¿Somos interesantes?

Somos interesantes, pero nos cuesta reconocerlo. Este sería el resultado de la encuesta de El Ciervo de 2003 tras analizar las 31 respuestas recibidas. Categóricamente, sólo han respondido dos personas, ambos escritores: Pablo d’Ors es el único que sin remilgos se dice interesante, mientras que Fernando Aramburu cree firmemente que no lo es. Entre ellos, todo un abanico de posibilidades del que se desgrana una conclusión luminosa: nos gustaría creer que somos interesantes, algunos incluso pensamos en nuestro fuero interno que lo somos, pero nos da reparo reconocerlo.
La modestia juega pues un elemento esencial. ¿Pero cómo saber si estamos ante una modestia verdadera o falsa? Ese es el juego. Veamos cuáles han sido los caminos más concurridos para escapar de la respuesta tajante; básicamente dos: el primero consiste en asegurar que somos interesantes para nuestros parientes, y el segundo que lo somos mucho para nosotros mismos. Otra de las excusas más utilizadas ha sido dejar el juicio en la opinión de los demás –“somos esclavos de la opinión pública”, dice Cristóbal Serra – , y que nuestros lectores, alumnos o amigos decidan el interés de cada cual.

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad