Los dioses no lo quieran

Salvador Giner
Catedrático de Sociología de la Universitat de Barcelona
El Ciervo sí que es interesante. Cuando llega la primavera, se pone a hacer preguntas interesantes a sus amigos. Hace dos años nos preguntaban que dónde pensábamos. Halagüeña pregunta, pues asumían que pensábamos. El año pasado, que si éramos alegres. Y este, ni cortos ni perezosos, que si somos interesantes. Tiemblo pensando lo que nos preguntarán el que viene: a ver qué concubinos o concubinas tenemos, cuál es el estado de nuestra cuanta bancaria, de qué forma nos gusta más pecar. No hay límite a la osadía del consejo de dirección. Yo soy sólo del consejo asesor, lo cual me hace candidato a ser muy interesante, y hasta a veces escribo en la revista, pero esto último lo hago solamente por interés, no por ser interesante, es decir, para aumentar el caudal de mis ya repletas arcas. Mi codicia carece de límites.
Ávidos lectores, no saben ustedes lo contento que me han puesto con la pregunta. Yo que creía que carecía de misterio –condición de la abominable gente interesante– porque todos me dicen que soy “un libro abierto” y que “debería vérseme menos el plumero” tan a menudo y van los de El Ciervo y suponen que hay una posibilidad de que uno sea interesante. Asumo, eso sí, que a ellos les parece interesante que uno sea interesante. Lo que pasa es que a mí no. Por favor, no vayan a pensar que me encanta toda la gente que no lo es. Confieso públicamente que algunas personas me producen un tedio infinito y que me deshago en zalemas para mostrar buena educación cuando en mi fuero interno ruge una voz pidiendo que se larguen. Pero son pocas. En cambio, de pronto me parece interesante gente de toda condición que me dicen los entendidos que no son interesantes. Vivo hecho un lío.
¿Pertenezco yo a la exquisita grey de los interesantes? Los dioses no lo quieran. Qué horror, qué vergüenza. Tal vez confunda, claro, a los interesantes, con aquellos abundantes pelmas que se hacen los interesantes. Por azares de oficio, conozco a demasiados de éstos. Fracaso para la dirección del Ciervo. Expulsión por mentecato del consejo asesor. Me espera un porvenir sin interés.
Aquí debe terminar mi torpe respuesta. Oigo un jilguero en el cerezo. Allá voy, a escucharle. Un ser interesante de veras. A él podemos perdonarle que se considere interesante. Su canto lo dice y la respuesta de la jilguera, lo demuestra.

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