Siete deseos de paz para 2004

Lorenzo Gomis
Los jefes de Estado mandan estos días mensajes de paz a todo el mundo. ¿Podrá el director de una revista económicamente pobre y moralmente ambiciosa murmurar siete deseos de paz para el año que estamos explorando? Hay en la agenda eventos previstos, pero ¿qué sentido tendrán?
1. Que no haya mayoría absoluta en España. Pronto tendremos elecciones generales y lo que no sabemos es si alguien tendrá mayoría absoluta. Mi deseo es que no la saque nadie. Después de las últimas experiencias, parece lo más prudente. Los españoles somos todavía demasiado absolutos para que lo sean también las mayorías. Como los antiguos reyes absolutos, las mayorías absolutas mandan demasiado. Pueden ser confortantes para el que se siente orgulloso de mandar, pero son humillantes para los demás. Convergència i Unió ha abandonado su antigua disposición a facilitar la gobernabilidad de España desde que ha perdido el gobierno de Cataluña. Quizá se aburra de estar en la oposición en todas partes. Pero, sea como sea, en una Europa unida y plural, España tendría que aprender también a vivir unida y plural. Plural ya lo es, sólo le falta vivir unida y a gusto.
2. Que las Naciones Unidas puedan más que los Estados Unidos. El año pasado el señor Bush no consiguió que el Consejo de Seguridad de la ONU diera legitimidad a la intervención armada en Irak. Francia, Alemania y Rusia no se acabaron de creer que Sadam Husein tuviera armas de destrucción masiva y fuera a lanzarlas en tres cuartos de hora y dijeron que no había tanta prisa. Bush se venga ahora dejándoles al margen de los negocios de Irak. Aunque los que no somos americanos no tenemos voto en el país más poderoso del mundo, tenemos voz y podemos decir que deseamos que Bush se convierta a la solidaridad internacional o, quizá más sencillo, que Estados Unidos encuentre, a la hora de elegir dentro de unos meses, un candidato alternativo para hacer una política alternativa.
3. Que las tropas de ocupación en Irak puedan retirarse en paz. Eso evitaría que siguieran muriendo a mano armada soldados ocupantes y civiles ocupados. Si se necesitan soldados en función de policías, sería bueno pedirlos a países próximos que sean también árabes y musulmanes, como la población, procedentes de países amigos y bajo el paraguas universal de la ONU. Y eso sólo mientras los propios iraquíes acaban de hacer el censo y eligen por votación popular a los nuevos gobernantes que, aunque lo hagan mal, siempre serán los más adecuados para ocuparse de administrar los propios asuntos. La democracia, decía Chesterton, es como sonarse las propias narices, una cosa que tiene que hacer uno mismo, aunque lo haga mal.
4. Que el Parlamento de las Religiones las ayude a trabajar por la paz. Este año se celebrará en Barcelona un Parlamento de las Religiones pensado para fomentar el conocimiento mutuo y el diálogo para la paz del mundo. Ojalá convierta a los creyentes de todos los credos en bienaventurados trabajadores por la paz y comprendan que el Dios de la misericordia quiere la paz y ésta está en manos de los hombres. Sería una ocasión para que los escépticos concedieran a los creyentes un margen de esperanza. Como ha dicho Hans Küng, no hay paz mundial sin paz religiosa y no hay paz religiosa sin diálogo entre las religiones. Si se conocen mejor y simpatizan más habrá más fraternidad humana. No son una energía desdeñable, como se ve cada día alrededor de Jerusalén. Sólo hace falta que todas las religiones descubran su potencial de paz, mayor aún que su evidente potencial de guerra.
5. Que el nuevo gobierno plural de Cataluña haga bien su trabajo. Unir a nacionalistas y no nacionalistas en un proyecto progresista será un experimento interesante. Un simple y pacífico catalanismo puede ser la fórmula adecuada para una izquierda plural que sume esperanzas. Será también una manera de comprender que una España plural es posible en cada una de sus comunidades y, por consiguiente, puede también ser viable y hospitalaria en una perspectiva de conjunto. Después de la milagrosa transición de hace 25 años, las nuevas reformas pueden significar la superación definitiva de nuestra guerra incivil. Que los políticos tomen nota y aprendan un nuevo lenguaje y una nueva y más amable manera de hablar de sus adversarios. De contribuir al civismo. Federar es unir y la unión hace la paz. Una contribución plural a la España plural puede ser una manera europea de avanzar en las tinieblas y esperanzas de la historia.
6. Que los inmigrantes lleguen con contrato y en barco o avión. Que se acabe el negocio de las pateras y la tragedia de los naufragios. Con la colaboración de todos los gobiernos no ha de ser tan difícil organizar cuotas y contingentes de inmigrantes con contrato, que vengan a trabajar, a temporada o para establecerse en un mundo acogedor de mayor bienestar. Si hay contrato es que se necesitan trabajadores y España ha tocado con los dedos los riesgos de su pobre demografía en Europa. Tenemos más superficie que Italia pero menos población. Y población es poder. La inmigración puede también sensibilizar a la Europa rica para aprender la asignatura de la solidaridad con el sur pobre, en América o en Africa. El mundo, que sabe de las migraciones armadas, tiene que acostumbrarse a organizar las migraciones en paz.
7. Que la Iglesia católica comprenda que no basta con tener un Papa de categoría. No todo lo hacen las autoridades en los pueblos, y menos cuando los pueblos que las soportan no las eligen. El pueblo de Dios no es una excepción. Y el Espíritu Santo no es un consejero cortesano al oído de los poderosos, sino un viento universal que levanta los tejados y se mueve tan a gusto o más en las parroquias que en las curias. Karol Wojtyla ha sido un Papa de gran categoría humana y mucha fe, pero no ha conseguido tener una Iglesia abierta, alegre y confiada en la providencia de Dios. La iglesia romana aprendió mucho de los viejos emperadores pero poco de las modernas democracias. Baudelaire sabía lo que se decía cuando recordaba, como aviso a los no comunistas, que todo es común, incluso Dios.

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