Estoy empanada, profe

Beatriz Díaz Tejero (Profesora de Matemáticas en el Instituto Madrid Sur)
7.50. Llego al barrio. Paseo tranquilamente mientras Teresa o Ángela llegan a abrir el instituto a eso de las ocho. Encuentro a Marta. Hace rato que salió de casa («me aburro en casa») y espera a que llegue la hora de entrar… para no entrar. Llegará tarde y se quedará fuera charlando con los amigos y fumando un poco antes de entrar a segunda hora. («Quédate conmigo un rato, mientras me fumo un cigarro»). Me encanta pasar un rato con ella. Me pregunto por qué se aburre en casa a esas horas.
En la puerta del instituto están Gaetan, mozambiqueño y Shan Shin, china, esperando también a que abran. Ellos entrarán los primeros. Todavía no hablan casi nada de español. Están en el aula de enlace. Ya son doce en esa aula. No caben, pero siguen llegando nuevos. Y no parece que haya manera de que nos manden un profesor más o podamos tener aulas con el tamaño suficiente para que no haya que levantar dos alumnos para que se pueda abrir la puerta. Los dos sonríen cuando me ven aparecer. «Buenos días». Solo por ver esas sonrisas ya merece la pena madrugar un poquito más.
8.20. Abren las puertas para los chavales. Antes no puede ser porque si no hay alguien vigilando se producen destrozos en las aulas y en los pasillos.
8.30. Clase de matemáticas con 2º H. Hoy están conmigo los chavales de integración: Andrés y Pili. Salen 6 horas semanales con las PT (especialistas en Pedagogía Terapéutica). Pili llega tarde y sin mochila. Dice que no quiere hacer nada. Le doy un cuadernillo adaptado a su nivel (aproximadamente 2º de primaria) que han preparado sus PT y un lápiz. Un compañero le deja pinturas, para que pueda pintar si se cansa de hacer matemáticas. Andrés tiene su carpeta preciosa y dice que no quiere trabajar, que todo es una mierda, pero yo sé que no es verdad. Le encanta hacer fichas y sabe hacerlas bien. Ayuda a Pili cuando ésta no sabe o se cansa. A pesar de todo, ella no tiene ganas de hacer nada «estoy empanada, profe» y permanece casi toda la hora con la mirada en el infinito, sin moverse apenas (es primera hora, todavía está medio dormida, la tranquilidad no le durará toda la mañana). El resto de los chavales trabajan. Estamos revisando las fracciones. Les cuesta, pero como son pocos podemos ir adaptándonos al ritmo de cada uno. Tenemos suerte y el grupo está desdoblado: somos tres profesores de matemáticas para dos grupos, y eso ayuda bastante.
9.20. Reunión de tutores. Nos juntamos los tutores de 2º de ESO con la orientadora (solo hay una, aunque tendríamos trabajo para tres; hay que apañarse, el presupuesto parece que no da para más) y un jefe de estudios. Coordinamos las tutorías y las extraescolares de la semana. Hablamos de los problemas de los grupos que tienen alumnos de integración: les cuesta mucho estar tranquilos las últimas horas de la mañana. Nos planteamos posibles soluciones, propuestas de trabajo con ellos. No es fácil: hay tanta diversidad en las aulas que se hace imposible atender a todos, necesitaríamos más profesores de apoyo y programas más flexibles para estos chicos.
10.15. Matemáticas II, 2º de bachillerato. Son sólo siete. Me llama la atención que tengamos tantos alumnos en 1º y 2º de ESO, pero que a bachillerato lleguen tan pocos. Estamos empezando el bloque de análisis. Los chavales son muy trabajadores y creo que disfrutan la clase tanto como yo. Se nos pasa el tiempo volando.
11.10. Recreo. Una compañera me entrega dos papeles rosas: amonestaciones escritas para dos chicos de mi tutoría. Se han pegado en clase. Así no se puede trabajar. El jefe de estudios me informa de que van a expulsar a uno de ellos. Ayer, en la clase de tecnología estuvo escupiendo a los compañeros y se negó a hacer nada de lo que el profesor le proponía. Después, salió de clase antes de que tocara el timbre y no le encontraron hasta el final de la hora siguiente. Me cuesta aceptar esta expulsión. Sé que no es posible dar clase si un alumno escupe a los demás, les pega collejas, canta y baila mientras intentas explicar… pero a la vez me parece injusto que sancionemos a un alumno que no es capaz de controlarse, porque tal vez necesite medicación y no la está tomando, que no consigue adaptarse al ambiente escolar, porque casi no sabe leer, que está un poco perdido porque no tiene la habilidad de distinguir cuando sus compañeros no quieren seguir jugando y empiezan a enfadarse, y por eso termina casi todos los días peleándose con alguien… Sin contar con que su madre trabaja, no puede hacerse cargo de él por las mañanas. Pasará solo casi todo el día. Tiene 13 años.
11.40. Clase de matemáticas con 1º A. Estamos aprendiendo a operar con números enteros. Tenemos suerte y este grupo tiene apoyo para chavales de compensatoria (con un desfase curricular de dos cursos o más). No todos los primeros cuentan con estos apoyos porque nos hacen falta más profesores de apoyo. El problema aquí es el absentismo: dos de los chavales de este grupo no vienen a clase nunca o casi nunca. Seguimos con ellos el protocolo de absentismo, pero es un proceso largo y poco eficaz. Cuando vienen, están perdidos, sin casi leer, sin habilidades para estar en clase. La continuidad es imprescindible para seguir un proceso educativo, y más cuando el desfase es tan grande. Pero no parece que encontremos la forma de que asistan a clase con regularidad.
12.30. Hora libre. Vienen los padres de una chica de mi tutoría. Es una chiquilla encantadora, pero nos preocupa que siempre esté callada. Parece que le cuesta llegar al aprobado, pero se esfuerza. La madre me cuenta que ha mejorado mucho, que en el colegio era aún más callada. Quedamos en vernos en la segunda evaluación, si todo va bien, y en observar mucho el estado de ánimo de Luisa, por si alguna vez le pasa algo y no nos lo quiere contar. Me sobran 20 minutos para tomar un café con los compañeros. Cuesta hablar de algo que no sean los chavales. «El otro día tu clase se portó fatal, no sé qué voy a hacer para que me escuchen» o «estoy sorprendido con Álvaro, sacó un 7,5 en el examen de evaluación, a ver si se engancha y sigue así, porque es un chaval listo». Me gusta tomar café con los compañeros: aprendo mucho de ellos. Además Encarna, la encargada del bar, es un encanto, conoce bien a los chicos y nos da una visión diferente de la realidad que día a día vemos con ojos de profes.
Al subir a la sala de profesores saludo a Marisa, que se encarga de limpiar. A veces se desespera con lo poco que duran limpias las cosas, pero nunca le falta una sonrisa. Tampoco se nos da bien la educación para el cuidado del medio ambiente, y cuesta que los papeles estén en las papeleras.
13.20. Matemáticas en 3º D. Es una clase complicada, o yo no he sido capaz de «empatizar» con ellos. Tras muchos intentos de dar clase he decidido que trabajen en equipos de cuatro, y yo me paso por los grupos resolviendo las dudas que vayan surgiendo. Así cada uno puede seguir su ritmo y no es fácil que los que no tienen ningún interés por la clase ni por las matemáticas «dinamiten» la clase. Cuatro de los alumnos de esta clase han pasado ya por la Comisión de convivencia (órgano del consejo escolar que se encarga de buscar soluciones a los problemas de convivencia que van surgiendo). Como resultado de esta intervención, uno de ellos ha sido cambiado de grupo y los otros tres expulsados unos días. De los que quedan, cuatro declaran venir al instituto porque les obligan, pero quieren trabajar cuanto antes y no están dispuestos a hacer ningún esfuerzo por aprender algo que ni les va ni les viene. Dos de los que tienen cierto interés por aprender tienen un nivel de 4º-​5º de primaria, por lo que necesitaríamos un profesor de apoyo para poder acompañarlos bien en su intento de ponerse al día. El resto tiene también un nivel bajo, pues vienen de clases que el curso pasado tuvieron graves problemas disciplinarios. El objetivo es que todos ellos aprendan todo lo que puedan, siendo mayoría los que alcancen los objetivos mínimos de 3º de ESO. Para ello nos esforzamos todos, ellos y nosotros. La clase es agotadora, pero hoy parece que algo ha trabajado.
14.20. Suena el timbre. Tiempo para llamar por teléfono a las madres de los dos amonestados de mi grupo (los del papelito rosa del recreo; ya hablé con ellos, ahora hay que informar a la familia). También llamo a la madre de Pili, porque hoy se ha portado especialmente bien en inglés y porque quiero saber si ya la ha llevado al psiquiatra: creemos que la chica tiene problemas de hiperactividad y que tal vez mejoraría con un tratamiento.
15.00. Salgo del instituto. Llego tarde. He quedado para comer con Nuria y Marta. Son dos amigas que trabajan en una asociación del barrio. Se encargan de los programas de Familia y voluntariado y de Infancia, respectivamente. La asociación trabaja en el ámbito socioeducativo, con un proyecto integral, desde dentro del barrio, prestando especial atención y cuidado a los más frágiles. Fui voluntaria en esa asociación, y ahora, desde mi trabajo en el instituto, trato de seguir en contacto con ellos. Varios de los alumnos están en el programa de adolescencia. Hay que ir construyendo puentes entre lo formal y lo no formal: ir tejiendo entre todos una red que nos sostenga a todos. Aprovechamos la comida para contarnos cómo ha ido la mañana, cómo se presenta la tarde, qué nuevos proyectos tenemos entre manos y qué sabemos de nuevo de nuestros chavalines («esta mañana he visto a Pepe por los pasillos y me ha preguntado a qué hora es Apoyo al estudio, le vendría muy bien estar en este grupo»; «Antonio dejó de ir a fútbol, sus padres le han castigado por suspender ocho»).
16.30. He quedado con Ángel, el coordinador de adolescencia y comento los avances de dos de los chavales que vienen al instituto y participan en las actividades de la asociación. Dos tutoras del instituto me han hablado de tres chavales que necesitan apoyo al estudio y no les vendría mal entrar al equipo de fútbol.
17.00. Me voy a casa. Toda la tarde preparo las clases de mañana, corrijo un control de 1º (a ver si les ha salido bien éste, que sé que han trabajado), leo un rato, descanso. Mañana será otro día, y probablemente seguiremos viviendo y educándonos, porque, como dijo Anthony de Mello, la educación no debe ser una preparación para la vida: debe ser vida. A ver qué tal.

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