Estamos rodeados por el hambre

Teresa Bustelo, Margarita Flores y Florence Egal
Cada día el mundo pierde a 25.000 seres humanos víctimas del hambre. Entre 1998 y 2000, las personas subnutridas rondaban los 840 millones: 799 en los países en desarrollo, 30 en las naciones en vías de transición y 11 en los países industrializados.
En la última reunión de los países más industrializados en Evian el presidente de Brasil, Lula da Silva, propuso establecer una tasa sobre el comercio de armas para destinarla a la lucha contra el hambre. Los próximos meses serán decisivos para ver cual es el alcance y la efectividad de su propuesta que podría hacerse extensiva no solo a los armamentos, sino también a las armas “de defensa personal”, un mercado muy vasto sobre todo en Estados Unidos. De momento, algunas ONG no parecen acoger con agrado la idea de Lula, porque “despenalizaría” de alguna manera un mercado de muerte e incluso serviría para lavar la conciencia de los traficantes y productores de armas.
Con el mismo objetivo, pero con formas diversas, se mueve desde hace años la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), cuya lucha contra el hambre pasa sobre todo a través del desarrollo rural de los países más pobres. Este organismo convocó en 1996 la primera Cumbre Mundial sobre la Alimentación durante la cual 180 jefes de Estado y de gobierno se comprometieron a reducir a la mitad (400 millones) antes del 2015 la cifra de personas hambrientas. Seis años después, en junio de 2002, durante la segunda Cumbre Mundial, la FAO constató que las promesas no iban a cumplirse: el hambre disminuye efectivamente, cada año hay dos millones y medio menos de seres humanos hambrientos, pero para conseguir que la cifra de la vergüenza llegue solo a 400 millones, el promedio tendría que ser diez veces superior: 24 millones de personas rescatadas cada año de la inanición.
Según el Programa de lucha contra el hambre de la FAO, será necesaria una inversión pública adicional anual de 24.000 millones de dólares (en el sector agrícola y de desarrollo rural de los países en vías de desarrollo) para acelerar el progreso en la reducción del hambre y conseguir el objetivo de la Cumbre Mundial de la Alimentación. Los beneficios globales derivados de la reducción a la mitad del número de personas hambrientas serían por lo menos de 120.000 millones de dólares anuales, debido a la vida más larga, sana y productiva de varios cientos de millones de personas. La FAO ha propuesto que la financiación de las inversiones se divida en un porcentaje igual entre los países industrializados y aquellos en desarrollo.
Teresa Bustelo: ¿Cuáles eran las premisas en que se basaban las Cumbres Mundiales de la Alimentación para reducir a la mitad de la cifra de personas hambrientas en el 2015?
Margarita Flores: La propuesta era realista. Y con “realista” quiero decir que no es que hubiera exactamente una estimación precisa al cien por cien de que el objetivo fuera consecuente con otra serie de datos, pero sí que existen bastantes certezas de que esa hipótesis no es descabellada. La primera es que la producción de alimentos es suficiente para alimentar a toda la población del globo y que el problema con el que nos enfrentamos es más que nada un problema de distribución y de acceso a los alimentos.
Florence Egal: El objetivo no era en absoluto una utopía. Hay bastantes alimentos y hay capacidad para producirlos. No se si será posible para siempre si la población sigue creciendo, pero de momento sí. Lo que cada vez está más claro es que estamos hablando de un problema de desigualdad, de pobreza, y que si este problema no se aborda seguirá aumentando.
El problema es sensibilizar a las personas de que estamos rodeados por el hambre, de que hay hambre en todo el mundo, incluso en los países desarrollados. Hay que empezar a pensar que la ayuda humanitaria no resuelve todo y abandonar la idea de que existen países ricos donde no hay hambre y países pobres donde hay hambre. Ya no es verdad.
T. Bustelo: No abordáis entonces el problema solo como un porcentaje: porque no es lo mismo que en un país haya el dos por ciento de la población subnutrida, mientras en otros lo esté el 45 por ciento. F. Egal: Las cifras cuentan, pero el planteamiento no se basa sólo en el porcentaje. El problema de la desnutrición es que los desnutridos son siempre las personas más marginadas. Por ejemplo en Afganistán, hay un porcentaje muy alto de la población que está crónicamente desnutrida, lo mismo que en nuestros países hasta hace relativamente poco tiempo vivía gente malnutrida crónicamente. Por una serie de razones y situaciones encontramos ahora en Nepal una situación similar a la de Calabria en Italia o en Las Hurdes españolas hace cincuenta o sesenta años.
T. Bustelo: La reducción a la mitad del hambre, según los últimos datos no procede según las previsiones. Jacques Diouf, el director general de la FAO, dice que de seguir así, el resultado se alcanzará sólo en el año 2150. ¿Cuales son los obstáculos más grandes con que os estáis enfrentando?
M. Flores: Yo creo que una cosa es plantearlo a nivel mundial y la otra es ir analizando casos país por país. El Comité de Seguridad Alimentaria Mundial que se reunió hace poco nos ha pedido que trabajemos con mayor detenimiento en el análisis de los casos donde ha habido éxitos en la reducción del número de personas con hambre. Una constante en las situaciones de éxito es el aumento de producción, pero otra, aún más relevante, son las reformas de acciones relativas a las zonas de los productores rurales.
La mayor parte de la gente con problemas de nutrición, de la gente pobre, vive en el campo. Por eso la FAO cree que una clave fundamental en la lucha contra el hambre es fomentar el desarrollo rural. Pero los casos son muy complejos y los datos, a veces engañosos. Por ejemplo: cuando no hay muchas opciones en el campo la población migra a las ciudades, si allí va también mal, migran más allá de las fronteras. El hambre disminuye así en las zonas rurales pero se convierte en hambre urbana.
Con todo creo que hay un margen grande de trabajo para realizar en términos de desarrollo rural, por supuesto, porque eso significa agricultura, pero significa también otras actividades conexas con la agricultura. Según los datos de la FAO en aquellos lugares donde se ha potenciado la agricultura, esa agilidad ha tenido efectos multiplicadores en otras actividades relacionadas: transporte, transformación de productos agrícolas, actividades de exportación… Trabajamos mucho con la articulación de la agricultura y los centros de las ciudades intermedias. Si somos capaces de crear agriculturas más dinámicas, también estaríamos creando vínculos positivos con otras actividades donde se genera empleo y se generan ingresos.
El segundo punto es que las poblaciones con menos recursos, los pobres rurales, trabajan casi siempre en tierras marginales, tierras de ladera de montaña, de mala calidad. Ahí se corre el peligro de explotar suelos frágiles, en zonas que no tienen capacidad de regenerarse fácilmente. La FAO en situaciones como esa trabaja sobre la adaptación de tecnología y la sensibilización cultural. Lo importante es no negar el acceso a la tierra a esas personas porque lo necesitan, porque no tiene otra manera de trabajar, pero hay que aportar un enfoque de sustentabilidad en el uso de los recursos naturales. Esto a veces significa regresar a prácticas de cultivos tradicionales pero mejoradas porque no siempre lo tradicional es lo mejor por antonomasia. Lo ideal es introducir ciertas mejoras que permitan, por ejemplo, conservar la humedad del suelo o reducir la erosión, que aumenten el rendimiento y que no requieran gastos excesivos en insumos ni mucha mano de obra.
F. Egal: Muchas de las zonas donde predominan la inseguridad alimentaria y la malnutrición son también zonas que están en peligro de catástrofes naturales, de conflictos armados, etc. Es muy importante que trabajemos más sistemáticamente y de forma más integrada en la prevención de las crisis. Nuestra orientación se podría resumir así: ‘No vamos a mirar sólo como cosechan, ni los aspectos de producción agrícola. Vamos a ver quién es la gente pobre de estas zonas, cómo se prepara para una crisis, cómo reacciona cuando esta se produce, cuales son sus consecuencias’.
Queremos reforzar la capacidad de las instituciones locales tanto a nivel comunitario como las de los técnicos que trabajan en el sector para prevenir y buscar soluciones. Por ejemplo, uno de los modos de prevenir la sequía en ciertos casos podría ser regresar a algunas prácticas agrícolas tradicionales abandonadas en favor de un determinado monocultivo para conseguir más dinero. En Malawi, por ejemplo, me llamó la atención que los pueblos que habían afrontado mejor la última sequía eran aquellos en los que no se habían introducido los programas de desarrollo agrícola y seguían con la tradicional combinación de cultivos locales para limitar riesgos y asegurar la alimentación familiar. En cambio donde habían sembrado maíz por todas partes se había perdido todo.
T. Bustelo: ¿Ha habido algún país donde la desnutrición haya disminuido desde 1996?
M. Flores: Sí, bastantes, aunque no se puede afirmar con certeza que la disminución se deba a las medidas adoptadas a raíz de la Cumbre. No tenemos todavía datos que lo confirmen, pero por ejemplo en la República Popular de Corea el porcentaje de la población desnutrida ha pasado del 57 al 34 por ciento, en China del 11 al 9 por ciento, en Nepal del 28 al 19. En otros países la disminución ha sido menor: en Nicaragua, donde la población desnutrida entre 1996 y 1998 era un 31 por ciento en 2000 bajó al 29. En África, Uganda ha bajado del 30 al 21, en Namibia del 31 al 9 por ciento, mientras que en Europa, la población desnutrida de Bosnia-​Herzegovina pasó del 10 al 6 por ciento.
T. Bustelo: En la Cumbre Mundial de la Alimentación 2002 se pidió a los países desarrollados que para luchar contra el hambre destinasen el 0,7 por ciento de su Producto Interior Bruto a Asistencia Oficial al Desarrollo. ¿Cuántos lo han hecho?
M. Flores: Dinamarca, Luxemburgo, Holanda, Noruega y Suecia.

LA POBREZA ES FEMENINA
T. Bustelo: La misión de la FAO es ayudar a reducir la inseguridad alimentaria y la pobreza rural. El 70 por ciento de los pobres rurales son mujeres y a partir de los años 70 la cifra de mujeres pobres ha aumentado un 50 por ciento. ¿Por qué?
F. Egal: En primer lugar porque los hombres emigran de las zonas de gran inseguridad alimentaria para buscar trabajo remunerado y mandar dinero a sus familias. Las mujeres se hacen cargo entonces de las tareas que hasta entonces llevaban a cabo los hombres. Otra causa son la guerras. En las zonas donde ha habido conflictos armados hay siempre más viudas que viudos. El sida es también uno de los factores que ha llevado a la “feminización de la agricultura”. En África, la mortalidad provocada por el sida ha reducido la población rural masculina. Por ejemplo, en Malawi, la población rural masculina entre 1970 y 1990 disminuyó en casi un 22 por ciento mientras la femenina bajó apenas un 5 por ciento.
T. Bustelo: Por otra parte las mujeres campesinas de los países en desarrollo trabajan 13 horas más por semana que los hombres; son responsables, en la mayor parte, de los cultivos de subsistencia, básicos para la alimentación de la familia, e invierten casi todo lo que ganan con la comercialización de los productos agrícolas y artesanales en atender las necesidades del hogar o en comprar insumos para mejorar la producción.
Mientras, los hombres utilizan al menos el 25 por ciento de sus ingresos para otros fines. Sin embargo, las mujeres casi nunca se benefician de los programas de extensión y capacitación, y tienen dificultades enormes para conseguir préstamos agrícolas, aunque sean mínimos.
F. Egal: Se hace mucho hincapié en la feminización de la agricultura y de la pobreza, porque un error común es que los expertos de extensión agrícola cuando van a las aldeas se dirigen solo a los hombres, porque según el modelo tradicional el jefe de familia, el agricultor y el encargado de relacionarse con el mundo exterior es un hombre. Pero ya no es así y a veces se nos escapan las mujeres, se nos escapa la gente más pobre, porque si no vas a buscarla no la ves. Las cosas cambian mucho de país a país. Por ejemplo en la América Andina, los expertos de extensión agrícola que hablaban español, tenían por fuerza que dirigirse a los hombres porque las mujeres no se escolarizan y hablan las lenguas indígenas, aunque se ocupen de las actividades cotidianas de la explotación agrícola. Es difícil también que las mujeres accedan al crédito porque carecen de garantías. Como los hombres son los propietarios de la tierra reconocidos por la ley, son ellos quienes proporcionan los avales. Pero las mujeres que logran créditos son más de fiar que los hombres por lo que respecta al reembolso de sus deudas. Por otra parte, la elevada tasa de analfabetismo las hace a veces incapaces de rellenar las solicitudes. A esto hay que añadir que muchas veces los censos agrícolas nacionales no dan información sobre las explotaciones agrícolas dirigidas por mujeres, porque dan por hecho que el varón es no solo el jefe del hogar, sino el “responsable de los cultivos”.
M. Flores: Lo que sí es cierto es que la FAO presta mucha atención al enfoque de género en los programas para incorporar a las mujeres e informarlas de sus derechos, pero mucho depende de las legislaciones nacionales. En algunos países las mujeres no pueden heredar bienes y por lo tanto se les niega la posesión de la tierra cuando muere el marido. En otros no sólo no tienen derecho a la herencia sino que tampoco pueden poseer bienes propios. Hay países en que no es costumbre que la mujer pida un crédito, pero si la ley te ampara puedes apoyarla a hacerlo. La preocupación de la FAO es transmitir lo que son condiciones de igualdad, pero por supuesto tienes que partir del marco cultural en el que se tiene que trabajar.
F. Egal: Sí, y no solo en cuestión de género hay que tener en cuenta las características de los países y regiones en las que se trabaja. A veces, con excelentes intenciones, hemos intentado incentivar los ingresos de las familias, aumentando la producción de cultivos más apetecibles para el mercado, pero nos hemos ‘olvidado’ de proteger la supervivencia del núcleo que a veces ha abandonado los cultivos locales y se ha encontrado en una situación más difícil.
Otras veces nos hemos topado con la paradoja de que la gente produce más pero hay más malnutrición en la casa porque no se ha estudiado todo lo que quiere decir modificar los hábitos familiares. Las familias están organizadas según un cierto número de tareas: unos dan de comer a los pollos, otros riegan, a otros les toca arrancar los hierbajos… Si insistes en cambiar un cultivo o una forma de producción hay que estudiar también las implicaciones de este cambio. El tiempo dedicado al nuevo cultivo se quitará de otra tarea. Otras veces se han impulsado opciones técnicas a nivel nacional sin tener en cuenta que un mismo país puede tener una diversidad enorme y que lo que funciona en una región o incluso en determinado tipo de hogares puede ser un desastre en otros y que los que acaso necesitan más ayuda no tienen acceso a la asistencia porque raramente es la gente la que dice: ‘tenemos este problema, a ver cómo nos podéis ayudar a resolverlo’.
Por suerte, la FAO ha tomado conciencia de esto y, más que en términos de producción agrícola, se trabaja en cómo ayudar a los hogares pobres a sacar el mejor provecho de los recursos naturales a su disposición tanto para ganar dinero como para alimentarse adecuadamente.

SE BUSCAN LA VIDA
T. Bustelo: Sin embargo, según datos de la FAO, en 2015, las zonas urbanas tendrán una población superior a las zonas rurales y más de 26 ciudades en el mundo en desarrollo tendrán más de 15 millones de habitantes, ¿que impacto tendrá esto en la seguridad alimentaria?
F. Egal: Lo tiene ya. Estamos trabajando mucho en los países en desarrollo donde la migración es muy grande porque los campesinos ven en la ciudad un modo de mejorar sus condiciones vida y de dar un futuro a sus hijos.
Esta gente tiene que vivir y muchos de ellos no tienen ni la capacidad ni la formación profesional para insertarse en una sociedad de servicios o industriales: se buscan la vida como pueden. A menudo se instalan en la misma zona donde hay ya gente de su aldea. Algunos cultivan un pedazo de tierra (agricultura urbana), elaboran alimentos, hacen ventas callejeras.
Por otra parte los campesinos tienen determinados hábitos alimentarios y en las zonas urbanas no consiguen necesariamente ni los productos básicos que tenían en sus mercados, ni la misma cantidad de agua, ni el tiempo, o la leña para cocinarlos. Habría que establecer un sistema de acompañamiento que ayudase a estas familias emigrantes a adaptarse mejor al mundo urbano, pero también darse cuenta de que en muchos de esos países hay lazos muy fuertes entre la zona rural y la zona urbana y que hay que tenerlos en cuenta porque gracias a ellos se puede reactualizar la producción rural. Lo que pasa en las zonas urbanas es que muchas veces el gobierno tiene tendencia a importar alimentos de consumo habitual en las ciudades sin darse cuenta de que los emigrantes estarían muy interesados en seguir comiendo los platos típicos de sus zonas de origen. Si pudieran seguir haciéndolo, sería una posibilidad extraordinaria de reforzar los mercados locales, de conseguir medios de sustento y de afianzar las relaciones entre aldeas y ciudades. Es algo a lo que en Europa estamos acostumbrados, cuando queremos comer productos de origen, como la mozzarella de Italia, el chorizo español o la cerveza alemana. ¿Por qué los productos de una aldea, las tortas de harina, o las nueces no se pueden vender en la ciudad a la que han emigrado sus habitantes?

HAY QUE HUIR DE LA HIPOCRESÍA
T. Bustelo: Hay una serie de cultivos muy productivos pero “ilegales”, como las hojas de coca en Bolivia o los opiáceos en Afganistán. La supervivencia de familias enteras de agricultores depende de estos productos nocivos e ilegales. ¿Cómo se comporta la FAO en estos casos?
F. Egal: Es una situación muy compleja y hay que huir de la hipocresía. No se puede siempre culpar a los productores porque si no hubiera demanda no cultivarían estos productos. Es muy fácil ver sólo el aspecto del productor. La única solución es dar a esta gente un modo de ganarse la vida que les dé ventajas similares, que les permita mandar a los niños a la escuela, construirse una casa, no pasar hambre, poder mandar al abuelo al hospital si enferma…
Estamos ya llevando a cabo algunos proyectos alternativos al cultivo de hojas de coca en Bolivia [un proyecto de cinco años de duración que fomenta la producción sostenible de madera e introduce técnicas agrícolas que combinan la agricultura y la silvicultura]. Estudiamos cómo podrían ganarse la vida en esta zona. La clave es asegurar a la gente seguridad alimentaria con otras bases. Lo mismo que se dice que hay que prevenir el sida hay que evitar que la gente se encuentre en una situación de pobreza tal que tenga que emigrar, darse a los cultivos ilegales o prostituirse.
T. Bustelo: Hablando de situaciones difíciles, ¿ha habido algún país sometido a embargo, en el que la FAO haya continuado trabajando en sus proyectos?
F. Egal:Sí, en Irak, concretamente se trabajó con el sistema oil for food. También en Senegal y en Cuba ha habido muchas actividades. Es cierto que la FAO trabaja en países sometidos a embargo.
La FAO trabaja con sus países miembros. Yo por ejemplo trabajé en Burundi durante el embargo y es cierto que hay muchos más problemas para trabajar así. Años atrás participé en un grupo de trabajo de Naciones Unidas que discutía estos problemas de las sanciones y para la mayoría de nosotros estaba claro que tenían un impacto negativo no necesariamente sobre la gente que se pretendía influenciar, sino más bien sobre la gente más pobre.
Lo que nosotros intentamos hacer es que todos tomen conciencia del estado real de las situaciones y de cual es la parte de la población que sufre esas sanciones. Me acuerdo de una discusión con una ONG, siempre en Burundi, que había adherido a una decisión de varias instituticiones de no prestar servicios a grupos de “reagrupados” creados por la política del gobierno. Aunque entendiera muy bien el desacuerdo con esta política, no entendía cómo se podía abandonar a esta gente a quién ya se había impuesto un destierro que no les permitía seguir nutriendo a su familia y que morían de hambre.
Pero yo creo que en general la FAO se ve como una institución que ayuda y apoya a sus estados miembros en el campo de la alimentación y la agricultura, independientemente de las presiones políticas. Es decir, que muchas veces la opinión pública tiene la impresión de que la población considera más bien a la FAO como a un aliado porque podemos evaluar cuál es de verdad la situación alimentaria.

¿ES BUENA LA BIOTECNOLOGÍA?
T. Bustelo: En marzo del año 2000 la FAO publicó una Declaración sobre la Biotecnología en la que se decantaba por un “sistema de evaluación de base científica que determine objetivamente los beneficios y riesgos de cada organismo modificado genéticamente” y recomendaba “un atento seguimiento de los efectos de estos productos”. ¿Cuáles son los problemas para que los países en desarrollo accedan a los posibles beneficios evitando los peligros de la biotecnología?
F. Egal: No soy una experta en el tema. Pero como toda técnica, la biotecnología no es en sí misma buena o mala. Depende de a qué fines, para quién y cómo es utilizada. Seguramente tiene un potencial enorme para mejorar las técnicas agrícolas. Si conseguimos variedades de cultivos que no necesiten tantos plaguicidas ni fertilizantes, a lo mejor estos cultivos estarían al alcance de productores pobres y tendríamos menos problemas de contaminación de alimentos y aguas.
Hay algunos ejemplos que han solucionado la vida de comunidades enteras, por ejemplo en la zona andina había un tubérculo susceptible a un virus; cuando lo contraía, toda la cosecha se arruinaba y la población se encontraba en una situación muy precaria. Gracias a la biotecnología se consiguió una variedad resistente a este virus.
Se habla mucho también del arroz, que es el alimento base del 80 por ciento de la humanidad, y de su enriquecimiento con vitamina A, que evitaría la ceguera en muchas regiones. Lo que hay que saber es quién va a poder comprarlo, cuánto cuesta producirlo y si va a necesitar una serie de insumos que lo encarecerán todavía mas.
Los campos de acción de la biotecnología son múltiples. Yo creo que la verdad es que en un tema como este, donde las posiciones son tan controvertidas y apasionadas, hay que sopesar mucho las cosas y tener criterios éticos, sobre su desarrollo, aplicación y objetivo.
T. Bustelo: Dado que los países en desarrollo no pueden permitirse en muchos casos la investigación pública para patentar los descubrimientos que les permitirían mejorar sus cultivos, ¿existe alguna forma de ayuda a la investigación en este sector?
M. Flores: Sin ser una especialista sé que la ayuda a la biotecnología y a la investigación está prevista en cualquier negociación comercial. El problema es que en algunos países no hay capacidad para llevarla a cabo aunque otros sí cuentan con ello y han conseguido grandes avances en esta materia. Para tutelar a los campesinos de los países pobres, que facilitan a veces el material genético para la investigación de las grandes empresas, el Tratado Internacional sobre Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura reconoce la aportación de los agricultores a la conservación y utilización de los recursos genéticos y fija un marco internacional para regular el acceso a esos recursos, así como un mecanismo para la distribución de los beneficios derivados de su uso.

RECURRIR POR DESNUTRICIÓN
T. Bustelo: El derecho a la alimentación se reconoce ya desde la adopción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. Ahora figura en las constituciones de más de 20 países y por lo menos 140 naciones han ratificado un Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, que pide a los Estados signatarios legislar a favor del derecho a una nutrición adecuada. ¿Será posible algún día que los ciudadanos puedan recurrir ante los tribunales si el Estado no garantiza este derecho a la alimentación? M. Flores: El tema es enormemente complejo pero estamos trabajando en él, si bien la perspectiva de que un ciudadano pueda apelarse al tribunal porque el Estado lesiona su derecho a la alimentación todavía es muy lejana.
De momento la perspectiva que nosotros tratamos de incorporar difiere un poco de lo que llamas “recurrir a un tribunal”. Intentamos definir en que consiste exactamente la obligación de un estado respecto a este derecho. Hay que distinguir tres partes: garantizar este derecho, respetarlo y satisfacerlo plenamente. El Estado se compromete a garantizar que se cumpla, a protegerlo, es decir a que nadie interfiera en él. Es diverso el caso de “satisfacerlo directamente”. Todas esas definiciones en la práctica conllevan una gran cantidad de acciones que tienen mucho que ver con las políticas económicas que se llevan a cabo. Nuestro trabajo se encauza ahora en el desarrollo de ese derecho a la alimentación.
Entre los países que se están esforzando más por introducirlo en sus legislaciones se encuentran Noruega y Perú. En Brasil, el programa de Lula, “Hambre Cero”, que tiene un gran alcance, refleja de alguna manera lo que es materializar el derecho a la alimentación. Otros países están trabajando con la misma orientación, Sierra Leone, Sudáfrica; en Uganda se está discutiendo mucho. Aunque todavía no se pueda plantear en términos jurídicos, se está trabajando en la parte propositiva, en saber que existe un derecho a la alimentación para todos.

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