre las cimas.
Humilde es tu esperanza:
A través de la nieve, desconocidos labios.

CASI UNA LEYENDA

Cuando suena su hora,
se incorpora en el lecho
de su mansión desierta,
se asoma a la honda noche,
pausado vuelo emprende.
Busca en la lejanía
luz para la mirada,
calor para su boca.
Tras los breves encuentros,
vuelve al hogar, sus labios
quietos o estremecidos,
luminosos sus ojos,
o apagados.
Al ocupar de nuevo
el rincón sofocante
donde gasta sus días,
descubre en la quietud
de su tiempo aterido
una agitación nueva,
un calor diferente
del que trató de hallar
en el negro horizonte:
el fuego de las lágrimas.

DESDE LOS SECOS LABIOS
¿Qué frío es éste que agrieta más aún tus secos labios, tras de quedar solo a media tarde, cuando el alcohol se cansa, y deja de ensañarse en tu cuerpo?

Todo se va alejando, y las sombras han extinguido el más leve brillo del mar; acaso es ahora la vida la que pugna por partir.

Y empieza por dejar desiertos los labios, rincón donde el calor de la existencia se había refugiado, donde el fuego de los recuerdos buscaba temblando un último reducto.

¿Va a apagarse esta brasa postrera? Una extraña calma va ganando ese pequeño jirón de lo que fue tu carne.

Y la vida es ahora silencio, en espera de ser noche cerrada.

A CUENTA DE LA NOCHE
A cuenta de la noche.
A cuenta de la obra del ocaso.
A cuenta de la noche del sentido,
que va acallando, lenta, la palabra.
A cuenta de la noche de la vida,
lamento viejo que nos llega
del silencio definitivo.
A cuenta de la noche.

De A cuenta de la Noche, 1997





EL POETA Y SU OBRA
Nací en Barcelona en 1933. Los primeros años de mi vida conocieron la agitación de la Guerra Civil. Me repartí entre Barcelona, Valencia y Francia adonde nos llevó mi padre huyendo de las bombas. En 1945 pasé a Valencia, donde acabé el bachillerato e hice la carrera de Leyes. En 1958 dejé Valencia, para dedicarme a diversas ocupaciones, “de cuyo nombre no quiero acordarme”. Conocí Madrid y sus ambientes literarios. Allí empecé a cultivar la poesía e hice diversas amistades, entre las cuales recuerdo con particular gratitud la de Vicente Aleixandre, poeta genial y “confesor de poetas”. En 1968 fui a vivir a Barcelona como Agente de Cambio y Bolsa. Fue una época de mucho trabajo, tal vez no muy adaptado a mi personalidad, pero también de viajes (la vuelta al mundo…). En 1983 pasé a Madrid, también como Agente de Cambio y Bolsa. Al suprimirse la carrera, me transformé en notario de Fuenlabrada; de donde acabo de jubilarme. Pienso acabar mi vida en Madrid, he rodado demasiado ya. No creo que escriba mucha poesía. Siguiendo el consejo de mi amigo portugués José Bento, he confeccionado una Antología Poética donde ya queda dicho todo lo que tenía que decir. Desde mi piso veo la sierra tan admirable en invierno. La música y el video contribuyen a llenar mi tiempo. Acepto mi actual soledad. No temo a la muerte ¿cómo se puede temer lo inevitable? Y, mejor o peor, habré vivido.
Algunos de mis libros solitarios: Poesía, 19561973, Ínsula (comprende Primeros Poemas, El Arbusto –accésit del Adonais– y La libertad); Con la luz que declina, Pre-​Textos; A cuenta de la Noche, Pre-​Textos, 1997, y Antología poética 19602000, El Ciervo.

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