La jornada del crítico de espectáculos

A. González Lapuente, J. Á. Vela del Campo y F. Monegal
ESE MALDITO COSQUILLEO
Alberto González Lapuente
Critico musical de ‘ABC

Hoy hay ópera en el Teatro Real de Madrid. Lo dice la agenda, aunque no hace falta leerla. No ha sonado el despertador y ya se siente un nudo en el estómago. Esto de la crítica musical es un oficio demasiado comprometido. Aparentemente inofensivo, pero suficientemente letal como para andar en boca de todos. Lo peor es que su importancia, de tenerla, se entiende con el tiempo, tras superar la arrogancia temeraria del principiante que se pone el mundo por montera. Absurdo, pero cierto. Lo que figura negro sobre blanco aún se toma como palabra de ley. Toda un responsabilidad.
El caso es que hoy hay ópera en el Real y eso supondrá noche de nervios. La crítica musical se ha desprendido de esa intensidad periodística de la inmediatez. Es raro tener que salir del concierto y escribir a vuela pluma con el fin de que se publique al día siguiente. Eso sólo se hace en contadas ocasiones. Generalmente cabe respirar, pensar las cosas, escribir, borrar y hasta repetir lo inicialmente garabateado sin demasiada reflexión.
No sucede así cuando hay ópera. El espectáculo concentra tantos intereses que en el periódico exigen escribirlo en caliente para que se pueda leer al día siguiente. Y eso, de entrada, es un contrasentido pues la ópera es reunión de demasiadas cosas. No basta cerrar los ojos y escuchar. Hay que poner los cinco sentidos. Cualquier producción que hoy se precie se “explica” también a través de la música y la escena. Nunca como ahora teatro y partitura han vivido en más clara simbiosis. Ir hoy a la ópera exige escudriñar con la mirada y olfatear con el oído.
Pues eso, no ha sonado el despertador y ya se presiente que el día va a ser distinto. De momento hay que asistir al trabajo cotidiano. Vivir de la crítica musical es una utopía inalcanzable. Por tanto, lo primero es asegurar el sueldo aunque sólo sea por satisfacer esa arraigada costumbre de comer todos los días. Y el grueso del trabajo diario apenas tiene que ver con el ejercicio de la crítica musical. Tomándolo por el lado positivo puede convertirse en un relajante cambio de ambiente.
Eso cuando no hay ópera, insisto, que acercándose la hora solo caben dudas: ¿qué escribir?, ¿cómo empezar?, ¿habrá tiempo para acabar el artículo? Si en otras ocasiones ha sido posible, por qué no en esta. Al fin y al cabo los días previos se han toqueteado algunos libros para refrescar el asunto de la obra y sus circunstancias; a lo mejor se ha escuchado una grabación o visto en dvd alguna representación aun asumiendo los inconvenientes de caer en la comparación antes que en la valoración exacta de lo que luego se vea; en el mejor de los casos también se ha tenido la oportunidad de ver la partitura. Todo, tratando de apaciguar ese maldito cosquilleo estomacal que anuncia el gran día.
Luego, sentado en la butaca, todo es observar. Un detalle. Un gesto. El aria esperada o el esperado momento crucial. En realidad buscando una frase que luego dé sentido a la crítica, a veces sólo una palabra. Lo justo para disparar la inspiración. Porque escribir si aquello está bien o mal no parece suficiente. No sería justo. Cada uno entiende el oficio a su manera. Pero frente a quienes afirman que la gente sólo quiere leer si al crítico le ha gustado o no cabe argumentar que la crítica debe ser más que opinión personal. Primero porque siempre cabe entrar con un grado estimable de objetividad sobre lo observado, luego porque quienes salen al escenario merecen algo más, no es algo al alcance de todos, hay mucho trabajo detrás.
Así, que terminada la representación hay que echar a correr. Salir del teatro. Mirar el reloj. Calcular el tiempo que falta para el cierre de la edición. Coger el metro o un taxi si está a mano. Soltar el abrigo. Encender el ordenador. Tomar aire. Cerrar los ojos. Pensar. Es sorprendente, pero con la tensión las ideas fluyen con cierta facilidad y aquello empieza a tomar forma literaria. De manera que se sigue adelante aun a sabiendas de que se van dejando cosas por el camino, que se está cayendo en la redundancia o en imperfecciones. Pero es mejor acabar y releer. Lo principal es dejar por escrito todo aquello que se recuerda como reseñable. Tiempo habrá de corregir. Suena la impresora. Ahí está. Esto que se ha escrito aquí es mejor ponerlo arriba. Tal vez sea más prudente cambiar esta palabra, borrar aquella frase. Segundo intento. Corre el tiempo. Parece que ya está Que así se quede. Una llamada al periódico. Sale el artículo por correo electrónico. Un día más se ha llegado a tiempo. Sólo queda tomar un yogurt que sabe a gloria. Y al día siguiente ver el periódico. Se siente cierto orgullo.

LA JORNADA DE PESA DE UN MIRÓN
Ferran Monegal
Periodista, crítico de televisión de ‘El Periódico’ y director de Telemonegal en Barcelona Televisió

Todo buen pescador sabe que con paciencia y una caña siempre se acaba con alguna merluza en el zurrón. Cada día de tele es, en el fondo, como una jornada de pesca sensacional. Se comienza siempre, de buena mañana, con las entrevistas-​desayuno de las cadenas principales. Sobresale entre ellas La mirada crítica de Montserrat Domínguez (Tele 5), una profesional y una señora en toda la extensión de la palabra. Ahí se suelen pescar calamares políticos de multicolor tintaje.
Seguimos luego con las gaseosas matinées de las tres alegres comadres. A saber, Inés Ballester (TVE-​1), Alicia Senovilla (Antena 3) y la señora Campos (Tele 5). Con gran diferencia, las mejores piezas siempre se pescan en aguas de doña Teresa Campos. Se consiguen ejemplares muy variados: pescadilla, anguilas, rapes, tiburones y ballenatos, según la franja horaria de su largo programa. Con el “corrillo” se logran pezqueñines, sabrosos, pero sin poder nutritivo adecuado. La hora en que sale Jaime Peñafiel es ideal para pillar el pez emperador, en este caso coronado, o sea, totalmente monárquico. Y a última hora, en la mesa de debate, el tiburón y el pez espada son la cosecha habitual. Hay que ir con cuidado al sacarlos del agua, porque te puedes cortar.
Antes de los Telediarios, conviene pasar por la alegría del perejil de Karlos Arguiñano: te ilumina acerca de cómo condimentar, humildemente, las piezas que durante la mañana has ensacado.
Las aguas informativas de primera hora de la tarde requieren una técnica especial: en lugar de una caña, tienes que emplear tres o cuatro, una para cada acueducto o canal. La misma técnica se tiene que emplear con los informativos de la noche. Sólo trabajando con varios anzuelos puedes aspirar a un pescado completo, y no troceado. Si te quedas con Alfredo Urdaci en TVE-​1, por ejemplo, corres el riesgo de tener sólo las espinas del rape, y es muy desagradable: además de no alimentar nada, acabas pinchándote. La modorra de la tarde se agrava con el repertorio de culebrones que a esa hora campan. Conviene estar vigilantes y tomar aspirinas con Fanta: te sube la presión y evitan que te quedes dormido con la caña en la mano. No te despiertas ni con Aquí hay tomate. En Cataluña El cor de la ciutat (TV-​3) no produce sueño profundo, sino un simple duermevela muy particular: un ojo, cerrado, y el otro controlando el sedal porque en el Bar de Peris suelen navegar siempre algunos boquerones que son de agradecer: a media tarde, rebozados por ambos lados, te saben a una especie de “sentiment nostrat” la mar de agropecuario. La tarde se complica con la llegada de El diario de Patricia (Antena 3 TV). Ahí si que hay que tomar precauciones. Es aconsejable armarse. Con el cuchillo del pan podría bastar para detener el asalto de la piraña Patricia Gaztañaga. Pero no confiarse. Lo suyo es de una crueldad, y un peligro, grandes.
La pesca nocturna es un arte que requiere una predisposición especial. Si lanzas la caña en Marte acabarás pescando, impepinablemente, el micropene de Boris, que siempre asoma la cabecita entre las aguas. Es horroroso: crees haber pescado una sardina y no has pescado nada. También hay que guardarse de algunos ejemplares que navegan en grupo en la nocturnidad, formando bancos de debate. Ojo: llenas el zurrón en un momento, pero te puedes intoxicar. El Debate de La 2, por ejemplo, a veces ha causado más estragos que la gripe del pollastre. Tampoco hay que fiarse de los peces de colores que relumbran en las aguas sonrosadas de ¿Dónde estás corazón? o Salsa rosa, pongamos por caso. Parecen pececitos de acuario, pero son de un tremendismo letal: a cambio de vivir cómodamente en piscifactoría, se dejan hacer la autopsia mientras nadan. O sea que lanzas la caña y pescas el corazón de un pulpo, o la placenta de una sirena varada. Es muy decepcionante: todo son vísceras que flotan, a merced de las olas de los paparazzi. En temporada de “ratomaquia Gran Hermano”, se consiguen buenos ejemplares de pez-​rata. Cocinados con aceite Merceditas Milá, se pueden comer pero te salen granos. Y cuando se abrió la veda del Hotel Glam, se pescaban unos ejemplares, gordos y cebados. Lamentablemente en la sartén menguaban: la silicona, con el calor, se queda en nada.
Definitivamente hablando, la jornada de pesca televisiva no sirve para alimentarse. Las piezas cobradas, en su mayoría, no nutren a nadie. Y agotan una barbaridad. Pero es un deporte apasionante: el placer de llenar el zurrón, cada día, de triunfales cadáveres.

A LA PISCINA Y SIN FLOTADOR
Juan Ángel Vela del Campo
Crítico de ópera de ‘El País’

Avanti la regata, que diría Rossini. Qué cosas me piden los buenos amigos de El Ciervo: comentar cómo transcurre un día en la vida de un crítico de ópera, sacando a la luz los secretos de cocina, la preparación sicológica, lo que no se percibe con facilidad. Debería ser el artículo más fácil del año, y sin embargo llevo días y días dándole vueltas y no encuentro nada reseñable qué contar. Qué aburrido. Y es que la forma en que invierto las horas previas a un espectáculo a comentar no tiene excesivo interés, salvo que las rutinas propias sean diferentes a las de los demás. Un crítico de espectáculos es, por encima de todo, un espectador, y sus grandezas y miserias son como las del resto de los espectadores. Pienso que debe escribir aceptablemente para mantener un dialogo imaginario con el lector, pero eso se da por sobreentendido. Y tener, por supuesto capacidad de comunicación y síntesis para transmitir sus conocimientos e impresiones con cierta agilidad. Pero no es esto de lo que me piden que escriba los amigos de El Ciervo, sino más bien de cómo se prepara uno para ejercer su compromiso, cómo es la loca jornada de un día de ópera. Bueno, me ceñiré a una de las últimas: El ocaso de los dioses, de Wagner, en el teatro Real de Madrid el pasado 20 de febrero, día, claro, del estreno. Pues bien, por cuestiones de duración de la obra –más de cinco horas– comí frugalmente y me vestí con ropa cómoda y con zapatos anchos. (Mi acompañante no tomó estas prevenciones y, vaya por Dios, se mareó y tuvo que marcharse). En los días previos no escuché ninguna grabación discográfica de la ópera para no condicionar una manera de interpretación, pero sí revisé un video de El oro del Rin, en la misma producción de Willy Decker a la que pertenece El ocaso, leí algún fragmento de Opera y drama, de Wagner, y recordé las impresiones que me habían causado las dos jornadas anteriores de El anillo del Nibelungo. No viene nunca mal, por otra parte, alguna relajante lectura complementaria que no tenga que ver con la ópera para crear una sensación de distancia y, en todo caso, es importante estar familiarizado con el libreto. Y salir pronto de casa para evitar nerviosismos ante algún atasco inoportuno.
Co passa la regata, de nuevo recordando a Rossini. No es lo mismo vivir una representación de ópera libremente que teniendo que escribir a continuación. La preocupación por el titular de la crónica, o por qué aspectos del espectáculo pueden ser más útiles al lector, condiciona en cierta medida la recepción. Los comentarios que se cogen al vuelo en los intermedios pueden ayudar a despejar el camino, especialmente si las dudas colectivas van en la misma dirección. En este caso parece que se centraban fundamentalmente sobre la cuestión escénica. Conclusión inmediata: había que volcarse preferentemente por ahí. Además las nuevas imágenes y soluciones podían complementar las de los tres capítulos anteriores de esta ópera de dimensiones colosales, con lo que una nueva mirada global más coherente iba sin duda a surgir. Y además había que observar con cuidado cómo se culminaba la definición teatral de los personajes. En el segundo descanso perfilé ya un posible artículo, dejándolo abierto para unos toques finales después de las aportaciones del último acto. Los comentaristas españoles no solemos comentar entre nosotros las primeras impresiones con idea de llegar a un cierto consenso, como he podido observar en estrenos conflictivos entre periodistas de agencias en lugares como Bayreuth. Aquí nos tiramos a la piscina sin flotador, y luego que salga el sol por donde quiera.
Dopo la regata, en alusión a Rossini y a Venecia, donde Wagner falleció. Aunque no iba a ser publicado al día siguiente terminé el artículo en caliente después de la representación. Normalmente se publican, con lo que se introduce un factor añadido de tensión por la premura de tiempo de elaboración. De todos modos se gana en frescura lo que se pierde en reflexión. Pero esta vez pude permitirme dejar reposar el artículo durante unas horas. Al leerlo a la mañana siguiente únicamente cambié una frase. Me centré en explicar las razones por las que pienso que la puesta en escena de Willy Decker es de lo mejor que se ha visto en el Real en los últimos cinco años y pasé más de puntillas en esta ocasión por las consideraciones puramente musicales, aunque resalté, cómo no, la excepcionalidad vocal y dramática del cantante Eric Halfvarson como Hagen. Como suele ocurrir con las valoraciones escénicas hubo división de opiniones entre los críticos. Más que eso: creo que fui el único que defendió sin reparos la propuesta de Decker. Estos contrastes son a veces muy enriquecedores. De mis colegas de oficio leo algunas críticas y otras no. Unos tienen para mí la máxima credibilidad, aunque opinen lo contrario que yo, y otros ninguna. Como dice el escritor y psiquiatra Carlos Castilla del Pino “cada uno elige sus propios críticos” . Pero, en fin, eso es otra historia.

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