La triste realidad

Corrían los primeros días de guerra en Irak. Una brigada norteamericana caía abatida al sur del país: nueve muertos y una prisionera, la soldado Jessica Lynch. Diez días después, en pleno avance, la soldado Lynch era rescatada. El Washington Post publicó la historia el 3 de abril: “Un combate hasta la muerte. Detalles sobre la captura y el rescate de una soldado”. Parecía una buena historia. Prueba de ello es que todos los medios corrieron a contarla. Era un puro guión de cine: Lynch habría luchado sola contra todos, aunque al final fuera capturada. Tras varios días en un hospital, un abogado iraquí “bueno” habría informado a las tropas norteamericanas de la situación de la soldado. Aquella misma noche un comando rescataba a Lynch sana y salva.
Pero, ¿qué pasó en realidad? Que la soldado Lynch fue herida e ingresó en un hospital iraquí. Cuando estuvo un poco mejor, los iraquíes se fueron y la dejaron en manos de sus compatriotas.
Son dos historias diferentes. La primera surtió efecto. La opinión pública creyó en ella y alentó a sus tropas. Como resultado, el abogado iraquí y presunto salvador vive exiliado en Virginia, donde escribe un libro y le preparan una película. La soldado Lynch se recupera en un hospital militar, y dicen que sufre amnesia. Para cuando salga, le esperan un libro, una película, una oferta universitaria y un viaje. En su pequeño pueblo –Palestine, en West Virginia– la esperan ya como una gran atracción turística.
De quien nadie se acuerda es de la verdad, de lo que en realidad ocurrió. A quién le importa ya. La ficción ha superado esta vez a la realidad. Y por muchos millones de dólares.

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