Los obispos en Marte

Luis Suñén
Los lectores de El Ciervo que tienen la bondad de leerme saben muy bien de qué pie cojeo en materia de religión, y quienes no lo sepan lo sabrán si siguen hasta el final de estas líneas que este mes no tratan de música, aunque a mis oídos haya llegado estos días lo más granado de aquel repertorio que escuchábamos de pequeños, en la escuela nacional-​católica, letra y música de conspicuos ignorantes de eso que se llaman las cosas de la vida y, por tanto, bien lejanos del espíritu del Evangelio, de ese carisma eclesial que se quiere bien pegado a unos seres humanos que los obispos españoles, anticipando la conquista de Marte, parecen considerar seres de otro planeta.
A la amplia y tímida legión de los agnósticos, el documento de la Conferencia Episcopal sobre la relación entre lo que ellos –pero qué sabrán– llaman liberación sexual y la violencia de género –¿no la ejercen también ellos al no permitir la ordenación sacerdotal de las mujeres? – , nos ha producido casi el mismo dolor que a tantos católicos practicantes que han debido sumar a esa sensación la de la vergüenza, por muy acostumbrados que ya estén, y desgraciadamente, la del abandono por parte de sus pastores. Los imagino a muchos en su oración diaria pidiendo a Dios por unos clérigos que no se merecen, ayunos no ya de ciencia sino de ese sentido común que en la Iglesia apareció en Emaús o en Pentecostés. Veo al Abbé Pierre riéndose de ellos mientras hace las cuentas de lo que podrá sacar por esos trapos que siguen sirviendo para ganar la dignidad de los perdedores mientras aquí la jerarquía debió darle gracias al Espíritu Santo porque nada menos que un banquero –cuán grande la limosna ha acabado por hacer el ojo de la aguja– hacía teología barata para tratar de demostrar por qué Hans Küng no es un teólogo católico mientras aclaraba sin querer que lo que sí parece es un buen cristiano Hasta el ministro Zaplana –sí, ya sé, sostenedor de la mentira, qué le vamos a hacer– ha dicho que no está de acuerdo, quizá pensando en que homosexuales, lesbianas, parejas de hecho, transexuales y otros elementos indeseables para los obispos pero no para Jesús, también votan y el plazo para convencerles es demasiado corto.
¿Qué clase de Iglesia es esta? Ni siquiera habría que apelar a la caridad, pues no es ella sino su correlato civil y ganado a pulso por el género humano –la justicia– la que han olvidado los obispos en un ejercicio de hipocresía tan enorme como otros exhibidos en circunstancias parejas. ¿Corresponden así al esfuerzo permanente que muchos hacemos para olvidar los errores, perdonar los anatemas, pasar por alto los horrores, los silencios, las omisiones, los autos de fe, las prevaricaciones y las atrocidades varias cometidas o consentidas por quienes no sólo se confiesan cristianos sino llevan sobre sí la responsabilidad del apacentamiento de un rebaño que se sale irremisiblemente del redil? No es cuestión de que los tiempos cambien sino de que la realidad de los hijos de Dios –de quienes se tienen por tales– corresponda al amor que engendró su condición. Cuando el dogma vale más que la creencia en él, cuando –como hace Aznar con la acción política– no cabe la discusión de la idea por parte de quien la pone en práctica, el camino conduce indefectiblemente hacia la crisis definitiva de las instituciones. Los obispos, menos mal, no son la Iglesia sino una parte de ella. Por eso, mientras ellos me empujan a la defección definitiva, ese poeta homosexual y cristiano de comunión diaria que es mi amigo o ese otro sacerdote exclaustrado, también amigo mío, que acude con su mujer cada sábado y cada domingo, tras la misa, a dar de comer a los enfermos de sida que cuidan las hermanas de la Madre Teresa, o esa pareja de hombres hechos y derechos que celebrarán el vigésimo quinto aniversario de su primer encuentro –que acabó en la cama y allí se renueva enamoradamente todos los días desde entonces– casi el mismo día que mi mujer y yo celebraremos nuestros treinta años de matrimonio por la Iglesia, hacen más por convertirme, por llevarme de nuevo a donde quisiera, que cualquier inyección de doctrina.
Recuerdo que el día que conocí que iban a hacer beato –y enseguida santo– a quien ustedes saben jugué a pensar en qué pasaría si apostatara. No quería saber nada de quien premia el dudoso olor del dinero, la fatuidad de un discurso, a su manera, totalitario. Pero era legalmente complicado y, además, en las raíces de mi cultura está esa Iglesia y cuando leo, al final del Apocalipsis, ese “Ven Señor Jesús”, o cuando el propio San Juan me cuenta cómo reconocieron a Cristo –“Es el Señor”– los mismos que recogieron las redes llenas después de la Resurrección, pienso que todavía pertenezco a ella como un moribundo que respirara aún, aunque también me asalte la duda de si no será la buena poesía que destilan los dos episodios lo que me mantiene y no su dimensión estrictamente teológica.
Quizá sea más fácil que me excomulguen. Quién sabe si entonces podré acercarme de nuevo, limpio de polvo y paja, a la Eucaristía, y comerme a Dios sin intermediarios y dejar de sentir la envidia que me producen los creyentes y llevar la cruz de mi debilidad sin que nadie me haga de maestro ciruela. Y en la otra vida, hacerle un corte de mangas a estos monseñores con el permiso de mis amados Teresa de Ávila, John Henry Newman y Thomas Merton. Y entonces sí sonará la música, claro que sí. Y no será De rodillas, Señor, ante el sagrario, no, sino cualquiera de los Cantos del amor de la Sinfonía Turangalila de Messiaen, al fin cumplida, y para siempre, la Iglesia del Amor.

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad