Qué me gusta

Rosario Bofill, Mª Eugenia de Andrés, Jordi Delás, Miquel Delás, Toni Delás, Alejandro Duque Amusco, Pere Escorsa, Joaquim Gomis, Lorenzo Gomis, María Gomis, Carlos M. Moreno, Jordi Pérez y Eulàlia Tort Bodro.
Una sonrisa luminosa.
Las estrellas fugaces a principios de agosto.
Esperar algo bueno.
Un poco de desorden.
Los besos.
Leer echado.
La palabra “luz”.
Las cartas de amor, aunque todos sepamos, con Pessoa, que son ridículas.
Los ojos de los niños.
Los viernes por la tarde.
Que la gente diga que le gusta el fútbol, pero que no sean forofos.
El allegro de la Séptima.
Una pinta de cerveza.
Los caballos.

Las mulatas(especialmente las de Salvador de Bahía, incluidas las gordas).
Los niños y niñas sonrientes (preferentemente si saben lamerse los mocos).
El personal de la tercera edad con el que,
a veces, comparto la misa dominical en
una iglesia/​barracón de Cornellá.
Las gatas que se han ido instalando en nuestra casa y su huerto.
Amigos curas que, después de años de trabajo, conservan la cordialidad.
Mis sobrinas y sus hijos, todos encantadores conmigo.
Stravinsky (La consagración de la primavera) y Picasso (sus obras, claro).

Despertar.
Estar casado.
Cruzar un paso cebra sin que pase nada (una aventura).
Escuchar El clave bien temperado de Bach tocado por Glenn Gould.
Leer una novela de Wodehouse.
Ver la lluvia desde la ventana de casa.
Cantar el Veni Creator conduciendo el coche por un camino rural.
Que mis nietos me pregunten algo.
Ver dormir a mi mujer y ponerle la mano en la espalda.
Dormir la siesta con música al fondo.
El arroz a la cubana con un huevo frito y plátano.
La pintura de Henri Rousseau, Douanier.
Los dibujos de Fernando Krahn.
Pensar que votaré sí en el referéndum europeo.

El cielo azul.
La luna.
Tomar el sol en verano; y el tibio sol de invierno.
El whisky malta de doce años (con un error: dos hielos).
La tortilla de patatas.
Besos y algo más.
Que vengan los nietos, que se vayan los nietos. Rezar en una iglesia desierta.
El silencio.
El té por la mañana.
Tener siempre un libro esperando que termine el que estoy leyendo.
Estar en la cima de una montaña.
Meterme en la cama por la noche y se acabó el día.

Que el conductor del autobús me salude al entrar.
Los domingos, levantarme a la una.
Los restaurantes con una carta de postres caseros.
Fumar un cigarrillo después del café.
El “sofing” o sentarse en el sofá sin más objetivo que estar ahí sentada.
Las “batallitas” que cuentan los amigos. La puntualidad.

El periodismo (si me dan a escoger, la prensa conservadora inglesa y la liberal norteamericana).
Las librerías.
La pasta (la italiana), el queso gorgonzola y el café Lo dulce.
Los idiomas; especialmente ir a otro país y poder hablar en la lengua del lugar.
El optimismo.
Cuando en la película Ocho y medio de Fellini, la enfermera le pregunta a Mastroianni: “Quanti anni ha?”, y él responde cansado: “Quaranta tre”. Me gusta el ritmo y el tono nasal de ese 43.
Un bulevar un domingo por la tarde.
Los bares de Europa.
El futuro.

Pasear.
Leer, escribir.
Mi trabajo.
Jugar a tenis.
La compañía de mi mujer.
Los sábados por la mañana.
Ver crecer a los hijos, en todos los aspectos.
La sensación de que Dios me quiere.
Viajar; volver a lugares donde ya estuve.
El despegue de los aviones.
Charlar con algunos amigos.
Conseguir y desarrollar buenos proyectos en la empresa.
Notar que una clase en la Universidad me ha quedado “redonda”.

La gente que sonríe.
Leer periódicos atrasados.
Las personas que cuando se para el ascensor dicen “ya sé dónde pasar la tarde”.
Quienes miran a la cara.
Ese amigo que invariablemente acaba las celebraciones cantando una jota.
La ciudad en las primeras horas de los días de fiesta.
El ruido que hace una plumilla en un buen folio.
Sentarme en un banco.
Aparentar la edad que tengo.
Los políticos que dedican más tiempo al bienestar de sus representados que a las cuestiones de estandartes y lenguas.
La fuerza de los barrios con mezcla de razas.
Las personas sensibles.
Los tipos duros a quienes se les nubla la vista.
Ver crecer la hierba.

Soñar el mar.
Viajar en buena compañía.
Los chistes de Maitena.
El chocolate.
Observar a mi hijo mientras duerme.
Los bosques de hayas.
Los cantos de Taizé.
Van Morrison.
Las Highlands escocesas.
Los colores audaces de los fauvistas.
La gente que sabe contar cuentos.
La Cantata 147 de Bach.

El penúltimo día de una gripe, cuando ya sin fiebre puedes quedarte en cama, rodeada de libros, periódicos y revistas.
Desayunar lentamente, con el periódico.
En verano, bañarme en el mar al atardecer.
Sumergirme en la Michelin en busca de hoteles tranquilos, con encanto, y vistas, pero asequibles (aunque no haya viaje a la vista).
Las películas que te acompañan al día siguiente y más.
Las personas dispuestas, capaces de organizar comidas con amigos sin nervios ni aspavientos.
Las personas que se vuelven cuando se alejan, tras la despedida.

Me gusta la gente que perdona setenta veces siete y aún le quedan ganas de seguir perdonando.
Decir que sí.
Pensar que intentaré llevar dignamente la salud y la enfermedad.
Los jóvenes utópicos.
Los viejos aún comprometidos con sus utopías.
Pensar que lo mejor está aún por venir.
Los médicos que curan con su presencia.
Los abogados que dicen, no se preocupe, me ocuparé de todo y es verdad que lo hacen.
Los finales felices.
Los que delegan.
Aprender de los jóvenes.
La gente que sigue siendo educada cuando se sienta al volante.

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