Graham Greene visto con pasión

Joaquim Gomis
Escritor
Cuando meses atrás, los responsables de la conducción de esta revista me pidieron que preparara un “cicerone” sobre la obra de Greene con motivo del centenario de su nacimiento, me hicieron un gran favor. Así me motivaron a releer gran parte de sus novelas, de algunos de los estudios sobre su obra y persona, también de sus escritos más o menos biográficos (más o menos porque Greene, por tímido o discreto, decía y ocultaba al hablar de sí mismo).
He sido desde mi lejana juventud un apasionado lector de Greene. Y así, releyendo, he revivido antiguas experiencias y también he descubierto otras nuevas, he constatado que Greene fue en su obra y en su vida complejo y quizá contradictorio. Era capaz de lo mejor en su búsqueda de lo que le apasionaba, es decir, de lo que denominaba –es el título de una de sus mejores novelas– El factor humano, aunque a veces, como escritor incesante, se quedara a medio camino. Sea como sea, a los devotos nos molesta que sabios críticos se entretuvieran y se entretengan en los supuestos fallos y no valoraran ni valoren la riqueza humana –también literaria– de gran parte de su obra. Dicen que fue un artesano, pero ¡qué excelente artesano lleno de humanidad!

NO HE SIDO MUY OBJETIVO
Dicho esto, espero que el lector comprenda que no pueda esperar de estas páginas mucha objetividad (ningún enamorado lo es, o quizá sí: lo que sucede es que sabe ocultárselo a sí mismo y a los demás). Pero no siempre importa la objetividad como meta –¿imposible?– sino la peculiaridad de la subjetividad. Años atrás, un cura excelente amigo, inteligente y leído, me dijo con humor que mi modo de vivir o sentir la fe cristiana era muy grahamgreeniana. Estuve y estoy de acuerdo, pero el problema es que ni el mismo Greene supo nunca con precisión cuál era su modo de vivir y sentir la fe cristiana.
He leído en los periódicos que, coincidiendo con el centenario de su nacimiento, se ha publicado el tercer y último volumen de una monumental biografía en la que durante 27 años ha trabajado el profesor Norman Sherry. No puedo hablar de ella porque la desconozco: a favor cabe decir que sorprendentemente Greene la autorizó en su inicio (sorprendentemente porque nunca le gustó que se hablara de su vida); en contra se situarían algunos de los resúmenes publicados en la prensa. Por ejemplo, decir que Greene “perdió la fe, pero en sus últimos años halló consuelo en la religión” equivale a haber entendido poco del asunto, porque fue lo contrario: disminuyó o entró en una nebulosa que él denominaba “la creencia” en tal o cual dogma, por ejemplo, en el infierno que –pienso que con motivo– negaba. Tenía problemas con su práctica religiosa pero, además de por pereza, precisamente porque su modo de entender la fe cristiana le decía que su conducta sentimental o sexual no encajaba. Sin embargo, en donde mejor se expresaba, en sus novelas, uno diría que se siente una fe más radical, más honda, en las de su segunda o tercera etapa –como Un caso acabado (1961) o El cónsul honorario (1976)– que en la primera, más famosa, que le bautizó como escritor “católico” El poder y la gloria (“es la única novela que he escrito para proponer una tesis; nunca más lo haré”). Quizá por ello, por explicitar tesis, el Santo Oficio halló motivo para promover su inclusión en el Índice de libros prohibidos, algo que es comprensible que los censores no pudieron hacer en obras posteriores, más complejas, más contradictorias, diría que más evangélicas: imagino que los funcionarios censores ya no entendían nada quizá porque de la creencia se había pasado a la fe. O, como decía Greene, al factor humano.

EL ORDEN LE OPRIMÍA
Greene nació el 2 de octubre de 1904 en Berkhamsted. Pero pronto le sucedió una desgracia, que él pensaba que le influyó en toda su vida (“los años de la infancia y adolescencia son decisivos: todo lo de después viene de entonces”). Una desgracia relativa, todo hay que decirlo: en la school a la que iba, su padre era el director. No es que tuviera graves problemas ni con la school ni con su padre, pero era la sensación de estar sometido a un orden, a algo preestablecido que le oprimía. Por eso intentó una ingenua huida, sin consecuencias, pero que se convirtió –en palabras sabias– en el paradigma de su vida: huir, escaparse (Vías de escape, fue muchos años después el título de uno de sus libros de memorias). Tendencia a la huida que tiene dos posibles explicaciones, probablemente complementarias: “No me gusto, no tengo la menor complacencia conmigo mismo” y de ahí el sueño de que cambiando de contexto vital escaparía de sí mismo (su posterior afán viajero, especialmente a países más o menos exóticos; quizá también su inestabilidad sentimental, de la que se sentía culpable pero con escasa solución); y la otra explicación, en mi opinión más objetiva: su rechazo, su visceral incomodidad, ante las convenciones establecidas, ante la hipocresía del orden que esconde la injusticia y menosprecia a los débiles; ya en el umbral de la vejez, confesará: “Batirse contra la injusticia, o a favor de los menospreciados, sigue siendo para mí el único principio inamovible. En muchas cosas he sido incoherente, pero en este terreno creo que no. Es, espero, el punto focal del conjunto de mi obra y también de mi vida”.
Por eso huía, se escondía, era contradictorio: porque se hallaba incómodo consigo mismo y con la realidad de la hipócrita sociedad occidental. Lo curioso, lo atrayente, es que casi siempre esta huida iba unida al humor. Me sorprende que buena parte de sus críticos no lo tengan en cuenta: Greene suele unir en sus obras la pasión por sus más hondas convicciones –el factor humano– con un telón de fondo de humor, quizá de relativismo en el juicio de algún modo emparentado con su creencia en “la sobrecogedora extrañeza de la misericordia divina”.
Volvamos a su biografía adolescente, para él la decisiva. Sin que se sepa mucho por qué, durante seis meses fue enviado a Londres, al domicilio del psiquiatra Kenneth Richmond. De la experiencia le quedó para siempre dar mucha importancia a sus sueños (el psiquiatra se los hacía anotar y él siguió siempre la práctica, con su libretita en la mesa de noche, como si fueran luz para sus problemas personales o para las incógnitas que se le planteaban al escribir sus narraciones). Y, más importante, su convicción de que era un maníaco-​depresivo, creencia que le acompañó toda su vida, con la que insinuaba la explicación de algunas de las contradicciones de su vida a la que también atribuía el supuesto fallo de las novelas que luego le disgustaban (por ejemplo El fondo del problema o El fin de la aventura). Con todo, los testimonios de quienes le conocieron parecen desmentir esta obsesión de maníaco-​depresivo. Su sorprendente amigo, el cura español Leopoldo Durán, que escribió varios libros sobre su obra, y con quien durante los años setenta y ochenta viajó casi de incógnito por España, para relajarse, y que a petición de G.G. le administró todos los denominados últimos sacramentos cuando agonizaba en el hospital de Vevey (Suiza), el 3 de abril de 1991, escribe: “Greene era una persona extremadamente sensible, era frecuente verle los ojos humedecidos por la emoción, por la ternura, o por el sufrimiento de los demás”. Admite, él que fue un biógrafo casi hagiográfico de Greene –aunque sus opiniones políticas y eclesiales fueran muy divergentes– que tenía cambios súbitos de humor, que en ocasiones bordeaba la depresión, que se consideraba un tímido con dificultades de relación, incluso en lo que la leyenda presenta como su fuerte: sus relaciones femeninas.

SE ABURRÍA Y SE PASÓ AL ALCOHOL
Retornemos a su biografía inicial, la que ilumina la posterior. Estudió historia moderna en Oxford, donde empezó sus pinitos literarios como responsable de la revista escolar. Pero también allí se aburría ante el peso del convencionalismo y se pasó al culto de alcohol –que ya no abandonaría: “aguanto bien”– e incluso al peligroso juego de la ruleta rusa (típico Greene: también de ella se cansó, porque “nunca acertaba”). Y, también de algún modo como un juego, se apuntó al Partido Comunista Inglés… durante cuatro semanas, porque las reuniones le agobiaban. La consecuencia fue que por ello, muchos años después, Estados Unidos le negara el visado de entrada. Claro está que Greene respondió con una de sus más constantes convicciones: “Estoy dispuesto a aceptar prácticamente cualquier cosa que pueda fastidiar la política exterior de los Estados Unidos. Reconozco que esto puede parecer bastante simplista, pero es así”. Y, de hecho, su novela El americano tranquilo (1955) puede considerarse no sólo proféticamente anunciadora de lo que luego sucedería con la intervención de los Estados Unidos en Vietnam, sino de la estúpida tragedia actual en Irak. Volviendo a la anécdota de sus cuatro semanas de pertenecer al PC inglés, quisiera notar que Greene –aunque repitiera que un escritor debe observar y explicar y comunicar, más que actuar políticamente– siempre conservó una añoranza del sueño no realizado: un comunismo con rostro humano (“Cuando fui a ver a Allende, en 1971, le expliqué por que iba: Porque sigo buscando un comunismo con rostro humano”). Y, ya en el nivel de la paradoja divertida de sus últimos años, me encanta lo que con gran honestidad cuenta Leopoldo Durán: “Me dijo: ‘Supongamos que me pongo gravemente enfermo, en peligro de muerte. Te llamaré para que vengas a estar conmigo en esos momentos. Intentaré hacer una buena confesión. Y al final te diré: Haz público, con claridad, que yo cargué tu conciencia con estas palabras: Si Greene hubiese vivido, y Reagan hubiese continuado en la presidencia, Greene se hubiese hecho comunista’. Creía sinceramente que un comunista no tiene que abandonar su fe católica”.

SU CONVERSIÓN
En 1927 se casa con Vivien Dayrekk-​Browning, con la que tuvo dos hijos, Francis y Carolina, siempre queridos. Ya que Vivien era católica, él, no por convención sino por convicción, quiso compartir su fe. Se sometió a largas sesiones de adoctrinamiento: “Nunca llegué a la certeza, pero sí a pensar que era lo más probable”. “Pasé de la no fe a la fe, intelectualmente”. Solo después, cuando en 1938 viaja a México, a una de las regiones en que sigue la persecución religiosa, la que reflejará en El poder y la gloria, dice descubrir el “sentir” cristiano, la fe popular. Ya sabe que no es la suya, pero es la que admira, la que añora: la fe de los que son víctimas. O, años después, la fe sencilla de los misioneros en la leprosería africana de El caso acabado, y, en el otro extremo, la fe comprometida, politizada, pero también humilde, del cura guerrillero de El cónsul honorario.
El matrimonio no funcionó: “He sido un mal marido y un amante inestable”, diría años después. Antes, más cercano al conflicto matrimonial, lo atribuiría a la benzedrina. Había conseguido su primer éxito literario con Orient express, luego publicó Inglaterra me hizo así (“una novela que me gusta, pero no gustó a los lectores”) y Brighton, parque de atracciones (quizá su narración más dura, que más exige al lector, pero por ello mismo de las mejores). Abandonó sus empleos periodísticos, sus críticas cinematográficas –aunque su afición al cine explica en buena parte el ritmo narrativo de toda su obra, su acierto en la vivacidad de los diálogos– y quiso dedicarse únicamente a la novela. Pasó meses escribiendo lo que él pensaba era una obra mayor El poder y la gloria, pero las exigencias económicas familiares ocasionaron que, simultáneamente, con ayuda de la benzedrina, se dedicara a escribir un thriller más vendible, El agente confidencial. Paradojas de la vida: El poder y la gloria, le convirtió en autor famoso, y especialmente después de la traducción francesa con prólogo de Mauriac, en escritor “católico”, mientras que El agente confidencial apenas es mencionada por los críticos (aunque un servidor la considere como de las más típicas grahamgreenianas). Sea como sea, según Greene, el abuso de la benzedrina fue decisivo para la ruptura de su matrimonio (“más que a la separación impuesta por la guerra y a mis infidelidades”).

NO SE ATREVÍA A DESCONFIAR DE LAS MUJERES
Y ya casi aquí podríamos finalizar este “cicerone”. Porque todo lo siguiente en la vida y obra de Greene ya es más conocido por sus lectores, es de algún modo consecuencia de estos primeros años. Tuvieron éxito sus películas El tercer hombre o El ídolo caído (películas que un servidor gusta de seguir viendo). Menos sus obras de teatro (la más conocida, La sala de estar). Vendrán luego sus viajes, como reportero y también como miembro del servicio de inteligencia británico (con poca convicción y escasos resultados). Viajes que él calificaba de “huida” y un servidor añadiría que también “búsqueda”. Se enamoraba de algunos de estos países y se convertían en lugar vivencial para sus novelas: primero África occidental, luego Indochina, después América Latina. Siempre países víctima. Aunque los protagonistas casi nunca sean los indígenas: “yo no puedo ser más que un observador, quizá admirador, pero sé que soy un extraño”. Los protagonistas son extranjeros, y no ciertamente héroes, sino hombres contradictorios . Digo “hombres” porque Greene, aunque se diga de él que fue un mujeriego, en sus novelas suele tratar con tanto respeto a las mujeres que las sitúa en un segundo plano, frecuentemente idealizadas –por ejemplo, a quienes se consideraría prostitutas – , como si no se atreviera a hacer con ellas lo que practica con sus protagonistas masculinos: desconfiar de ellos. Como desconfiaba de sí mismo. Aunque el fondo, y cada vez más en las últimas de sus mejores novelas, el factor humano, el hecho interrogativo, la incógnita que se plantea sobre el porqué y cómo actuamos, adquiera mayor hondura. Greene termina siendo menos un escritor “católico” y más un escritor cristiano, evangélico o, si se puede decir, por ello mismo, hondamente humano.

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