Mi mejor amigo, Gustavo Gutiérrez

Héctor sevillano
Ingeniero Jubilado
Gustavo nació en Lima el 8 de junio de 1928. Más tarde su familia se trasladó al balneario de Barranco, y él allí frecuentó el colegio San Luis de los Hermanos Maristas, donde desarrolló una gran afición al fútbol: tengo delante de mí una foto del flamante equipo de su clase, podría él tener en ella unos diez años. Se le ve muy serio y al parecer muy consciente de la importancia de su papel. Yo ingresé al colegio en 1940, en segundo de media, él estaba en primero, al otro lado del pasillo, y lo conocía sólo de vista. Poco después se le presentó una enfermedad en una pierna, que acabó radicalmente con sus sueños futbolísticos y con la asistencia al colegio.
Esa enfermedad lo mantuvo en su casa los años siguientes. Se trataba de una grave osteomielitis que le impedía caminar. El viernes 2 de julio de 1943 me llevó un amigo a la calle Cajamarca donde vivía y me lo presentó por la ventana de su cuarto, en una casa de una sola planta. Así conversaba él con sus ex compañeros de colegio, sentado sobre la cama, vestido, en calcetines. Rememorando este escenario, infiero ahora que su vida social se realizaba en aquella forma, quizá porque sus padres no podían permitirse comprarle una silla de ruedas. Sea como fuere, los saludos y conversaciones se realizaban a través de la ventana. Algunos, poco a poco, tuvimos acceso a su habitación, que estaba inmediatamente al lado de la puerta de entrada. El resto de la casa no lo llegué a ver nunca. Medio siglo después me reveló Gustavo el motivo, y fue que no había muebles porque sus padres los habían tenido que vender para pagarle la primera operación de la pierna. Él recuerda esas dificultades económicas pero sobre todo que recibió mucho cariño de sus padres y, en general, de su familia. En el transcurso del tiempo le hicieron tres operaciones más, la última de ellas hace poco: dos en la pierna enferma y otras dos en la sana, que con el tiempo se iba resintiendo de soportar permanentemente el mayor esfuerzo. Desde siempre lo he conocido cojeando, con una pierna más corta que la otra y portando una suela de enorme espesor para equilibrar un poco.
En la habitación de Gustavo jugábamos a veces al “fulbito” en un tablerito (“canchita”) con bandas elásticas alrededor que permitían a la bola de vidrio combinaciones de billar, saltando sobre los futbolistas, que eran horquillas clavadas en el tablero. Todo producto artesanal casero. A mí casi siempre me ganaba, lo mismo que al ajedrez, por el que ambos sentíamos pasión (mucho más tarde, en 1959 en la Bretaña, me ganó contundentemente al ping-​pong, a pesar de su corta estatura y de su cojera: parece que seguía teniendo pasta deportiva).
Pero sobre todo, a Gustavo ya en ese tiempo le atraían los libros muchísimo: una vez cogió el diccionario enciclopédico en un tomo de sus padres, y empezó a leerlo de corrido, como una novela, a partir de la letra A. Creo que llegó hasta la E.
Ya en aquel tiempo descubrió a Pascal, que le llegó a obsesionar, a tal punto que decidió escribir algún día un libro sobre los Pensamientos, que nunca ha llegado a realizar, pero al que ya entonces dio título exacto: “Blas Pascal, filósofo del hombre”.
Ya en 1947 Gustavo, después de las operaciones, recobró el andar e ingresó en la Facultad de Medicina de la Universidad de San Marcos de Lima, donde estudió tres años, mientras paralelamente cursaba letras en la Universidad Católica. Como decía “quería llegar a conocer al ser humano en su integridad”, mientras realizaba sondeos para poder algún día entrar al Seminario, aspiración que iba cristalizando en él. Sin embargo su padre no tenía la capacidad económica para pagarle estudios en el extranjero, y además no veía con simpatía la consiguiente ausencia del único hijo varón. Amigos comprometidos con sus ideales le costearon la asistencia al Seminario de Santiago de Chile en 1950, y desde entonces no paró de peregrinar: cursó filosofía y psicología en Lovaina, en Bélgica, a partir de 1951. Y después entre 1955 y 1959 en Lyon, se doctoró en teología. Con él me vi allí en 1958, y asistí en la catedral de Saint Jean a la ceremonia de su ordenación como subdiácono, y luego vino a verme, brevemente, en Barcelona, donde contactó con ¡Alfonso Comín y Lorenzo Gomis!
Gustavo y yo nos encontramos de nuevo en 1959 en la Bretaña, durante mi gira en autostop por toda Francia. Luego en 1960 en Madrid, en la casa de Manuel Lizcano, un “anarquista cristiano” muy especial, y más tarde dos veces en Lima, en el 69 y en el 72 (esta última vez me dedicó su recién aparecido libro Teología de la Liberación) y entre los años 60 y 80 cuatro veces en Alemania, donde yo vivía entonces.
En 1959 fue ordenado sacerdote, y sus padres pudieron asistir felices a su primera misa en Barranco. Luego pasó a la Universidad Gregoriana de Roma, en 1960, y estuvo presente en las sesiones del Concilio Vaticano II.

BIENAVENTURADOS A SECAS
Tras un paréntesis de 14 años fui a visitarlo un fin de semana a Lyon, en 2001, en el convento dominico del Saint Nom de Jésus, en el barrio lionés de Part Dieu, donde estaba realizando el noviciado para ingresar en la Orden de los Dominicos. Allí pude escucharle tres sermones sobre el mismo evangelio. Nunca le había oído predicar en castellano y esta vez le oí en francés, improvisando cada vez con enorme facilidad y en cada caso en forma diferente. Se trataba del Evangelio donde Lucas escribe “bienaventurados los pobres”, así, tout court, sin la aclaración “de espíritu”, que hace Mateo, lo cual le iba estupendamente en su línea. Introdujo el concepto de “insignificantes” para referirse a los que son nombrados sólo numéricamente en los periódicos cuando las catástrofes: “En el accidente murieron el explorador N. N. (británico, francés o alemán) y 200 indígenas.” Es curioso que para los sermones, Gustavo sale de su “escondite” detrás del ambón, se hace correr el micrófono a un lado y se muestra en todo su desgarbo delante de los fieles. Dice que esto le permite entrar en un contacto mucho más directo con el pueblo de Dios.
Pero durante este paréntesis Gustavo se había convertido en una persona muy célebre. En 1971 publicó el libro Teología de la Liberación que tuvo un enorme impacto y fue traducido a más de treinta idiomas, en el que Gustavo se colocó, osadamente, al lado de los pobres y en defensa de la justicia. En la introducción a la primera edición escribió: “Este trabajo intenta una reflexión a partir del evangelio y de las experiencias de hombres y mujeres comprometidos con el proceso de liberación, en este subcontinente de opresión y despojo que es América Latina. Reflexión teológica que nace de esa experiencia compartida en el esfuerzo por la abolición de la actual situación de injusticia y por la construcción de una sociedad distinta, más libre y más humana.”
Esta teología se inspira a menudo en un punto muy concreto de la Escritura: la salida del pueblo hebreo de Egipto. Dios libera al pueblo de su opresión.
Sin duda el mar de fondo existía antes, pero Gustavo fue el primero en concretarlo en una obra. Habían aparecido artículos en la misma dirección en Brasil, México, Filipinas. El propio Juan XXIII había dicho en 1962, un mes antes del comienzo del Concilio Vaticano II, que “frente a los países subdesarrollados la Iglesia es, y quiere ser, la Iglesia de todos y en particular la Iglesia de los pobres”. La expresión “teología de la liberación” había sido utilizada ya por Gustavo como título de una conferencia dada en Chimbote, Perú, en 1968, en un encuentro de laicos, religiosos y sacerdotes. El libro recibió también la herencia del Sínodo Episcopal Latinoamericano de Medellín, en 1968, que había denunciado la situación de injusticia y de “violencia institucionalizada” en el continente. Recordemos que Gustavo fue asesor oficial del episcopado peruano en el Sínodo. Eran tiempos especialmente agitados; la segunda mitad de los 60 contempló la matanza de Tlatelolco en México, la dictadura militar de Brasil, el gobierno militar del general Onganía en Argentina, la explosión del Mayo del 68 en París…
Gustavo se considera en la línea de Bartolomé de las Casas, obispo de San Cristóbal, hoy San Cristóbal de las Casas, en el estado de Chiapas, México, quien en los primeros años de la conquista defendió con firmeza los derechos de la población india. También se siente especialmente deudor de Felipe Guamán Poma de Ayala, autor de la obra Nueva crónica y buen gobierno, escrita durante el reinado de Felipe II, que fue descubierta en 1908 por un investigador alemán en la Biblioteca Real de Copenhague. En ella Guamán describe con detalle la vida en el Perú colonial. Profundamente cristiano, Guamán se dirige a Felipe II para hablarle de los desafueros de los españoles, a los que acusa de anticristianos, lo que le sitúa en la corriente de Bartolomé de las Casas. Por cierto, Gustavo dirige desde 1990 el Instituto Bartolomé de las Casas, en el populoso barrio limeño de Rímac.
La teología de la liberación nació como una crítica a la Iglesia hecha desde dentro, afirma Gustavo, “porque formábamos parte de esta Iglesia y queríamos vivir el Evangelio con autenticidad”. Busca resaltar que en el mensaje mismo de Jesús está contenida la transformación de la sociedad para que sea más justa. “Lo que hay que hacer es ir a las causas de la pobreza, y no solamente dar aspirinas para sus efectos”. En los años sucesivos la teología de la liberación fue nutriéndose con las aportaciones de Boff, Sobrino, Casaldáliga… Mártires como Romero, Ellacuría o Angelelli evidenciaron que esta teología suponía una amenaza para los intereses de los poderosos.
Pronto la teología de la liberación fue considerada subversiva. Según la BBC, en 1969 se publicó en los Estados Unidos el denominado “informe Rockefeller” que alertaba sobre cambios en la Iglesia, considerándolos sumamente peligrosos. Más tarde, en 1980, un informe para la campaña presidencial de Ronald Reagan advirtió de la presencia de determinadas tendencias en la Iglesia y de que algunos textos de las conferencias episcopales latinoamericanas eran muy peligrosos para la política exterior de Estados Unidos.
El Vaticano comenzó a preocuparse también por la expansión de las ideas de los teólogos de la liberación. Tengamos en cuenta que en este tiempo se daban casos como el del sacerdote colombiano Camilo Torres, compañero y amigo de Gustavo en Lovaina, que abandonó temporalmente el sacerdocio lanzándose a la lucha en la guerrilla, convencido de que su deber era el combate por la justicia. Camilo fue abatido por el ejército colombiano en 1966.
A Gustavo se le censuraba que considerase necesario utilizar el concepto de lucha de clases y el método dialéctico de Marx para analizar los problemas socioeconómicos de su época (algo que ahora resulta bastante inocente). Sus textos fueron analizados en 1984 por la Congregación para la Doctrina de la Fe –ex Santo Oficio– que presidía el cardenal Ratzinger, donde el teólogo compareció en octubre de este año, contestando con un documento de 60 folios que circuló previamente entre los obispos peruanos.
A diferencia de otros teólogos como Boff, Gustavo ha afirmado siempre su fidelidad a la jerarquía y su deseo de mantenerse al margen de cualquier radicalismo. En los 80 el Vaticano publicó el documento “Instrucción sobre algunos aspectos de la teología de la liberación”, lo que llevó a Gustavo a afirmar que “prefiero caminar con la Iglesia que solo” durante el iv Congreso de Teología de Madrid, organizado por la Asociación de Teólogos Juan XXIII. Finalmente la Conferencia Episcopal peruana hizo pública, tras una división de opiniones, una declaración que no contenía una condena explícita de Gutiérrez ni de la teología de la liberación. Sin embargo, desde la llegada de Juan Pablo II al pontificado ha sufrido presiones del Vaticano para rectificar sus tesis y planteamientos ideológicos.
¿Por qué Gustavo, con más de 40 años como sacerdote secular, ha ingresado recientemente en la Orden de los Dominicos en Francia? Se barajan varios motivos: uno de ellos su antigua admiración por el dominico español Bartolomé de las Casas, ya mencionada. Otro, más verosímil, es el temor a que el cardenal arzobispo de Lima, miembro del Opus, Juan Luis Cipriani, censurase o limitase sus actividades. El anterior Superior de los Dominicos, el inglés Thimoty Radcliffe, le había invitado ya antes a ingresar en la Orden, asegurándole amplia libertad de acción y de dedicación a sus tareas intelectuales.
En cualquier circunstancia Gustavo continúa siendo muy bromista. Sus chistes son fingimientos o mentiras evidentes que no tratan de engañar a nadie. Hace un tiempo, al comentarle por teléfono que en los nombramientos de cardenales para el último consistorio el Papa se había reservado dos nombres in pectore, me dijo muy serio: “Bueno, confidencialmente te diré que uno de los dos soy yo”. En otra ocasión me comentó: “En el Perú tenemos un nuevo record Guinness: somos el país del mundo con más obispos del Opus, seis”.
Gustavo es feo, bajito, cojo y “de un peldaño modesto en la escala cromática” pero, al mismo tiempo, es una persona excepcional. Para mí es un privilegio considerarme amigo suyo a lo largo de su fecunda vida.

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