Estamos en la cultura del éxito

Javier Martínez Cortés (Sociólogo)
El fracaso –con mayor o menor insistencia– es un compañero frecuente en nuestras vidas. (Tal vez fuera más adecuado considerarlo como una constante de la existencia humana). Sin embargo parece un tema no digno de especial reflexión en el marco de la cultura contemporánea. Lo cual tiene una explicación muy al alcance de la mano: vivimos un modelo de “cultura del éxito”, en medio de nuestros fracasos.
El fracaso puede entenderse, en un primer acercamiento, como la no consecución de una pretensión, incluso meramente biológica. En este sentido es algo que compartimos con el reino animal. (La leona que no consiguió su presa ¿no fracasa en su pretensión de saciar el hambre en aquel momento? Sin embargo –he aquí la diferencia– no parece que por ello su identidad como animal de presa resulte problemática a sus propios ojos).
Pero el animal humano, cuando fracasa, resulta, para su mal, irritantemente más complicado. Su problema estriba en la capacidad de vivir su fracaso por duplicado: no sólo no consiguió lo que pretendía, sino que la representación mental que se hace sobre la dura pregunta: “¿quién soy yo?” puede quedar dañada. El hombre lleva en sí mismo un juez cuyo rostro desconoce.
Todo fracaso revela, al mismo tiempo que lo pone en entredicho, un proyecto de ser constitutivo de nuestro “yo” personal. La negatividad propia del fracaso incluye, pues, una especie de no-​ser. (Sufrir fracasos sería algo así como experimentar la nada). El fracaso pone en dificultad, reprime y niega –de manera más o menos profunda– el deseo humano de ser.

EL COMPONENTE DEL ESPEJO
Y todo ello de manera visible a los demás, a los ojos de otros. No se trata simplemente de un mecanismo que falla (un simple incidente “técnico”) sino de algo que nos empuja a dudar de nosotros mismos y afecta a la pervivencia de nuestra propia identidad.
Ello tiene su propia lógica social. En la idea que nos hacemos de nosotros mismos, desde la infancia interviene un componente de “espejo”: el reflejo inevitable de nuestra imagen en los ojos de los demás. En su mirada hay también un juicio sobre lo que somos, que llega a constituir un dato de nuestra consciencia de nosotros mismos. (“labeling”: un modo de “etiquetar” a los otros). Y con esa “etiqueta” nos movemos por la vida.
Nuestra identidad se manifiesta siempre en relación con un marco sociológico. Y es precisamente en el seno de la vida colectiva donde el individuo realiza las múltiples tentativas para hacer valer su identidad. (La aportación de Adler estriba en haber hecho del fracaso, bajo la denominación de complejo de inferioridad, la base misma del psicoanálisis). La curación del posible complejo de inferioridad debe obtenerse no por los vanos esfuerzos hacia una sobrecompensación, sino gracias a una readaptación social.
Obviamente la aspiración al éxito (es decir, a la consecución de los fines que nos proponemos) es un dato antropológico, implícito en el hecho de existir como seres vivos que se desarrollan en el tiempo. Y esta propuesta de finalidades abarca un amplísimo abanico, dependiente del horizonte cultural y de la estimación de los propios talentos (que puede ser errónea).
Lo que sucede, sin embargo, en lo que hemos denominado “cultura del éxito” (la que hoy parece ocupar el escenario social) es una notoria banalización del éxito. Semejante banalización supone tres elementos: a) El desarrollo de una cultura ambientalmente “democrática” (el éxito puede estar al alcance de todos).
b) Una falsa idea (es decir, un pre-​juicio ideológicamente inducido) de lo que llamamos “igualdad de oportunidades”. Lo cual colabora a culpabilizarnos de nuestro fracaso y a intensificar la sensación del mismo (somos ¿por naturaleza? un “perdedor”).
c) Una expansión vertiginosa de los medios de comunicación y de las técnicas de publicidad, que difunden la imagen del triunfador. “Éxito” equivale a difusión de la imagen (lo que implica siempre algún grado de rentabilidad económica. El éxito, en última instancia, se ha de traducir en dinero).

LO HAY SOCIAL Y PERSONAL
¿Podamos reducir el fracaso personal a la sola resonancia en el individuo de su posible fracaso social? El sentimiento de que no se nos puede reducir a nuestra imagen social puede estar oscurecido en la “cultura del éxito”. Pero en este sentimiento se basa nuestra dignidad como personas reales.
Del fracaso personal creemos que cabe decir que es algo más y algo menos que el deterioro de nuestra propia imagen ante los ojos de los demás. Algo más, puesto que hay fracasos interiores (frente a la necesidad de ser amado, frente a la búsqueda de la felicidad, frente a Dios…) compatibles con un éxito social. Y algo menos, porque del fracaso social se puede aprender y evitar ulteriores fracasos: sociales y personales. El fracaso puede, o no, estar acompañado de angustia. Dependerá, en gran parte, de lo que pudiéramos llamar “estatuto del fracaso” –y de la magnitud del mismo– a nuestros propios ojos. En cierta medida, el fracaso obliga al ser humano a la compleja tarea del aprendizaje sobre sí mismo. Quien no ha fracasado nunca, probablemente no ha hecho proyectos sobre su propia vida, no se conoce a sí mismo, e ignora de lo que es capaz. Ignora también sus límites, porque nunca se acercó a ellos. Tendencia fundamental de nuestro vivir es la expresión y la expansión del “yo”.
Pero, aceptado esto, hay que aceptar también la realidad de nuestros límites. La viejísima tentación del ser humano (“seréis como dioses”) no puede hacernos ignorar que la manzana tentadora (el éxito) encierra un gusano: nuestra finitud. (Esta verdad elemental, en la caja de resonancia de la cultura del éxito, puede adquirir tintes anacrónicos, de “danza de la muerte” medieval). Pero no desaparece por el mero hecho de no pensarla. La expansión del yo tiene sus límites, en el tiempo y en el espacio. ¿No pertenecería al arte de vivir el saber reconocerlos?
Porque junto a la experiencia del fracaso hay que situar el tema del significado que le demos. Es imposible calificar el fracaso en sí mismo, “objetivamente”, por decirlo así: todo depende del sentido que le demos. Más allá de los fracasos puntuales de nuestra historia hay un deseo de ser que revela la estructura profunda de nuestro “yo”. ¿Qué es lo que verdaderamente queremos ser? Algunos fracasos son el medio de que el ser humano tome conciencia de sí mismo y ensaye de nuevo la reconquista de su ser.
Y por esta razón no es culturalmente saludable la negativa a reconocer y reflexionar el tema del fracaso. La reflexión sobre el fracaso comienza con un acto de desprendimiento que nos libera, no del fracaso, sino del olvido del fracaso; a cuya luz podemos avanzar en nuestro conocimiento y en un desarrollo verdaderamente humano de nuestras potencialidades. Ante el fracaso no hay simplemente que resignarse, sino “hacer algo” con él. (La resignación sería el fracaso definitivo).
Se ha hecho notar que el verbo “scheitern” (con el que se designa en alemán el hecho de fracasar) significa, en el vocabulario marino, “encallar”. En ello se puede ver una alusión al carácter activo del sujeto, a su esfuerzo por llegar a los límites de lo posible. Si no ¿cómo sabríamos dónde ponerlos? El olvido del fracaso es el olvido de sí mismo y de los otros.
Y para el creyente, existe una última interrogante. ¿Puede haber una llamada de Dios en ciertos fracasos humanos? (Él abre puertas inesperadas donde otras aparentemente se nos han cerrado). ¿Fue un fracaso para Ignacio de Loyola su pierna destrozada y la rendición final de Pamplona?

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