Tenía que pasar

Estaba al caer. Muchos ya lo predecían. Miraban una pintura abstracta y decían: “Esto lo puede hacer mi hijo de cuatro años”. Eran gente sabia, que veían el futuro.
Ese niño capaz de pintar y vender cuadros por miles de dólares con cuatro años ya existe. Es una niña, se llama Marla Olmstead y vive en Binghamton, en el Estado de Nueva York (Estados Unidos). Los padres la defienden. Al principio, dicen, la gente compraba los cuadros sin saber la edad. Ahora Marla lleva recaudados unos 35.000 euros y sus piezas se cotizan a 6.000 euros; tiene hasta lista de espera.
Los padres de Marla –el padre es pintor amateur– esquivan las dudas: “Ponemos todo el dinero en una cuenta a su nombre para cuando sea mayor”. Y no insisten para que siga pintando: “Es bonito cualquier cosa que tu hija haga”.
Sus admiradores dicen que es un prodigio. Stuart Simpson, coleccionador californiano con obras en su casa de Renoir, Monet y Manet, lo confirma: “Por regla general no me gusta el arte abstracto. Y no se lo digáis a Tony, pero, por un cuadro de Marla, hubiera pagado lo que fuera”.
Tony es Anthony Brunelli, el afortunado galerista que vende los cuadros de la niña. También cree en Marla: “Es una niña dotada. Cuando estoy con ella, tengo como una sensación extraña porque sé que hay algo dentro de ella que hay artistas que lo buscan toda su vida y no lo encuentran. Pero está en este ser de cuatro años”.
Como es natural, otros padres le han traído a Brunelli los dibujos de sus hijos, pero el gran Brunelli los rechaza. Debe saber que sólo hay una gallina de los huevos de oro. Y la tiene él.

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