“La laïcité»

Carlos Eymar
La penúltima expresión de la “excepción francesa” nos ha venido dada con el candente tema de la laïcité. Francia, como recalcó el presidente Chirac en su discurso de 17 de diciembre, es una “tierra de ideas y principios”, “abierta y acogedora”. Los datos avalan su afirmación, pues Francia cuenta con las comunidades musulmana y judía más numerosas de Europa. Cerca de cinco millones de musulmanes y unos setecientos mil judíos se encuentran hoy dentro de sus fronteras, planteando agudos problemas de integración social y convivencia religiosa, entre los cuales el del velo o hiyab en las escuelas es un síntoma menor que, sin embargo, parece ir ganando en amplitud. El procedimiento para abordar ese problema francés ha sido también muy francés: transferir su solución a un comité de sabios, presididos por monsieur Stasi, del que formaban parte conocidos intelectuales como Régis Debray, Alain Touraine o Gilles Kepel y prestigiosos catedráticos de Historia del pensamiento islámico como Mohamed Arkoun. Aunque el historiador católico René Remond llegó a expresar, ante una reunión de obispos, sus inquietudes acerca de un resurgimiento del integrismo laicista, lo cierto es que la comisión llegó a un texto de consenso cuya conclusión más subrayada ha sido la de recomendar la prohibición del uso de símbolos religiosos ostensibles en las escuelas públicas. Salvo algunas críticas del diario Le Monde, el discurso de Chirac sobre la laïcité ha recibido la adhesión casi unánime de las principales fuerzas políticas y de las jerarquías religiosas francesas.
Fuera de Francia, y más concretamente en España, la cuestión del velo parece haber suscitado una unanimidad de sentido opuesto. Las críticas al proyecto de ley anunciado por Chirac pueden resumirse en el argumento de que el velo es sólo la manifestación de una situación de desigualdad real que solo puede ser superada mejorando las condiciones de vida de los barrios marginales en los que la población musulmana es mayoritaria. Las sociedades, se dice, no pueden ser transformadas a golpe de leyes, y, por otra parte, una tal ley tendría unos efectos contraproducentes al convertir el velo en un signo de resistencia política y social. Otros, preconizan la tolerancia hacia el velo como un gesto de humanidad hacia jóvenes frágiles y desarraigadas que encuentran en su uso un débil consuelo ante un mundo hostil.
Creo que esos argumentos críticos, admisibles para nuestro país, responden a una mentalidad y una situación social muy distintas a las de Francia a la que, probablemente, acabaremos por seguir. En España estamos muy lejos de llegar a una inmigración comparable, carecemos de respeto hacia la escuela pública y no sufrimos la presión social de ningún Frente Nacional. Por el contrario, en Francia, el poder simbólico de la escuela pública y del fundamento laico del Estado reconocido en la Constitución, tiene un calado social mucho mayor de lo que las meras cifras pudieran dar a entender. El informe Stasi es algo más que huera retórica republicana para regular la situación de cinco mil personas en un país de sesenta millones. En él también hallamos recomendaciones sociales como la de una remodelación de las ciudades para evitar la formación de guetos urbanos o la de comprometer la fuerza de la República para perseguir las prácticas racistas y satisfacer las demandas de protección expresadas, a puerta cerrada, por algunas jóvenes portadoras del velo. Junto a la prohibición del hiyab, la comisión Stasi, aboga por levantar también “el velo de la ignorancia” y tomar en serio la enseñanza del hecho religioso en la escuela para descubrir el potencial civilizador de las distintas tradiciones espirituales, proyectando, con el mismo propósito, la creación de una Escuela Nacional de Estudios Islámicos.
Es posible que el velo se convierta en un símbolo de resistencia, pero también lo es, como indicó no hace mucho el filósofo musulmán Abdenú Bidar en la revista Esprit, que la presión del laicismo republicano contribuya a una reforma del Islam. Pese a los excesos de ese laicismo y a su actual escamoteo del peso histórico del cristianismo en la propia identidad francesa y en la europea, hay que reconocer que ha sido un factor importante en el control de los católicos ultramontanos y en la gestación de un catolicismo ilustrado, de un “catolaicismo”, ciertamente minoritario, pero reconciliado con la democracia y la modernidad. Hoy ya nadie se acuerda de las restricciones al uso de la sotana en la Francia de 1905. Es de esperar que una ley ponderada, en su texto y en su interpretación, favorezca una evolución análoga del Islam francés sin necesidad de que éste tenga que pasar por ningún motín de Esquilache que la historia terminaría por desautorizar.

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