Solución: suprimirla

Joaquim Gomis
Escritor
Una de las muchas cosas que debo agradecer a José María Díez-​Alegría –por quien tengo una honda simpatía admirativa como singular cóctel de fe, humanidad y humor– es su aguda y realista propuesta sobre la Curia romana. La he citado en otras ocasiones, pero ahora he vuelto a buscar el libro Yo creo en la esperanza, publicado en 1972, libro que entonces provocó escándalo en altas esferas eclesiásticas y ello suscitó como intento de evitar mayores conflictos su salida de la Compañía de Jesús (una salida que luego ha sido un sí pero no).
La propuesta se halla en la página 108 de su libro (la presenta como “el sueño de un humorista”). Para redimensionar el ejercicio de primado papal, de la Curia que se presenta como el instrumento del llamado “ministerio petrino (de Pedro)”, lo eficaz sería reducir drásticamente su presupuesto. Por ejemplo, a un diez por ciento del actual. Claro está que ello significaría reducir personal, actividades, viajes, etc., “pero es seguro que con ello no se traicionaría a Cristo ni a Pedro… Entre el nivel de ejercicio del primado de Pedro y el de los papas contemporáneos hay una distancia tan astronómica que, sin pretender restablecer literalmente el minimismo de Pedro, se podría cambiar cualitativamente el maximalismo actual”.

ES IRREFORMABLE
La historia reciente, desde 1972, ha dado la razón a Díez-​Alegría: la Curia romana es irreformable a no ser que quede reducida a unos meros secretariados sin poder universal. Han pasado diversos papas con distintos planteamientos sobre el gobierno de la Iglesia, ha pasado incluso un magno Concilio, pero todo confirma el dicho romano: “Los papas pasan, la Curia permanece; el Concilio pasará, la Curia permanecerá”. Pío XII acumuló en él y la Secretaría de Estado todo el poder, incluso dejó de recibir a los cardenales presidentes de cada dicasterio; a Juan XXIII esto le pareció una falta de respeto y reestableció las antiguas costumbres, pero su esperanza estaba en el Concilio y nunca se interesó mucho por los trabajos de la Curia (incluso devolvía sin abrir con un garabateado Visto Bueno los informes curiales); Pablo VI tenía como uno de sus grandes propósitos la reforma de la Curia pero –como veremos– fracasó; Juan Pablo II dicen que a menudo parece dormitar cuando los cardenales curiales le informan y bastantes de sus nombramientos para presidir los dicasterios muestran o que no es su carisma conocer a las personas o que la cuestión no le parece relevante (por ejemplo, cuando el episcopado chileno pide el relevo del obispo Medina por su pasado pinochetista, Juan Pablo II atiende a su petición nombrándole jefe de la Congregación para la liturgia, donde su actuación ha sido nefasta).
El fracaso de Pablo VI en su intento de reforma demuestra que el problema de la Curia es su existencia, que de poco sirve modificar tal o cual aspecto de su actuación, que es capaz de engullir cambios en sus dirigentes sin que se note demasiado. El papa Montini parecía el más capaz de reformarla a fondo: la conocía muy bien por sus largos años de trabajos en ella, tenía el apoyo mayoritario del Concilio que una y otra vez la había pedido. Y, de hecho, el sector duro de la Curia le temía (un tan extrovertido como conservador monseñor que entonces ocupaba un alto cargo me dijo durante el cónclave: “Si sale Montini, me ne vado”; y al objetarle que quizá Lercaro era más izquierdoso, me respondió: “Lercaro es un lírico, Montini es un furbo [astuto]”). Pero Pablo VI, en una de sus primeras decisiones, sacó la cuestión de las competencias conciliares y dijo que la Curia se reformará a sí misma. Lo que quería decir que él la intentaría reformar.
La mayoría de reformas montinianas quedaron en la superficie (por ejemplo: el temido Santo Oficio desapareció sustituido por la Congregación para la fe, cuya misión no debía ser ya controlar y condenar sino promover la fe…, pero años después constatamos que básicamente sigue igual). Lo que sí hizo Pablo VI es internacionalizar los altos mandos de la Curia: en un año se pasó de que todos fueran italianos menos dos, a que sólo dos lo fueran. Y crear unos Consejos fruto del Concilio –para la unión de los cristianos, justicia y paz, etc.– que pueden actuar más libremente. Con todo, se ha cumplido el dicho romano, la Curia permanece.
¿Cuál es la raíz del problema? No creo que esté tanto en las personas como en la concepción que el colectivo curial tiene de su misión. Identificándose con la supuesta responsabilidad papal, tiende a asumir el máximo de competencias sin reconocer que tiene su real competencia limitada y defectuosa. Intenta guiar y controlar toda la Iglesia, en los cinco continentes, desde una información y una burocracia inevitablemente incompetente para tan ambiciosa misión. Un ejemplo quizá menor pero revelador: la Congregación para el culto exige revisar para dar su aprobación todas las traducciones –desde el oficial latín– de los textos litúrgicos que prepara cada episcopado, es decir, en cientos de lenguas, sin reconocer que su media docena de beneméritos funcionarios desconocen muchas de estas lenguas (africanas, asiáticas, etc.) Y un ejemplo mejor es su pretensión de que escoge los mejores candidatos episcopales: desde Barcelona a las Molucas).
De ahí que un servidor opine que la mejor solución sería desmontar la Curia. Dicho más claramente: suprimirla, dejando sólo unos secretariados de ayuda al Papa, de coordinación entre los episcopados. Y descentralizar la mayoría de sus competencias. Así también se libraría a bastantes obispos del peligro de tortícolis que tienen de tanto estar pendientes de las directrices romanas. Y, muy importante, se realizaría un gran paso en el camino ecuménico porque en muchos casos los obstáculos para el acercamiento no vienen de la teoría sino de esta práctica tan centralísticamente controladora y uniformadora propia de la romana Curia.

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