Somos una marca

En el mundo de hoy, hay que vender. Las empresas lo saben, quien no vende, desaparece. Las finanzas también: quien no vende acciones, muere.
Tendemos a pensar que en estas competiciones participan sólo empresas. Pero también los países entran en juego, con lo que necesitan hacerse atractivos: ¿cómo mejorar el nombre del país, es decir, su marca? ¿Cómo atraer turistas, inversores?
La idea que de cada Estado tienen fuera es pues básica. Y nadie mejor para ayudar a mejorarla que expertos en márketing. Los hay que lo tienen difícil de principio, como Eslovaquia, a quien le confunden el nombre con Eslovenia. O los alemanes, que en sus tratos con la agencia Vivaldi Partners querían ser conocidos en el mundo exterior como “apasionados, flexibles y emocionales”, algo que es, según Vivaldi, “un sarta de mentiras”. No se puede engañar. O el caso de Croacia, a quien intenta arrancársele de su pasado. ¿Cómo? Pues explicando al mundo que la mano de obra allí es barata, que las autopistas son buenas, que en sus colegios se enseña inglés, u obtener giras para sus ballet y orquesta.
Debemos pues saber que hoy ya, más que una nación, somos una marca. El capitalismo es tan feroz que no perdona ni los más puros sentimientos patrios. Maldito capitalismo.

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