Europa, un país

Las últimas semanas en Bruselas han sido movidas. Se tenía que aprobar la Constitución y unos estaban muy por la labor y otros muy poco. A unos los cambios que acarreaba la Constitución les iban de perlas, otros preferían quedarse con lo que ya tenían. Los unos porque eran países grandes, los otros porque eran pequeños, y hasta había algunos que entraban en la incomprendida categoría de países medianos.
Es sabido que no hubo acuerdo, que parece que se ha retrasado a marzo. Los medios de comunicación se mostraron severos: “fracaso”, “fiasco” y “catástrofe” fueron las valoraciones. Los políticos lo veían mejor. Tony Blair, por ejemplo: “No tiene sentido ver lo ocurrido en términos dramáticos”. Y es así. Estos presidentes y primeros ministros no se pusieron de acuerdo, pero los políticos pasan. Y Europa queda.
Toda la disputa se reducía a un punto: quién iba a mandar más. Si este país o aquel otro, quién iba a conseguir más peras del olmo. Pero estos escarceos olvidan lo esencial. Que Europa es un país. O lo será, lo que no es lo mismo, pero se le parece mucho. Así que los presidentes que se obstinan en obtener mayores poderes para su país están un poco pasados de moda. Ello implicaría que cada comisario y parlamentario representara sólo los intereses de su país. Y no es así: nos representan a todos los ciudadanos europeos.
Es un poco como en nuestro bien avenido Estado de las Autonomías: ¿qué comunidad se preocupa por tener ministros de su mismo origen?

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