Dos veranos en los hospitales de Mozambique

Ana Jiménez Vílchez (Supervisora de Traumatología y profesora de la Escuela Universitaria de enfermería de la Universitat de Lleida) y Juan Viñas Salas (Cirujano y rector de la Universitat de Lleida)
Hacía años que como pareja de profesionales de la salud queríamos prestar un servicio en el tercer mundo. En nuestra vida de cada día constatamos que vivimos demasiado bien comparándonos con estos países; demasiadas diferencias en calidad de vida y en la supervivencia. Decidimos ir a África para “ayudar”.
Un compañero decano de la Facultad de Medicina de la Universidad Rovira Virgili y jefe de servicio de Ortopedia del Hospital Universitario San Juan de Reus, el doctor Rodrigo Miralles, dedicaba junto a su esposa, jefa de servicio de Anestesiología del Hospital universitario Juan XXIII de Tarragona, sus vacaciones de verano desde 1990 a colaborar con Mozambique. Fue él quien nos ofreció la oportunidad de acompañarles. Aceptamos gustosos, dado que nuestros hijos ya no nos necesitaban tanto. Aprobamos la idea pues, al ir con expertos y a trabajar de lo que sabemos, podíamos ser algo útiles.
Fue en verano de 2001, durante nuestras vacaciones. Nos gustó tanto la experiencia en aquel país maravilloso que la repetimos al verano siguiente, siempre con el apoyo logístico de una ONG, el Consejo Interhospitalario de Cooperación (CIC), y el segundo año con la ayuda económica del Centro de Cooperación Internacional de la Universidad de Lleida, así como con el permiso del Instituto Catalán de la Salud, lo que nos permitió hacer más vacaciones. Ahora ya planificamos el viaje para agosto del 2004.

MIEDO A NO VOLVER
A medida que íbamos preparando el equipaje, cada vez se hacían más intensas dos sensaciones. Por un lado las ganas de que llegara el día de partida, y por otro, el miedo. El miedo a no volver y dejar a cuatro hijos jóvenes huérfanos, el miedo a sufrir un accidente lejos de casa y sin medios para la curación, miedo a coger una enfermedad tropical, a tropezar con una mina antipersona en un país que sufrió casi quince años de guerra hasta 1990. Aunque nos tranquilizaba saber que íbamos con nuestros nuevos amigos, que eran unos expertos en África.
Nos fuimos preparando yendo a vacunarnos. Nos pincharon cuatro vacunas a la vez, en brazos y piernas, que repetimos al cabo de un mes. Superamos la primera prueba sin problemas.
Llegar a un país del tercer mundo por primera vez representa un choque difícil de olvidar. Por muy duras que sean las imágenes que nos transmiten los medios, vivirlo en directo toca el más profundo centro de nuestra vida.
Después de un largo viaje llegamos a Maputo, la capital de Mozambique. Pasar la aduana lleva tiempo y colas, supone una odisea, incluso con la ayuda inestimable de los miembros de la ONG que nos esperaban. Con una camioneta vieja, donación de Europa, cuya puerta delantera no cerraba y se aguantaba con una cuerda, salimos del párking del aeropuerto y nos dirigimos al hotel en el centro de la capital, una ciudad colonial portuguesa con edificios grandes y bonitos, aunque sucios y dejados. Atravesamos suburbios donde vimos a miles de personas en un ir y venir por improvisadas calles de barro entre casas llamadas “payotas”, pues son de paja al viejo estilo de las películas de dibujos animados africanos, sin ninguna urbanización prevista, sin cloacas, ni luz ni agua corriente, etc. Maputo tiene unos cuatro millones de habitantes, de los que más de la mitad viven en la más absoluta pobreza.
El hotel tiene un precio europeo de lujo aunque sus instalaciones dejan mucho que desear; no obstante no le faltaba nada de lo que hay en una pensión de nuestra ciudad.
Nos recomendaron que no saliéramos a la calle de noche. Oscurece antes de las seis de la tarde, así que quedamos para la mañana siguiente. Cambiamos moneda y descubrimos que la local apesta, que está sucia: obliga a lavarse las manos después de tocarla.
A la mañana siguiente nos llevaron al Hospital Central y Universitario de Maputo, con más de 1.000 camas. Nos lo enseñaron y vimos la falta de recursos del hospital mejor dotado de un país de 18 millones de habitantes y una extensión de una vez y media España. No tienen TAC, ni resonancia magnética, ni otras pruebas semejantes. La unidad de cuidados intensivos de todo el hospital tiene sólo tres respiradores como aparatos más sofisticados. No hay cirugía vascular, evidentemente no hacen transplantes, pero tampoco tienen unidad de hemodiálisis.
El corazón se nos encogía a medida que nos iban enseñando el hospital buque insignia del país. Los médicos conocen los medios modernos que hay en el país vecino, Sudáfrica, a pocos kilómetros de allí, y saben que no están a su alcance. Enfermar de riñón en la mayoría de países desarrollados no es mortal, se hace diálisis hasta que se trasplanta el riñón. Pero aquí el tiempo ha dado marcha atrás en el progreso científico. Nos acordamos de cuando estudiábamos en los años 70 y los medios técnicos que teníamos en el Hospital Clínico de Barcelona eran los mismos que ahora encontrábamos en este hospital.
El primer verano sólo estuvimos de paso y cogimos al día siguiente un avión a nuestro destino de cooperación, Quelimane. En nuestro segundo verano en cambio nos pidieron que impartiéramos clases, por lo que nos quedamos una semana en la capital.

ANA Y LAS INFECCIONES
Yo, Ana, tuve que preparar las clases para enfermeras que han de trabajar con muy pocos recursos. El problema principal de sus enfermos son las infecciones, tanto las posquirúrgicas como las que adquieren en la vida cotidiana. No fue fácil ya que por un lado mientras las preparaba tenía la sensación de que no servirían de nada, ya que el principal problema es la pobreza y como consecuencia no tienen los alimentos necesarios ni la higiene adecuada.
Por otro lado, allí hablan portugués lo cual no es un problema para una comunicación corta pero sí para una clase larga. Además me reuní con las enfermeras jefes y les explicaba detalles de cómo mejorar la asepsia, cómo disminuir las infecciones, cómo organizarse mejor.
Por suerte, los mozambiqueños son muy acogedores y receptivos. Además el 80 por ciento de los médicos de Mozambique son de fuera del país, sobre todo de Cuba, así que están muy acostumbrados a oír español y lo entienden casi todo.

JUAN Y LOS PRIMEROS CIRUJANOS DEL PAÍS A mí, Juan, me pidieron que les diera clases de actualización en cirugía colo-​rectal, que es mi especialidad. Me entró una gran inseguridad, pues consideré que explicarles a los cirujanos de aquel hospital cómo se debe operar a comienzos del siglo xxi sabiendo que ellos no lo hacen porque no tienen medios, era casi una burla. Con mucho tacto les expliqué lo que hacíamos nosotros. Especial énfasis hice en aquellas técnicas que no requerían medios especiales.
Me reservaron unos enfermos para operar y otros para comentar el posible tratamiento. La responsabilidad era muy grande. Con un gran respeto operé utilizando los medios de que disponían. ¡Estaba colaborando a formar a la primera generación de cirujanos del país!
Pensé en las luchas en nuestro hospital pidiendo más medios, en las listas de espera, en nuestros defectos y elaboré una propuesta sobre la ética de la distribución de los recursos escasos en sanidad, modificando los criterios que tenía. Aprovechar la experiencia permite relativizar supuestos problemas diarios que nos ahogan y que ahora pasan a ser tan superficiales.
Mañana y tarde durante una semana impartimos nuestras clases en el hospital. Los médicos y los/​las enfermeros/​as del país tenían ganas de mejorar, de aprender. Se habían adaptado a los medios de que disponían, pero deseaban poder ofrecer a sus pacientes lo mejor, y sufrían por ello.
Al atardecer, rompiendo las recomendaciones que nos habían hecho, salíamos a pasear. Grandes árboles centenarios en las avenidas dan un aire señorial al centro de la ciudad. Si no fuera por un fuerte olor a orina podíamos estar en una capital europea. Por las calles vendedores de zapatos usados, de ropa usada, de fruta, etc.

LLEGAMOS A QUELIMANE
Quelimane es la capital de unos 200.000 habitantes de la región de la Zambezia, provincia de más de dos millones y medio de habitantes, cruzada por el río Zambeze. Una vez llegamos allí, tuve la sensación de haber retrocedido a nuestra más tierna infancia, pues el estilo de vida nos recordaba todo aquello que habíamos vivido de pequeños o habíamos oído contar a nuestros padres o abuelos.
Por ejemplo: vivir sin dinero. En el medio rural la mayoría de los habitantes no toca casi nunca el dinero. No existe la sociedad de consumo, una familia media tiene un plato de millo (maíz machacado y cocido) para comer al día y cha, té, que toman desde que dejan de mamar. Algunos días comen un pescado o un huevo, pero no siempre. Muchas ciudades de veinte mil habitantes tienen luz un día la mitad de la ciudad y al otro día la otra mitad. Aunque tienen mucha agua (es un país totalmente verde), no tienen infraestructura para llevarla a las casas y casi nadie tiene agua; por ejemplo el hospital donde estuvimos cooperando ¡no tiene agua corriente! Las familias “afortunadas” tienen una o dos cabritas.
En Quelimane sólo el 20 por ciento de las viviendas son de cemento. Las otras las hacen de paja y adobe o barro, las construyen ellos mismos: van al campo a buscar unas hierbas muy largas para poner en el tejado, entretejidas de forma que tienen menos goteras. Son de una sola habitación, allí cocinan, duermen y están cuando llueve, fuera hay otro pequeño cerco de cañas que les sirve de retrete.
La vista de la ciudad es totalmente diferente de la idea que tenemos aquí, pues las viviendas están integradas con el paisaje de tal manera, que no se ven hasta que llegas al lugar.
Estas viviendas suelen tener una “machambita”, un huertecito donde cultivan algunas verduras. La principal es la yuca, una raíz muy gruesa y alargada cuyo sabor es muy parecido a la patata, y el tallo (mandioca) es bueno para comer como verdura. Además siempre hay unas cuantas gallinas que corretean por allí (cada uno sabe cuales son las suyas), que les sirven para canjear los huevos o los pollos por cosas que ellos no pueden producir. Todo esto hace que sean autosuficientes, aunque con muy poco.

LAS CAMAS TEÓRICAS
El hospital de Quelimane de más de 420 camas teóricas, es un hospital provincial público, de referencia en toda la región. Decimos camas teóricas porque en la práctica no se sabe cuántas hay, pues en las salas donde debería haber ocho camas, hay doce y además cuando no les quedan camas ponen colchones en el suelo. En las salas de mujeres hay camas con dos mujeres, y en muchos casos, si la mujer enferma tiene un bebé que está amamantando, el bebé también está (vimos una cama con dos mamás y tres bebés).
Ante esto, lo primero que tuvimos que hacer es aprender y observar. Estábamos sorprendidos por tanto dolor, tanta miseria, tanto sufrimiento y ninguna queja, ninguna protesta.
Dolor físico y psíquico, ya que casi no tienen medicamentos. Muy pocos antibióticos que no les llegan para la cantidad de infecciones que tienen.
Al no haber vías ni medios de comunicación para llegar al hospital, los que llegan están realmente mal, son enfermos muy graves con un alto índice de mortalidad. Por ejemplo nos indignó una patología frecuente en las mujeres jóvenes causada por estar muchas horas de parto (ya que por no disponer de medios para llegar al hospital deben andar a veces durante más de dos días). Tienen el feto encajado muchas horas y les produce necrosis (tejido muerto) en el suelo pélvico y como consecuencia se revienta el útero, el feto muere entre los intestinos. Las mamás que sobreviven son las que se pueden operar antes de morir desangradas e infectadas. Pero aparte de quedar estériles, les quedan fístulas o comunicaciones de la orina y heces con la vagina, con la incontinencia, mal olor y rechazo que representa. En los dos veranos vimos demasiados casos cuyo recuerdo nos sobrecoge.
El paludismo es endémico y causa muchas muertes, especialmente de niños, a lo que se ha añadido en los últimos años el azote del sida, que ha hecho retroceder la esperanza de vida de unos 45 años hace 10 años a 36. En el hospital cada día ves morir a varios jóvenes de sida, pues no tienen tratamiento antirretroviral ni antibióticos apropiados para las enfermedades oportunistas. La mayoría de los pacientes que operábamos tenían sida.
Además en el hospital sólo hay un aparato de rayos X simple y medio estropeado. El laboratorio de análisis sólo realiza los más elementales. Falta a veces hasta suero para los postoperados que no pueden comer. Debes basar el diagnóstico en la intuición, experiencia y exploración física. Curar con los mínimos medios. Se reciclan hasta las gasas, los guantes.
Hay que sobreponerse e intentar abstraerse para poder ofrecer alguna ayuda. Siempre tienes la sensación de que no servirá de nada lo que nosotros podamos hacer, pero nos ayuda el que ellos nos pregunten ¿como hacéis estas curas en vuestro país y con qué técnicas? Hay personas muy inquietas que continuamente nos están preguntando cómo mejorar la asistencia en su hospital. El doctor Marchesini, director médico y cirujano jefe, es un sacerdote misionero italiano que lleva 30 años dando su vida por los enfermos y operando especialmente estas fístulas de las vaginas de las mujeres, tratando que puedan ser aceptadas de nuevo en sociedad. Es tanto lo que hemos aprendido de él que siempre le estaremos agradecidos.
Creemos que la ayuda más eficiente que podemos dar es la formación, para que con sus pocos medios saquen el máximo provecho. Así que cada día íbamos antes de las ocho de la mañana al hospital para poder ver los problemas desde allí. Pronto comprendes que las soluciones de aquí no les suelen servir.
Intentamos aplicar algunas técnicas en las curas de las heridas, para evitar infecciones y prevenir las secuelas, al mismo tiempo que hacemos educación sanitaria a la población. Este trabajo era el que básicamente hacía Ana, además de enseñar a hacer vendajes y curas de enfermería de traumatología. Juan operaba los días de quirófano y pasaba visita los otros días de la semana, enseñando técnicas quirúrgicas, especialmente de cirugía colo-​rectal aplicables por no necesitar de medios sofisticados y dando clases por la tarde.
Este hospital de Quelimane tiene sólo tres cirujanos y ningún traumatólogo. La asistencia la realizaba un técnico, que no llega a ser traumatólogo (para hacernos una idea, en nuestro hospital universitario de Lleida, que da cobertura asistencial de referencia a 350.000 habitantes, tenemos una dotación de 12 traumatólogos y otros tantos cirujanos). Esta falta de médicos y enfermeras hace que los hospitales estén llenos de enfermos sin que puedan ser atendidos; muchos acaban muriéndose.

»¿POR QUÉ VENÍS
Un día nos preguntó un enfermero: “¿Por qué venís a Mozambique?”. Intentamos explicarle que la primera vez que fuimos, íbamos con la intención de ayudar, pero después constatamos que en realidad son ellos los que nos ayudan a nosotros: nos ayudan porque entre tanta pobreza y necesidades, no se quejan, no protestan. Les falta todo, todo lo que aquí nos sobra, y son encantadores, sonríen, son felices, viven sin complicaciones, disfrutan de lo que tienen, de la naturaleza.
Nos ayudan porque se les oye reír continuamente. Son una población muyjoven, la edad media es de 36 años. Siempre tienen ganas de sonreír. Siempre teníamos a niños alrededor nuestro, les “gustaba escucharnos” y que les hiciéramos fotos –esto les gustaba mucho.
Cuando íbamos los domingos a las celebraciones litúrgicas mezclándonos con ellos despertábamos expectación. Un día la señora que dirigía la celebración (sólo tenían sacerdote una vez cada dos meses) nos preguntó en público quiénes éramos y de dónde veníamos. La misa o celebración es como una fiesta con muchos cantos, con baile y música, a base de tambores, maracas y algún otro instrumento, todos hechos por ellos. Hay muchísimos niños de todas las edades, los bebés van en las espaldas de sus mamás sujetos con una “capulana” (trozo de tela de vistosos colores que sirve para todo desde sábana, mochila, falda, cortina), si empieza a llorar la mamá le da la “teta” para que no moleste y ella sigue cantando, con toda la naturalidad del mundo.
Hay muchas más cosas que hemos aprendido y nos gustan de África. Para nosotros ha sido inolvidable, siempre estaremos en deuda. Pero es el primer mundo el que está en deuda con ellos. Pues por los datos estadísticos económicos es el mundo rico la principal causa de que cada vez sean más pobres, ya que los recursos que tienen (la pesca, la madera, el café, el cacao, etc.) se los compramos por un precio inferior a lo que cuesta.
Constatamos que quedan sólo unos pocos aspectos de la vida esenciales por los que vale la pena luchar, sufrir y vivir; siempre saliendo de uno mismo y estando abierto a las necesidades de los demás: sólo amando se es feliz. Gracias, África.

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