Sobrellevo mi vulgaridad

Fernando Aramburu
Escritor
Soy un ejemplar humano carente por completo de interés. Créanme. Sé de lo que hablo. Antes me esforzaba por ausentarme de mí mismo; pero, como no hay manera, ya ni me molesto. He desarrollado en consecuencia una resignación espesa para sobrellevar mi vulgaridad. Puestos a hacer confesión, afirmaré que mis soliloquios son particularmente aburridos; mi locura, predecible; mis chistes, tan sosos que despiertan compasión y a menudo rechazo en quienes cometen la imprudencia de escucharlos hasta el final. Mi biografía se resume en media página de datos intercambiables con los de cualquier ciudadano gris de mi época. Padezco, por descontado, los achaques y dolencias de moda. Secretamente mi bebida predilecta es el agua. No toco instrumentos musicales, no hablo japonés, no he dormido nunca en la cárcel, no sé menear las orejas. Viajo poco y cuando viajo llevo mi personalidad a cuestas, con lo cual, nada más llegar, dejo sin encanto los lugares que visito. A veces me consuelo pensando en que quizá algún día cambie el criterio que determina quién es vulgar y quién no lo es, de forma que el arriba firmante, desplazado de la norma sin darse cuenta, pudiera convertirse en un tipo singular, digno de admiración y estudio. Incluso en un tipo –quién lo iba a decir– lleno de salero.

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