Poemas sobre el horror

Jesús Lizano, David Jou, Enrique Moreno Castillo, José Ángel Cilleruelo, Eduardo Moga, Enrique Badosa, Lorenzo Gomis, Alejandro Duque Amusco
Jesús Lizano
MANIFIESTO POÉTICO
(Fragmentos) ¡En nombre
de todos los Caballeros
de la Poesía
que en el mundo fueron
llamo a todos los soñadores,
a todos los poetas
para manifestarnos
en la calle (¡la calle
es suya
y no de los voceras!)
frente a la lucha por el dominio!
¡A su horror! ¡A su locura!
¡Adelante la columna poética!
– – – –
¡Soñadores! ¡Poetas!
Frente a las víctimas inocentes
No llorar, no lamentarse:
¡que lloren los cocodrilos!
Luchemos para que acabe
la sed de dominio
causa de nuestra barbarie.
Salvemos nuestra mente
de todo lo ensombrecido.
¡No al racionalismo
que impide la libertad
de nuestro mundo íntimo!
¡No al irracionalismo
que la enloquece con sus símbolos!,
terribles enfermedades
no señaladas por los médicos.
¡Pobres de nosotros
en manos de los médicos,
los físicos y los metafísicos!
¡Qué saben
de nuestro sufrimiento,
de nuestro destino!
– – – –
Y no gritar: ¡“NO a la guerra”
sino a la lucha por el dominio
causa de todas ellas!
– – – –
Sólo desde la altura
de nuestro libre vuelo
podemos comprender las cosas
y comprendernos.
– – – –
¡A la conquista de la inocencia!


David Jou
A LAS VíCTIMAS DEL 11 DE MARZO EN MADRID

Desde la primavera que el terror os ha robado,
Cristina, Soledad, Felipe, Javier,
desde la madrugada en que acabaron vuestros sueños,
Laura, Trinidad, María Paz, Rafael,
desde el fin de vuestra busca de futuro y de trabajo,
Olimpia, Wieslaw, Yaroslav, Mohamed,
desde el joven esplendor truncado por el fuego,
Mari Carmen, Eugenio, Dolores, Miguel,
desde el súbito horizonte de la muerte a vuestro lado,
Esteban, Pilar, María José:
cuánta solidaridad impotente, cuánto llanto quebrado,
qué diluvio de tristeza sin remedio
sobre vuestras cenizas al viento o vuestras
tumbas cerradas!

¿Quién puso volcanes en mochilas?
¿Quién dio la palabra a las armas?
¿Quién sembró las semillas de la ira?
¿Quién concedió altavoz a la venganza?
¿Quién cegó al poder con la mentira?
¿Quién se embriagó con el fulgor de las batallas?

¿Quién apagará este incendio de odio?
¿Quién pondrá paz en este océano de sangre?
Begoña, Patricia, Miguel Ángel, Mercedes,
muertos inocentes en tantos pueblos y ciudades,
vuestros ojos lo piden, vuestro recuerdo lo merece,
nuestro dolor lo exige, vuestra muerte lo reclama.
Domingo de Resurrección, 2004


Enrique Moreno Castillo

TENEBRAE STUPEFECERUNT ME

Allí donde está todo de espaldas, alejándose,
sin un sabor oscuro de lo que era nosotros,
abajo, en lo perdido,
más allá de la hierba y las corrientes,
no, no aquí, sino fuera,
lejos aún de esta noche,
allí, bajo el repliegue de la ola sin sitio,
donde hay un sueño débil pero después no hay sueño,
sino piedras, terrones y la humedad doliente
donde reza el insecto su oración imposible
y el gusano desliza su ceguera obstinada,
pero aún la tierra tiene un dolor de raíces
y a veces, en su extremo
siente que la zozobra de un último cadáver
se aleja disolviéndose por ácidos de sombra,
y luego en lo cautivo, en el lugar en donde
las madres minerales musitan boca abajo,
están la muerte oscura y la demencia estéril,
y más lejos lo informe, el triste no haber sido,
donde los plegamientos
no saben que también ellos son de la tierra
y luego lo que ya sólo se hunde y se aleja,
donde ni lo más duro tiene ya un pensamiento,
y es lo mismo el silencio y el fango y el microbio,
donde nada respira y no hay hojas que caigan,
pues no hay hojas o aire,
ni un dolor en el sueño,
ni palabras,
ni labios ni columnas,
sólo miedo hacia abajo,
ni llamada, ni aire,
ni estancias,
ni eternidad ausente
ni memoria de espacio
o nada.


José Ángel Cilleruelo

JAIKUS DEL HENARES

También al sol
se le pegan las sábanas
en Alcalá.

Sin sombras sobre
Torrejón. Si clarea
rugen las erres.

En San Fernando
vence la luz del cielo
a las farolas.

Hay otras vidas.
Aún noche en los balcones.
Sueña Coslada.

Dijo que era
de Vicálvaro. Dijo
que no la olvida.

¿Quién lee a Bécquer
sentado en el andén
de Santa Eugenia?

Miro Vallecas:
nubes, bloques y pájaros
remolonean.

Pozo son ojos.
Pozo son lobos. Pozo
son sólo solos.

Pienso en la torre
gótica de Simancas
por Entrevías.

Pasillos llenos
en Atocha: me gustan
las multitudes.


Eduardo Moga
ASUNTOS COTIDIANOS

4 de abril de 2004

Un coche solo en una carretera nevada;
el olor de alguien que ha muerto en la ropa que ha dejado;
el sonido de un móvil en una habitación vacía;
un perro agonizante junto a personas que pasan;
una navaja clavada en un muslo;
una mano que aplasta a un insecto;
un ahogado arrojado a una playa;
un niño calvo y sin pestañas;
una mancha de sangre en el asfalto;
el silencio ante palabras de amor;
una salpicadura de ácido en un rostro insumiso;
un anciano que espera a alguien que no vendrá;
el insomnio;
la autopsia de un feto;
un mal poema;
una pintada nazi;
un dios que no existe, pero que mata;
las ruinas de una casa;
un tren eviscerado:
el horror.


Enrique Badosa
11-​M, MADRID, ESPAÑA, EUROPA

FUROR agazapado, iniquidad de súbito,
un puño de sevicia contra toda inocencia,
y quién en este abismo trabajó con las manos
avezadas a sangre, fuertes en la ponzoña.
Nos hunde las espaldas un fardo de tinieblas,
nos golpea los ojos un llanto para siempre.
¡El grito se nos clava en la garganta!


Lorenzo Gomis
EL HORROR ES UN MOMENTO

El horror es un momento
Ya no siento lo que siento

El horror visto por dentro
Va de la nada al encuentro

Cuando estalla el explosivo
Queda muerto el que era vivo

Pon horror en la memoria
Y pasarás a la historia

El horror es el vacío
Que traga lo que era mío

Es la boca de la muerte
Que te sorbe sin morderte

Oh Rorr oh Rorr Cuánta erre
Ya no cierra ningún cierre

El horror es ese grito
Que traspasa el infinito


Alejandro Duque Amusco

COMUNIÓN

Ahora
que he visto
y he tocado,
en medio del invierno,

la llaga
devorante,

el festín de la muerte,

no me pidáis
metáforas de luz.

Madrid, ciudad de amor,
rosa de sangre.

Oigo con pavor
el silencio
de los que no gritan.


ARDE EL INVIERNO

Ahora que hemos tocado
en medio del invierno
la llaga devorante, el festín de la muerte,
cobra forma real el verdadero Apocalipsis:
no el de corceles negros y los sellos
rasgados por un ángel de terrible trompeta,
sino este otro, de dolor punzante,
que se clava en la carne como un garfio,
fino estilete, sima del infierno.

Pero de cada rama mutilada
del árbol de la vida
nacen mil frutos nuevos,
y su copa feraz crece en la luz.
¿No habíais comprendido, leñadores del miedo,
que de verdad los muertos sois vosotros?
La ciudad vive. Y vosotros morís.
Una lluvia de mágicos anuncios
se derrama en la noche (no son lágrimas).
Es agua de un bautismo de esperanza,
de paz, de comunión, de fe, de entrega,
que recupera el corazón del hombre.

Madrid, ciudad de amor, rosa sangrante.

Comunión” y “Arde el invierno” son dos versiones sucesivas del mismo poema. Publicamos ambas por su interés poético.

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad