El pensamiento científico está censurado

Josep Egozcue, David Jou y Adolf Tobeña
El resultado de la charla fue sorprendente. Tras contarnos lo fascinante de su trabajo –que lo es – , se descolgaron con que se sienten maltratados por la sociedad, que los medios de comunicación y el humanismo censuran el pensamiento científico. Esta conclusión, que no es improvisada, surge tras un razonamiento de peso de nuestros tres invitados.
Jordi Pérez: ¿En qué trabaja la genética en estos momentos?
Josep Egozcue: Ahora está en suspenso. En nuestro caso, en Bellaterra, tenemos un grupo de unas 50 o 60 personas que llevan muchas líneas de investigación. Todas se centran en la reproducción. Básicamente lo que estudiamos es el origen y prevención de problemas genéticos. Ese es el núcleo. Otras dos líneas son los procesos de especiación, y por tanto, el origen del hombre, y en segundo lugar, los cánceres urogenitales.
J. Pérez: ¿Estas líneas de la Universidad Autónoma de Barcelona son las principales en el resto del mundo?
J. Egozcue: Sí, entre otras muchas.
J. Pérez: ¿Por qué está en suspenso ahora la genética?
J. Egozcue: Por una razón muy sencilla. Porque se creía que cuando tuviéramos la secuencia del genoma humano ya lo tendríamos todo solucionado. Y ha sido al revés. Hemos visto que eso no hay quien lo entienda. Tiene razón Manuel Perucho, un científico español muy conocido, cuando dice que tardaremos un siglo como mínimo en entender lo que ahora tenemos. Yo estoy de acuerdo. Porque una cosa es conocer el gen y otra muy diferente saber cómo opera, a través de qué vías: las combinaciones que pueden dar los desgraciados treinta mil genes que tenemos resultan cifras astronómicas.
J. Pérez: Y cuando tengamos la secuencia del genoma descifrada, ¿qué pasará?
J. Egozcue: No lo sé. Aún tenemos que empezar a conocer cuáles son las combinaciones que dan lugar a determinados resultados. Visto que ahora aún nos es complicado entenderlo cuando la combinación es de un solo gen y una sola proteína, algo tan sencillo como eso, imaginarse algo más allá queda aún muy lejano. La gente dice: ‘Haremos niños a la carta’. Sí, pero a ver, que contesten: ¿cómo se regula la inteligencia? ¿Qué combinaciones de miles de millones de posibilidades te da que una persona sea más o menos inteligente? Eso no es tan fácil de averiguar.

QUÉ SIGNIFICA NEUROCIENCIA
J. Pérez: Veamos ahora cómo están las cosas en el ámbito de la psiquiatría.
Adolf Tobeña: Yo soy psiquiatra pero hace más de 20 años que no veo un enfermo. Ahora hago eso que se llama neurociencia.
Lorenzo Gomis: ¿Qué significa neurociencia?
A. Tobeña: Investigación sobre el cerebro, sus funciones y sobre el sistema nervioso en su conjunto. Es un ámbito de trabajo que está muy de moda. No tanto como la genética, pero quizá sea el segundo. En él hay dos grandes campos. Uno es la neurobiología molecular, que es descifrar el conjunto de sustancias que trabajan en el cerebro. En esto se han hecho unos avances formidables en los últimos 30 años. El cerebro es una glándula, en él hay mucha actividad química y miles de interacciones de sustancias. Nuestra tarea es definir qué interacciones son cruciales en las redes que hacen posible el trabajo normal del cerebro, cuáles deben ser las dianas para corregir disfunciones.
J. Pérez: Su aplicación sería curar enfermedades.
A. Tobeña: Sí. Corregir demencias, parkinsonismos, fenómenos de envejecimiento cerebral. En todo esto hay un interés de investigación pura, pero también está lógicamente el interés industrial. Este campo también puede corregir las grandes enfermedades psiquiátricas, pero las otras tienen más incidencia, porque la vejez nos llega a todos. Y ahora que los avances de la medicina han impedido que la gente claudique y muera cuando les tocaría, la mayoría sufre estas enfermedades del juicio, de la cabeza. Esto es necesario corregirlo para que haya lucidez y vida confortable en los últimos años de vida.
L. Gomis: ¿Y cómo se hacen las pruebas? ¿Con personas?
A. Tobeña: No. Se trabaja con preparaciones de cultivos cerebrales que proceden de animales, líneas celulares que se mantienen, y en animales vivos, de los que los más usados son ratones, ratas y monos. En mi laboratorio trabajamos con ratones y ratas, nunca con personas. Y lo que se hace es definir una diana molecular de trabajo e intentar saber cómo funciona en un área determinada del cerebro, y así potenciarla, modificarla, bloquearla, inventando otras sustancias que la ayuden a trabajar mejor. Todo esto sirve para curar enfermedades psiquiátricas: depresiones, esquizofrenias, estrés postraumático severo, hasta la frontera de la criminalidad morbosa, que está basada en la alteración de circuitos cerebrales.
J. Pérez: ¿El mal está escrito en el cerebro?
A. Tobeña: Sí. La predisposición al mal genuino, al mal morboso y brutal. Este primer gran ámbito de trabajo de la neurociencia es enorme. Ha dado lugar a fenómenos como que los manicomios hayan desaparecido, casi.
L. Gomis: Esto es noticia.
J. Pérez: ¿Ha sucedido porque la medicación mejora el cerebro afectado?
A. Tobeña: Sí. El medicamento corrige un desajuste químico entre las miles de sustancias que trabajan. Debe acertarse la sustancia, el territorio y la clave molecular. Hoy esto es posible. Aunque probablemente se haya ido demasiado lejos con el cierre de los manicomios. Algunos pacientes deberían seguir ingresados. Pero mucha de la gente que no podía funcionar de ninguna manera y que tenía que estar encerrada por locura, delirios, desorientaciones brutales, ahora son corregidos. Sin embargo, no se les cura, son tratamientos de por vida. Lo que hemos conseguido es que el 80 por ciento de los grandes trastornos mentales sean atenuados hasta el punto de poder vivir, algunos incluso trabajando en lugares poco exigentes.
J. Pérez: Pues si el progreso va por aquí, no se tardará mucho en retrasar el envejecimiento.
J. Egozcue: No, no, nada de eso. Aquí lo que es importante y no sabemos hacer es precisamente retrasar el envejecimiento. Lo que hemos retrasado es la muerte, pero no el envejecimiento. Así que lo que sucede es que la gente llega a edades muy avanzadas, pero en muy mal estado.
A. Tobeña: Lo que sí se ha conseguido es atenuar los déficit de memoria, las desorientaciones.
J. Pérez: Pero eso ya es retardar el envejecimiento.
A. Tobeña: No, esto es retrasar los achaques de la vejez. Algo que ya se hace y se seguirá haciendo. Todo este conjunto es tarea de la neurobiología molecular, en la que trabajan verdaderos ejércitos de diferentes especialidades: biólogos, genetistas, físicos, químicos, informáticos, ingenieros, matemáticos. No son psiquiatras o neurólogos.
J. Pérez: ¿La mayoría de todos estos trabajan en programas públicos?
A. Tobeña: Sí. Más que en la industria. Lo más avanzado continúa siendo investigación pública.
J. Pérez: ¿Y una vez hecho el descubrimiento se vende la patente a la industria?
A. Tobeña: Sí, o a veces son patentes combinadas universidad-​industria. Con lo que ambos sacan beneficios.

LA NEUROFILOSOFÍA
J. Pérez: ¿Cuál es el segundo ámbito de trabajo de la neurociencia?
A. Tobeña: Esta es más teórica, se le llama neurociencia cognitiva. Este ámbito es posible gracias a que el trabajo en el cerebro de personas normales nos es accesible. Los métodos de radiología avanzada permiten colocar a gente normal grandes aparatos de escaneo de actividad cerebral y se les pide que piensen, calculen, imaginen, recuerden, comparen, planifiquen. Así vemos cómo trabaja el cerebro y qué relaciones hay entre las diferentes estructuras. Esto pretende adivinar las bases del pensamiento, de los sentimientos, de las decisiones morales. Es en fin un territorio de fusión que ya recibe el nombre de neurofilosofía.
J. Pérez: ¿Y qué se ve a través de estos escaneos?
A. Tobeña: Se ve cómo se iluminan en función de más o menos actividad determinadas partes del cerebro.
J. Pérez: Y ahí se puede ver que por ejemplo un gran científico tenga más desarrollada una parte que un gran músico.
A. Tobeña: Sí, eso es muy sencillo. Los cerebros de la gente excepcional son diferentes.
L. Gomis: ¿Y son diferentes en relación a los genes también?
J. Egozcue: No, no. En principio todos tenemos los mismos genes. Lo que pasa es que no son exactamente iguales ni funcionan de la misma manera. Y después hay que tener en cuenta algo que cuando se habla de genética se olvida: el factor ambiente.
J. Pérez: Así que podremos mirar la cabeza de un niño de cinco años y decirle lo que debe ser.
A. Tobeña: No. Eso no se podrá decir nunca. Siempre quedará algo de misterio. Porque tú puedes tener la construcción neural para llegar a ser un talento musical excepcional, pero si creces en un ambiente donde no hay música…
J. Pérez: Por eso digo que lo miremos a los cinco años y se lo digamos. Si es tan fácil.
A. Tobeña: No, no. Ahí todavía no se ha llegado. Lo que por ejemplo se hace ahora es coger músicos y ver cuando ejecutan pensamiento musical qué zonas hacen trabajar respecto a gente que no tiene esa cualidad. O de modo más sencillo: bilingües respecto a monolingües. Esto es lo que hacemos ahora.
J. Pérez: ¿Y el futuro?
A. Tobeña: El futuro, el futuro es espléndido. Por ejemplo, a pesar de que todos seamos el 99,9 por ciento idénticos, cada persona es el resultado de una combinación absolutamente peculiar. Pues bien, igual que a causa de alguna de estas combinaciones tengamos el pelo más rizado o menos, tenemos también el cerebro organizado de un modo o de otro. Por tanto tienes unos resortes y engranajes en el cerebro que nadie más tiene.
J. Egozcue: El problema aquí es jugar con la imaginación y con las posibilidades. Dice por ejemplo el famoso cardiólogo Valentí Fuster que es muy sencillo predecir si alguien tiene riesgos cardiovasculares: basta con aplicarle una resonancia magnética nuclear. Pero, claro, eso implica una máquina y un tiempo de los que es imposible disponer para toda la población. Pero lógicamente estos aparatos se irán haciendo más sencillos. Y las cosas cambiarán. ¿Llegará un momento en que a todo niño se le mirará el cerebro para ver qué debe ser? Quién sabe, pero con imaginación podemos pensar que sí. Aunque viendo hoy lo complicado que sería pensamos que no, que será imposible.
A. Tobeña: La verdad es que para saber si un niño será un gran músico lo más sencillo es y será siempre preguntárselo a un profesor de música. Siempre será más fácil así que estudiando los territorios del cerebro. Yo llevo a mi hijo a jugar a fútbol cada sábado y ya veo cuáles son los que destacarán. Esta es una disciplina que aparte de la excitación natural que produce porque toca temas de aproximación filosófica –cómo sentimos, cómo nos emocionamos, cómo decidimos, cómo tenemos conciencia del pensamiento– tiene conexión con cosas que nunca se hubiera pensado que fueran del ámbito de la ciencia. Por ejemplo, las bases del comportamiento amoral: están en el ambiente, en la educación, en las desigualdades, o quizá hay gente que lo lleva en determinadas estructuras cerebrales.
J. Pérez: ¿Y la ciencia qué dice?
A. Tobeña: La ciencia lo está trabajando. Aunque tiene elementos que hacen pensar que en determinada medida se lleva en el cerebro, a pesar de que el ambiente pueda potenciarlo o atenuarlo.
J. Pérez: ¿Hablamos sólo de la perversidad?
A. Tobeña: No, también de la bondad o de las relaciones afectivas de la gente. Por qué por ejemplo hay gente que es capaz de sentir compasión y simpatía por los demás y otros que son mucho más fríos y distantes.
David Jou: Una vez diste una conferencia sobre biología de la religiosidad.
A. Tobeña: Sí, incluso eso. El hecho de que haya gente que tenga más propensión a creer en fuerzas externas.
J. Pérez: ¿También lo llevamos en el cerebro eso?
A. Tobeña: Sí.
J. Pérez: ¿Sabemos en qué porcentaje influye la biología respecto del ambiente?
A. Tobeña: Hay aproximaciones. En esto de la religiosidad, un 40 por ciento estaría gobernada por mecanismos biológicos, surgidos a partir de la lotería cromosómica. El 60 por ciento serían influencias ambientales. Así que en último término, la biología cuenta siempre, siempre. Y los humanos se habían acostumbrado a pensar que determinadas esferas quedaban al margen, que la biología era para las bestias. Los humanos se creían en cambio una especie de ángeles –un pensamiento de origen tanto religioso como laico.
L. Gomis: ¿El idealismo filosófico ateo y la religiosidad pueden tener el mismo dibujo en el cerebro?
A. Tobeña: Sí, seguramente, sería una hipótesis.
L. Gomis: Entonces vete a saber por qué uno ha tirado por aquí y otro por allí.
A. Tobeña: Lo que debe quedar claro es que la biología cuenta siempre, y no poco. Para algo tan complejo como la compasión, la simpatía, o la capacidad de enamorarse o de tener fe, se necesita una conformación biológica potentísima.
J. Pérez: Y contra eso no tienes nada que hacer.
A. Tobeña: Sí que tienes algo que hacer. Tomemos los gemelos idénticos, una especie de clones fabricada por la naturaleza. Si los miras por dentro también son muy iguales. Y evidentemente también se parecen mucho en habilidades, en habilidad cognitiva se parecen más del 80 por ciento, aunque hayan vivido separados toda la vida. Pero cuidado con este 20 por ciento que no se parecen, porque puede dar una diferencia de 30 puntos de coeficiente de inteligencia, que es una de las maneras de medir velocidad de resolver problemas simbólicos, y no talento como a veces creemos. Volviendo a los gemelos, imaginemos que uno se ha quedado en 100 puntos –que es lo que más o menos todo el mundo tiene– y el otro está en 130, cantidad que toca la excelencia. Así, a uno lo han estimulado y ha subido hasta 130 y al otro, que no lo han llevado ni al colegio, se queda con el coeficiente que tenía. En suma, la biología cuenta mucho, pero no predice el resultado final. Porque los sistemas biológicos son abiertos.
D. Jou: No te dicen de quién te enamorarás.
A. Tobeña: Claro. La biología podrá decirte si serás más enamoradizo o menos, pero no te dirá de quién.
J. Egozcue: Imaginemos un caso ilustrativo. Una persona que para mantener el grado de afecto que siente por otra debe verla a menudo. Y en cambio, otra persona que ese grado de afecto lo mantenga aunque no vea a la otra persona. ¿Qué puede pasar? Que el primero cada vez que ve a su amado segrega una sustancia que hace que su afecto se mantenga. Y el otro mantiene el afecto con la primera secreción. Es una situación imaginaria pero que podría darse.
A. Tobeña: Es que funciona así.

LA CIENCIA ES PRUDENCIA
J. Pérez: ¿Por qué no se confía en la ciencia?
A. Tobeña: Todos estos problemas están ligados a la imagen tradicional del científico alocado e irresponsable. Sin embargo, como gremio, creo que somos el más prudente de todos. No porque esté lleno de gente prudente, sino porque el propio método, las reglas por las que se rige el juego de la ciencia exigen comprobaciones, escrutinios y contrastes, que en otras áreas no existen.
J. Egozcue: Además en ciencia se han dado casos que no ocurren en otros campos, como es el hecho de retractarse de un trabajo, de retirarlo. Esta autocrítica pública es algo anormal.
L. Gomis: ¿Por qué se retira?
J. Egozcue: Pues por ejemplo porque se han falsificado datos.
A. Tobeña: O porque se ha repetido el experimento y no ha dado el mismo resultado. Así que el mismo científico o grupo que se ha equivocado publica un nuevo artículo donde anuncia urbi et orbi que se ha equivocado, que eso no funciona. Algo rarísimo en otros campos.
L. Gomis: ¿No hay ningún comité que juzgue?
A. Tobeña: No, es el propio sistema. Como hay quizá 20 grupos más en el mundo que investigan lo mismo que se ha publicado, comprueban que funcione. Si la novedad es muy rompedora y los resultados se ajustan –se los miran con lupa-​, lo dan por válido. Pero si ven algo sospechoso, corren a decirlo. Si a cuatro grupos más no les sale, el investigador original lo repite y si no le sale tiene que rectificar. Estas son las reglas de la ciencia.
J. Pérez: Esto no pasa con las novelas.
A. Tobeña: Ni con las novelas ni con filosofía ni con nada.
L. Gomis: Así que los resultados objetivos son definitivos.
A. Tobeña: Sí, esta es la gracia de la ciencia. Los resultados buenos, replicables, se mantienen.
L. Gomis: Son resultados objetivos. Esto es lo bonito de la ciencia.
D. Jou: Y quizá incluso se olvida quién lo descubrió por primera vez.

EXISTE LA CENSURA
L. Gomis: ¿A qué atribuís la actitud de censura?
A. Tobeña: A que hay una actitud anticientífica generalizada.
J. Pérez: Pero eso no puede ser.
A. Tobeña: Ya lo creo que sí. En Estados Unidos –porque esto no es algo que pase sólo en Cataluña– hubo en los años 90, lo que llamaron la guerra de las ciencias. Fue bastante dura. Muchos departamentos de humanidades montaron una campaña para ganar la batalla, es decir, establecer quién poseía la preeminencia del pensamiento. Se llegó hasta la descalificación personal y la agresión física. Edward Wilson fue agredido.
L. Gomis: ¿Quién es Edward Wilson?
A. Tobeña: Es un entomólogo, director del museo de zoología de Harvard. Wilson es un señor delicioso, una maravilla, muy prudente y sencillo. Pero que escribió en 1975 un tratado que tituló Sociobiología en el que afirmaba que los fenómenos sociales también son tratables desde el punto de vista biológico. Este es el inicio del asunto. Y Wilson se refería a las hormigas y a las abejas. Pero en el capítulo final decía que probablemente todo eso serviría también para las relaciones humanas. Punto y final. Pues por decir eso necesitó escolta policial.
J. Pérez: ¿Quiénes le atacaban?
A. Tobeña: Sociólogos, politólogos, filósofos. Gente que veía su campo de estudio en peligro. Era una reacción gremial. Los científicos abordábamos con nuestras herramientas algo que era terreno suyo particular: la moral, las relaciones económicas, políticas. Temían quedarse sin trabajo.
J. Pérez: ¿Y el periodismo qué tiene que ver en todo eso?
Tobeña: Pues que los chicos y chicas que salen ahora de las facultades de periodismo reciben una lluvia de mensajes anticientíficos. En el origen está este temor.
L. Gomis: El problema es que se mira sólo el espectáculo, y la ciencia no es espectáculo. Sino que hace avances muy pequeños que deben ser interpretados con unos conocimientos que la gente no tiene, por tanto no es noticia. Lo que es noticia es que uno se pelee con otro, que aquel se atribuya el descubrimiento de éste.
A. Tobeña: Los intereses son el protocolo de Kyoto, el cambio climático, las catástrofes solares. Pero el núcleo del pensamiento científico, lo que ahora discutíamos aquí, eso no. Aunque también es cierto que desde el campo humanista se quejan de que priman los criterios de espectáculo. Pero el pensamiento científico ha sido borrado.
L. Gomis: No sólo la ciencia, sino que muchas cosas importantes no quedan reflejadas en el periodismo. Es que no pueden quedar, este es el problema. Porque mañana ¿qué noticia científica daríamos? Renunciaríamos a explicar lo que hemos encontrado hoy porque debería entenderse y exigiría mucho esfuerzo. En cambio, una empresa tiene un 32 por ciento de beneficio este año, que es una noticia absurda y ridícula, y aparece en todas partes. ¿Por qué? Porque es un número y llama la atención. Pero la importancia real de esto no se aprecia.
J. Egozcue: Aparte de la noticia puntual, está la divulgación sobre fenómenos científicos que hay que ir haciendo sin parar. Y esto se ha dejado de hacer. Sólo nos dejan salir cuando hay una gran noticia y entonces te ceden un espacio para explicar, algo que tú puedes aprovechar para divulgar.
A. Tobeña: Y vivimos una época de oro del pensamiento científico. Sólo hay que ver los libros científicos en las librerías. Hay decenas de autores de magnífico nivel que salen de sus parcelas propias para ponerse a pensar. A pesar de esta presencia en librerías no son gente a quienes se les llame para participar en el debate de las ideas.
J. Pérez: ¿No puede influir en esta desinformación que la ciencia requiera unos conocimientos básicos previos?
A. Tobeña: No. El segundo libro de pensamiento más vendido de la historia después de la Biblia es el libro de Stephen Hawking, A brief history of time, que no se entiende. O que es difícil de entender. Por tanto, no es falta de interés. La gente se ha acostumbrado a vivir rodeada de los productos de la ciencia, aunque continúe gustándole el esoterismo, los curanderos o el herbolario. Pero cuando tiene algo serio va al hospital. Porque se ha acostumbrado a ello. Y por otro lado está internet, el móvil, es decir, la gente está más que habituada a ver la tecnología a su alrededor. Pero esto convive con una especie de aprensión que le hace temer que la ciencia sea un mecanismo explicativo para todo. Yo pienso que ese es el núcleo del problema.
J. Pérez: ¿Y lo es?
A. Tobeña: No, claro que no. Este es un error brutal. La ciencia por definición es un intento de aproximación para desvelar fenómenos naturales, incluidos la conducta y el pensamiento humanos. Pero nada de explicarlo todo, no aspira a obtener verdades absolutas, últimas y definitivas. Esto está al margen de la ciencia, ni lo aspira ni lo pretende.
J. Egozcue: Lo que pasa es que en algunas épocas de la historia alguien ha dicho: ahora ya lo sabemos todo. Y mira aún cómo estamos.
A. Tobeña: Esta pregunta del todo se la hace el cerebro humano, y es legítima, pero es independiente de la ciencia.
D. Jou: En física hay un momento en que se dice: ya conocemos las leyes básicas; a partir de ahora sólo es cuestión de aplicarlas a cuestiones concretas. Esto se dice de vez en cuando y al cabo de unos años se ve que hay que ir más allá porque han surgido nuevos problemas que no quedan bien explicados.
A. Tobeña: Y aspectos que parecían triviales se han convertido en fundamentales.
J. Egozcue: Fijémonos en lo siguiente. Cuando alguien llama dogma a algún descubrimiento es que está muy seguro de él. Pues bien, el dogma central de la biología molecular duró tres años.
J. Pérez: ¿Y cuál era este dogma?
J. Egozcue: Que la información sólo pasa de DNA a RNA. Pero se vio que en algún caso puede pasar de RNA a DNA.
A. Tobeña: Y no se molestan ni en poner comillas. Dicen: ‘Tenemos el dogma de la transmisión sináptica’, que decía que sólo había una sustancia que comunica una neurona con otra, no puede haber más. Esto duró siete u ocho años. Ahora sabemos que hay centenares de sustancias en los diálogos sinápticos.

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