¿Es tan malo como dicen?

Rosario Bofill (Periodista)
Creo que el fracaso, o cuando nos sentimos fracasados, siempre es en relación con los demás. No hemos alcanzado la meta que queríamos. No hemos conseguido el trabajo. No sabemos hacer las cosas como nuestros amigos. No logramos ir hacia delante. Se nos han venido abajo nuestros proyectos. “Somos unos fracasados”, pensamos. La competencia y las comparaciones agravan los fracasos. Nuestra sociedad es una sociedad hecha para los vencedores, para los triunfadores (empezando por la abrumadora publicidad que nos invade). El fracaso nos abate y nos disminuye, casi diría que a veces nos aniquila. En principio.
Fracasar está muy mal visto. “Es un fracasado”, decimos, y lo miramos con conmiseración. Pero lo malo no es el fracaso en sí sino cuando no somos capaces de reaccionar. Cuando nos deja dentro del pozo. Cuando al andar vamos arrastrando los pies. Cuando nos hace amargados y resentidos. Muchos fracasados son unos resentidos, se culpan ellos mismos o las más de las veces culpan de su situación a los demás.
Pero todos, gracias a Dios, fracasamos un día u otro, todos tenemos fracasos en nuestra vida, que nos dejan pequeñas o grandes cicatrices. Lo importante es que estén bien curadas.
A mí más bien me dan miedo las personas que no fracasan o que dicen que no han fracasado nunca. Las temo. Me dan más miedo que los que están sumidos en el fracaso. Los primeros no ven su realidad y se creen superhombres; estos últimos pueden con su esfuerzo y la ayuda de los demás salir de su hundimiento o aceptarlo sin que les duela demasiado. Si salimos del abatimiento al que nos ha conducido el fracaso, seguro que saldremos más ricos, más humanos, más sensibles.
Hay una magnífica frase en la gran novela de Joan Sales Incerta glòria, una de las mejores novelas de este siglo. Dice así: “Feliz quien se siente fracasado y lo acepta sin amargura, la aceptación del propio fracaso es el único éxito posible”.
Por eso creo que no hay que sobrevalorar el fracaso, no hay que temerle tanto. Hay que encajarlo. Va en el cupo de la vida, como el dolor, como todo lo serio.

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