Enrique Miret Magdalena: ‘Soy más feliz con 90 años que con 25

Carlos Eymar (filósofo)
La casa de Enrique Miret, en la madrileña calle de Galileo, albergaba en tiempos a una familia numerosa de siete hijos y una no menos numerosa biblioteca de la cual, como ha explicado en alguna ocasión Juan Luis Cebrián, Miret extraía sus libros y los regalaba a sus amigos y discípulos, desprendiéndose de ellos como quien se libera de un lastre para ganar espacio. Hoy, pasados los tiempos de agobio, la biblioteca de Miret, con sus libros en doble hilera y el ordenador sobre una limpia mesa de mármol, trasluce el mismo orden y calma que la estatuilla de Buda con la que el visitante se encuentra al entrar. Llego a esta casa un 19 de enero, justo una semana después de que Miret cumpla noventa años. Por su apariencia y, más aún, por su voz y su lucidez, nadie adivinaría su edad. Miret parece pertenecer a esa raza de hombres que, como le pasaba a Cortázar, siempre representan veinte años menos de los que en realidad tienen. Quizá fue ese rasgo físico el que le salvó la vida al iniciarse la Guerra Civil, momento en el que Miret contaba con 22 años y una apariencia de adolescente imberbe, y, así, cuando, en el 36, unos milicianos inquisitivos se presentaron ante su puerta, su padre les pudo decir con aplomo que no había en la casa “ninguna persona mayor”. Hoy, Miret, explicándose a sí mismo, ha escrito su último libro: Cómo ser mayor sin hacerse viejo. Tal vez, en su tozuda victoria sobre la vejez le hayan ayudado sus peculiaridades genéticas, pero también, sin duda, toda la sabiduría de autores, populares y doctos, que ha nutrido su escritura de innumerables citas. Me adentro con él en ese bosque de nombres.
Carlos Eymar: Entre los numerosos autores que están presentes en tu obra, has llegado a decir en tus memorias que el cardenal Newman es el pensador católico que más te ha influido, ¿cuál es el sentido de esta influencia?
Enrique Miret Magdalena: Al cardenal Newman lo leí cuando tenía dieciocho o diecinueve años. Alguien afirmó de él que era el mejor escritor inglés del siglo xix y es una opinión que comparto. Me transmitió esa preocupación por la primacía de la conciencia personal sobre la fuerza de cualquier autoridad y su visión de un catolicismo abierto muy lejos de la Escolástica tomista. Pero es también verdad que otros autores escolásticos me han influido, por ejemplo el padre dominico Sertillanges, que se considera seguidor de Santo Tomás y que realiza de él una interpretación interesantísima y de una gran apertura. Hoy día esa apertura de Sertillanges se ha perdido. Los actuales autores escolástico-​tomistas no saben sacar de Santo Tomás lo que hay que sacar.
C. Eymar: También Maritain fue un autor neoescolástico que se basó en Santo Tomás y tuvo un gran predicamento entre autores católicos progresistas. Quiero recordar en este sentido la tesis doctoral de Peces-​Barba sobre el pensamiento político de Maritain a finales de los 60.
E. Miret: Maritain fue un hombre que con el tiempo se fue cerrando. Inicialmente era agnóstico, discípulo de Bergson. Y luego, con su mujer Raïsa, se convirtió al catolicismo, dejó a Bergson y se hizo defensor a ultranza de Santo Tomás de Aquino. A veces se le preguntaba si era neotomista y el respondía: no, yo soy tomista.
C. Eymar: En su conversión influyó mucho esa especie de profeta que era Leon Bloy.
E. Miret: Bloy era un hombre raro que influyó mucho en muchos intelectuales franceses. Era un católico muy crítico, pero de una manera muy original, muy suya. A mí también me influyó, como el propio Maritain, que era un convencido demócrata en los tiempos de la República, cuando yo lo leía. Su postura católica era muy avanzada para la época, más incluso de lo que aquí se decía, aunque no tanto como la de Sertillanges.
C. Eymar: Franco no lo podía ni ver.
E. Miret: Sobre esto te puedo contar una anécdota. Yo empecé a escribir en los años cincuenta en el diario Informaciones, cuyos propietarios eran una familia burguesa y conservadora de Galicia, también dueña del Banco Simeón y de los almacenes del mismo nombre. Escribía reseñas de libros, generalmente sin interés, en el “Extraordinario” de los sábados. Un día, en el ABC, vi un artículo firmado por Luis María Anson en el que se metía con Maritain, afirmando que había sido condenado por los obispos argentinos. Yo, que recibía con regularidad una conocida revista católica argentina, comprobé que la pastoral de los obispos argentinos era totalmente favorable al filósofo francés. Entonces, escribí un artículo en el que, sin mencionar a Anson, defendía a Maritain. El director de Informaciones me lo devolvió diciéndome que no podía publicar ese artículo, que yo era muy joven (cosa que no era verdad) y que no sabía que Maritain había publicado durante la Guerra Civil una serie de manifiestos contra el franquismo.
C. Eymar: ¿Qué otros autores te han influido?
E. Miret: Sin duda uno de ellos ha sido Bertrand Russell que, como yo, era químico y filósofo de la ciencia, autor de libros admirables sobre la revolución científica. Pero, además de ser un gran pensador, escribía de una manera muy sencilla y asequible a la gente y, a pesar de ser muy crítico, era bastante respetuoso con el hecho religioso. En una polémica que tuvo con el filósofo jesuita Copleston, Russell afirmó que, aún estando en contra de la metafísica, respetaba mucho la fe religiosa, profunda y personal. No era un ateo, sino un agnóstico que no podía decidirse en un sentido o en el otro. Yo, en el fondo, he partido siempre de esta idea que desarrollo en el libro que he acabado de escribir.
C. Eymar: Es curioso comprobar cómo pareces sometido a una doble influencia. Por una parte tienes una indudable vena francófila que quizá tenga su origen en tu educación en el Liceo francés y que se concreta en tu amor por los autores católicos franceses, por otra te tira esa inclinación anglosajona hacia lo práctico, lo concreto y la forma sencilla de escribir.
E. Miret: Yo los libros los trabajo mucho para hacerlos asequibles a la gente. Eso se lo debo a Bertrand Russell y también al cardenal Newman, que ya he dicho que era un gran escritor. Resulta admirable que un filósofo de la lógica, como Russell, autor de una obra como los Principia Mathemática, haya dejado ese mundo tan teórico para tratar de expresarlo de una forma accesible y haya abordado temas como el de la felicidad o el de la paz que suscitan el interés de la gente.
C. Eymar: Por eso, quizás, no goza de tu simpatía el lenguaje abstracto de los filósofos posmodernos franceses como Derrida, Baudrillard, Deleuze, etc.
E. Miret: Estos filósofos utilizan muchas veces la ciencia sin conocerla bien. Yo, que por mi formación soy científico, me quedo sorprendido cuando estos autores realizan interpretaciones que, aunque revelan que no han entendido nada de lo que la ciencia dice, consiguen apabullar a la gente. Es una actitud muy distinta de la que tenía Zubiri, otro de los autores que me ha influido mucho. Zubiri, que era un pensador oscuro y difícil, estaba muy preocupado por conocer lo último que se sabía en el ámbito científico.

CIENCIA Y RELIGIÓN
C. Eymar: No siempre resulta ni ha resultado fácil ese diálogo entre ciencia, filosofía y religión.
E. Miret: El modo de pensar científico ha influido a lo largo de todo el siglo xx condicionando incluso el tipo de lógica que se utiliza. En el mundo católico, tanto progresista como conservador, se suele utilizar una lógica anticuada. Reichenbach, un gran científico, en un libro muy interesante sobre filosofía de la ciencia, demuestra de una manera clara que toda la lógica que utiliza el mundo escolástico es, de alguna manera, una lógica que viene de Aristóteles y que es una lógica de clases que lo que intenta es clasificar las cosas. Hay que tener en cuenta que Aristóteles era biólogo y quiso expandir el método de las ciencias naturales hacia la filosofía, y ahí se equivocó. Porque las ciencias naturales no lo abarcan todo y su lógica clasificatoria no puede aplicarse al mundo actual en el que rige una lógica relacional.
C. Eymar: Pero ahí tenemos también esa gran tradición que va desde Nicolás de Cusa, Leibniz, Hegel o el mismo Zubiri en su Estructura dinámica de la realidad, que trata de poner todo en relación con todo.
E. Miret:En el mundo católico moderno no se ha sabido utilizar el pensamiento de grandes pensadores antiguos, que eran también católicos, como Nicolás de Cusa o el maestro Eckhart. Se les ha olvidado y se ha preferido adoptar ese tomismo de tercera categoría que es el que ha prosperado y sigue prosperando en el seno de la Iglesia católica. También los católicos progresistas utilizan esa lógica clasificatoria, sin tener en cuenta estudios como los del profesor Cohen que en sus libros realiza análisis críticos de la lógica de clases en un sentido muy próximo al que yo estoy exponiendo.
C. Eymar: Leyendo tus libros sorprende tu vitalismo, tu optimismo visceral y contagioso.
E. Miret: Te doy toda la razón. Es curioso que yo, ahora, me siento más feliz que cuando era mucho más joven. Entonces, las cosas me afectaban demasiado. Ahora, me doy cuenta de que las cosas negativas son un acicate para ir hacia adelante, para superarlas. En ese sentido yo soy partidario de un cierto optimismo racional.
C. Eymar: Pero resulta chocante al leer tus memorias, por ejemplo, que, salvo alguna reflexión sobre la condición miserable del hombre hambriento en el contexto de la Guerra Civil, no se trasluce ninguna amargura, ninguna decepción, sino una actitud siempre esperanzada.
E. Miret: A esta manera de vivir y de sentir me ayudó mucho el conocimiento de las filosofías orientales que son muy mal conocidas aquí. El yoga y el budismo zen me han influido para entender mejor la vida y el cristianismo. En mi libro de Occidente mira a Oriente dedico dos capítulos a hablar de cristianismo y budismo, a hablar del mensaje de Jesús y del mensaje de Buda. No de los budismos y cristianismos que luego han existido y se han formado, sino simplemente del comienzo del cristianismo y del comienzo del budismo. Yo creo que en muchos aspectos existe entre ellos una gran semejanza. Los budismos no son expresión de una actitud pesimista, como erróneamente se cree, sino que quieren partir del conocimiento de lo negativo que hay en el mundo para superarlo e ir hacia adelante. También Max Scheler, que es otro de los autores que me han influido, en su obra El resentimiento en la moral, afirma que las cosas negativas como el resentimiento conducen a desviarse de lo que es verdaderamente ético.
C. Eymar: Sin embargo en Max Scheler yo veo un aristocratismo que en ti no veo en absoluto.
E. Miret: Tienes mucha razón. De Scheler me quedo con esa obra y con El puesto del hombre en el cosmos, pero no comparto otros de sus puntos de vista. Él tenía una especie de obsesión contra el socialismo mientras que a mí el socialismo me abrió hacia una nueva forma de mirar las cosas. Cito aquí a un sacerdote catalán que se llamaba Carbonell y que escribió un libro muy curioso en los años treinta que se llamaba El colectivismo y la ortodoxia católica al que se le dio el imprimátur porque los censores, pese a estar en desacuerdo, no encontraron nada en él que se opusiera a la moral y el dogma católicos. Era un libro muy socialista que contemplaba la posibilidad de un socialismo de Estado y que, al venir de un sacerdote, sorprendió mucho a las izquierdas. A mí, cuando lo leí, me produjo una gran conmoción y utilicé sus argumentos en las discusiones que tenían lugar en el seno de mi propia familia con algunos parientes franquistas.

RELIGIOSIDAD POPULAR
C. Eymar: Centrándonos en el ámbito católico, fuera de los intelectuales conservadores o progresistas, está el pueblo. ¿Cómo percibes la verdad o falsedad del catolicismo popular?
E. Miret: Aunque sorprenda mucho a mucha gente, yo, que soy considerado como un agnóstico, soy, en realidad, un católico practicante. O sea que todos los domingos voy a misa y comulgo, y mucha gente se extraña. Si esta misa me gusta tan poco ¿cómo es que yo participo en ella? La razón es precisamente que yo estoy muy unido a ese pueblo sencillo aunque lo considere muchas veces equivocado. Siguiendo mi imperativo de apertura, creo que debo estar cerca del pueblo sencillo para poderle decir también que hay muchas cosas en las que se equivoca. Por ejemplo, yo suelo ir a misa los domingos por la tarde a mi parroquia que llevan los franciscanos de la orden tercera de Mallorca. Uno de esos domingos, al salir, una señora de las que suelen hacer las lecturas se me acercó y me dijo: ‘El que usted venga a esta Iglesia y vaya a comulgar me escandaliza’. ¿Por qué? pregunté yo. ‘Pues porque usted ha dicho que el Papa se debe jubilar y eso está en contra de lo que dice la Iglesia católica’. Perdone señora –contesté educadamente– ¿ha leído usted el Derecho canónico? ‘No, yo no se nada’ –repuso. Pues precisamente una de las cosas que dice es que el Papa puede dimitir y que nosotros podemos pensar u opinar si debería o no debería dimitir aunque en última instancia la decisión sea suya, así que está usted en contra de lo que dispone el Derecho canónico. ‘En fin, no sé, quizá esté exagerando un poco’ –concluyó un tanto azorada antes de darse la vuelta y marcharse precipitadamente. Es esto lo que es necesario decirle a la gente sencilla, que a veces tienen una idea equivocada porque desconocen los términos de la cuestión cristiana.
C. Eymar: Si la formación cristiana de la gente sencilla es pobre, la de los intelectuales también deja mucho que desear y parece anclada en unos pocos tópicos de catecismo.
E. Miret: A mí me han ayudado mucho los católicos franceses de cualquier orientación. Porque estaban acostumbrados a pensar. El católico francés piensa, y esto es comprobable también entre la gente sencilla. Alguna vez cuando iba a veranear a San Sebastián tenía la ocasión de pasar a Francia y de hablar con gente del pueblo llano. Me quedaba sorprendido de su formación, se notaba que habían recibido una educación que les enseñaba a pensar y no sólo en materia de religión sino en cualquier otra materia. Aquí, en la Iglesia católica española, los intelectuales están desapareciendo. Me parece que los obispos deberían enterarse de lo grave que es que el mundo del pensamiento esté apartado de la Iglesia.
C. Eymar: Con respecto al futuro de la Iglesia el panorama parece bastante desolador. En la última reunión de la Confederación de Religiosos españoles, se comprobó que la edad media del religioso rondaba los 70 años, en una atmósfera de ausencia de vocaciones y de caída de la práctica religiosa entre los jóvenes.
E. Miret: El panorama de la Iglesia católica oficial en España es desolador, casi podría decirse que se está desmoronando. Y a pesar de que la gente se aparta cada vez más de la Iglesia oficial ésta no reacciona y los obispos ni siquiera leen al cardenal Ratzinger que no ha olvidado que es un pensador y dice cosas interesantísimas. Personalmente yo me alegro de que esto pase porque así se llegará a una auténtica renovación y en esto coincido con el análisis de Haag, un viejo y famoso teólogo católico alemán. Afirma Haag en un reciente libro que, en los primeros siglos del cristianismo, no existía diferencia jerárquica en la Iglesia, en ella no había sacerdotes en el sentido en que hoy lo entendemos. Se trataba de una Iglesia de seglares en la que los cometidos de cada cual se encomendaban por decisión del pueblo. Por eso, en un contexto de ausencia de vocaciones como el actual, no hay que alarmarse, sino asumir que vamos a un cristianismo más próximo al que predicó Jesús, poco favorable a las diferenciaciones. De hecho Jesús no ejerció de sacerdote ni de teólogo, era un hombre sencillo con una gran cultura bíblica, pero nada más. De lo que hemos de darnos cuenta es de que ahora podemos llegar a estar en una situación muy similar a la de los primeros cristianos. Ellos eran la pequeña grey que quería manifestar el mensaje de Jesús a todo al mundo. Hoy, como entonces, creemos que el mensaje de Jesús es un mensaje de convivencia, de ayuda mutua, de solidaridad y de libertad, que se puede manifestar en los cristianos y en los no cristianos. Yo creo en el valor del que se entrega a un ideal: el de la justicia, el de la ciencia, el del arte… Ese, pienso yo, es el verdadero cristiano. Algunos reconocen en él el mensaje de Jesús, otros no, pero todos aquellos que se entregan a un ideal son iguales, se llamen o no cristianos.
C. Eymar: Sin embargo, parece que la Iglesia oficial guarda un cierto recelo hacia los seglares y en este sentido, me acuerdo de la figura de un filósofo que tú sueles citar: Edouard Le Roy.
E. Miret: Mi convicción de que lo que es moral es ya existencialmente religioso se funda en las ideas de ese gran matemático y filósofo católico que fue Le Roy, profesor del Collège de France, cuyos libros, y especialmente su Philosophie Première que recoge sus últimas lecciones, fueron puestos por la Iglesia en el Índice en tiempos de Pío x. Años después, al cardenal de Malinas, monseñor Suenens que estaba en el Concilio Vaticano ii, se le ocurrió leer una obra de Le Roy y se quedó sorprendido porque su mensaje era el mismo que el que el concilio trataba de dar ¿es este el autor que está en el Índice de libros prohibidos?, se preguntó incrédulo. No nos damos cuenta de que hay autores que se han adelantado a su tiempo y Le Roy era uno de ellos.
C. Eymar: Lamentablemente en España no hay seglares que hablen con solvencia de temas religiosos o teológicos. Sin duda tú eres el más representativo.
E. Miret: Estoy en contra de todos los teólogos en general. Ya he expresado antes mi opinión de que tanto los teólogos progresistas como los conservadores tienen que rectificar su modo de pensar y abrirse a un pensamiento relacional. Cuando a mí me propusieron ser presidente de la Asociación de Teólogos Juan xxiii, yo les dije: si os empeñáis estoy dispuesto a aceptar, pero debéis tener en cuenta que yo más que teólogo soy un antiteólogo. Se echaron a reír y creo que me aceptaron porque yo era seglar y hay que tener en cuenta que presidir una asociación tan abierta como la Juan xxiii, trae problemas a cualquier teólogo religioso que dé clases en las universidades de la Iglesia.

EL POTAJE MENTAL
C. Eymar: Aunque la apertura del catolicismo hacia Oriente sea positiva, también da origen a que muchos terminen con un auténtico potaje mental, como algunos representantes de la espiritualidad de la New Age o algunos gurús de sectas variopintas.
E. Miret: En todas partes cuecen habas y en nuestra casa calderadas. Con el zen, el budismo y toda esa serie de cosas, hay de todo. Aquí, en Occidente, han venido una serie de personajes que realmente nos están suministrando un mejunje que carece de sentido. Por eso es conveniente leer a los verdaderos conocedores y especialistas del budismo, por ejemplo, y darse cuenta de que su versión es muy distinta de la que circula por ahí. Entre las dos corrientes que existen en el zen, el soto zen y el rinzei zen, yo sigo la soto zen porque lo que pretende ese tipo de meditación es el estar despierto a la realidad, no la iluminación que obsesiona a algunos.
C. Eymar: Entre tanta diversidad de caminos ¿crees posible un ecumenismo que llevara a la unión de todas las Iglesias?
E. Miret: Lo veo muy difícil. Yo creo que el ecumenismo tiene que llegar a la conclusión de que hay muchas vías para llegar a Dios y que esas vías pueden estar muy cercanas al agnosticismo o muy cercanas a una Iglesia determinada. Nos tenemos que acostumbrar a respetar estas diferentes experiencias y buscar que sean serias y profundas. En eso consiste el verdadero ecumenismo. Cada ser humano es un personaje, cada grupo humano tiene sus peculiaridades y no se puede hacer una mezcla confusa con todo eso.
C. Eymar: Y con respecto a la Iglesia católica ¿crees que se puede hablar de cisma como han hecho algunos autores?
E. Miret: Creo que es exagerado hablar de cisma. En los inicios del cristianismo existían distintas iglesias cristianas que convivían y no pasaba nada. Pues ahora lo mismo. El ecumenismo va hacia la convivencia pero no hacia la identificación de todos con una sola cosa.
C. Eymar: ¿Te consideras un heterodoxo?
E. Miret: No. No porque me parece una calificación que, como todas calificaciones, tiene algo de mentira. Mira, yo simplemente soy un independiente, un crítico, y eso me lo ha dado precisamente la forma científica de pensar. Yo profeso un gran respeto y acercamiento al mensaje de Jesús que es el de la ayuda mutua, de la convivencia y no del dogmatismo. ¿Dónde hay un elenco de dogmas en el Evangelio? En ninguna parte. Jesús fue una persona religiosa y no abdicó de la religión judía. Sin embargo el mensaje que dio a la gente era más abierto, el mensaje de la caridad. Creo que es a esto a lo que tenemos que ir, pero no a otra cosa.
C. Eymar: ¿Te consideras un maestro?
E. Miret: Ya de maestros estamos hartos. Y por eso he de decirte que no. Yo soy un señor que ha pensado esto, que lo dice y aquí paciencia y gloria. ¡Nada más!
C. Eymar: Pero sí eres un educador.
E. Miret: He adquirido experiencia en mi propia familia y cuando estuve al frente de la Dirección General de Protección de Menores. En educación, desde los tiempos de Lao Zi y Confucio está dicho lo fundamental, lo que pasa es que eso no lo practicamos. Estamos siempre inventando algún sistema y, al final, todo es más simple, aunque más difícil. Eso lo viví yo en Menores. Todo el mundo me quería dar una solución y, al final, me di cuenta de que estaban equivocados, de que yo sentía otra cosa que es la que procuré insuflar. Y fue una experiencia gratificante el comprobar el poder educador de la comprensión unida a la sinceridad. Porque hay que ser sincero en la vida. Las cosas que pensamos hay que decirlas y no pasa nada. La comprensión no significa decir a todo amén.

Nuestra conversación, de más de dos horas, se apaga con la tarde y la alegre impresión de haber girado animadamente por múltiples temas. A modo de despedida, Enrique Miret, quizás siguiendo una antigua costumbre, me obsequia con un libro suyo: El nuevo rostro de Dios. Al salir lo abro al azar. Este hombre que en sus Memorias se declara como un ser negado para la poesía y la música, me sorprende con su última respuesta. Leo: “Si la religión, como yo pienso, es la poesía en la cual se cree, la teología tiene que ser un silencio adornado de parábolas”

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad