Un enviado especial en Turín

Jordi Pérez Colomé
Me extrañaba que hubiera un vuelo Barcelona-​Turín un viernes por la tarde. ¿Quién va a Turín desde Barcelona un viernes por la tarde? Lo entendí mejor al llegar a la terminal, la última y más remota del aeropuerto: de aquí no salen vuelos en aviones normales, salen minivuelos. Los aparatos que esperan alrededor de esta terminal son de esos pequeños que parecen un mosquito con aguijón. Y con hélices.
Estos aviones unen ciudades que no son grandes capitales. Las pocas personas que estamos en esta terminal vamos –además de a Turín– a Hannover, Almería, Hamburgo, Santander y Bolonia. Son en fin vuelos pequeños. En el de Turín embarcamos 22 pasajeros.
El pesebre. Ya en Turín, en el hotel Victoria, me espera la primera escena de lo que en jerga periodística se llama «un pesebre». Un pesebre se monta porque alguien –institución o empresa– tiene interés en dar a conocer algo. Así que organizan un acto o una serie de actos e invitan a periodistas –los enviados especiales– para que los difundan. Es algo muy simpático. Los periodistas nos reunimos y charlamos de lo nuestro y a cambio sólo tenemos que pasar una crónica como esta.
La primera escena del pesebre está en el hotel. Es privada y personal: me la encuentro en la habitación. La organización me ofrece algunos detallitos por mi amabilidad al venir. Son productos de la tierra: dos botellas de vino, una caja de bombones Ferrero, una bolsa, y alguna cosita más (libros, agenda). Yo, que no bebo alcohol, iba a dejar el vino para no volver tan cargado. Pero se ve que hubiera cometido un sacrilegio. Manuel Vázquez Montalbán, que recibió el gran premio Grinzane en el 2000, dejó dicho que ese vino era buenísimo –el dolcetto– y que pobre de él quien lo abandonara. Ante tamaña amenaza, cargué con él a la vuelta. Ya lo regalaré.
El acto. El centro del pesebre, donde se producirá la noticia, es el acto de designación y entrega de los premios: el sábado a las diez y media de la mañana en el teatro Carignano de Turín. Es un teatro de los de antes, con rojos y dorados. Aquí se anunciará que Mario Vargas Llosa se ha llevado el premio internacional Grinzane Cavour, que es el gordo y que se entrega el 19 de junio (este premio presume de haber anticipado ya a cinco nobeles de literatura en 13 ediciones). Después se le dará el premio al fomento de la lectura a Fernando Savater, el de traducción a Hado Lyria y al final se homenajeará a Manuel Vázquez Montalbán.
El teatro está repleto de adolescentes. Lo llenan. Los adultos entre el público somos sólo los de prensa y los políticos. Esto tiene una explicación. Los jóvenes y sus institutos son protagonistas cada año porque escogen la mejor novela italiana y extranjera tras leer la selección que ha hecho para ellos el jurado del premio.
Así que ya estamos todos dispuestos para escuchar las razones del jurado y el discurso de algunos vencedores. Hay bastante jolgorio: los niños son incansables. Toma la palabra Giuliano Soria, presidente fundador, que resume el montón de ámbitos que cubren los Grinzane Cavour y lo buenos que son para la región del Piamonte y para toda Italia.
A continuación irá llamando al escenario a representantes de todos los gobiernos e instituciones que sufragan estos premios –la alcaldía de Turín, la provincia de Turín, la región de Piamonte, la Cassa di Risparmio, el ayuntamiento de Alba, y alguno más que me dejo. Todos dicen sus palabras, algunos con gracia.
El que nos explicó mejor de qué iba

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