Mi biblioteca de pensamiento aforístico

Joan Guasp
¿Cómo llegué a los aforismos? No sé. Por mi cuenta y de manera inconsciente. En un principio, yo leía. Leía lo que se me ponía por delante. Leía y releía. Subrayaba lo que me llamaba la atención, que era bastante. Fui seleccionando las frases subrayadas. Las fui anotando en cuadernos. Cuanto más breves, más me entusiasmaban. Me parecía extraordinario que se pudiesen decir tantas cosas en tan pocas palabras. Iba aumentado mi colección de frases. Las releía una y otra vez.
Ellas me querían y yo las quería. Hice un amago de escritura de frase corta, lapidaria casi. Me salió. No me costaba ningún trabajo hacerlo. Sabía expresar mis ideas en pocas palabras. Bien. Estaba contento. Las enseñé a alguien y me dijo que aquello eran casi aforismos. ¿Aforismos? ¿Qué son aforismos? Para que fueran auténticos aforismos les faltaba pulimiento. ¿Qué clase de pulimiento? Un aforismo no es una simple frase corta, ni una máxima, ni una sentencia, ni mucho menos una greguería. Aunque una frase corta, una máxima, una sentencia o una greguería podían ser aforísticas.
Existen, me dijeron, autores aforísticos. ¿Dónde? ¿Quiénes son? Busqué, busqué y rebusqué. Yo ya tenía mi experiencia, aunque antes no fuera consciente de ello. Y me topé con ellos. Ahí los tenía, en mi propia casa, en mi propia biblioteca. Poco a poco separé la paja del grano.
Ahora se trataba tan sólo de permanecer con ellos. ¿Cómo eran? Divertidos. Se comunicaban conmigo a través de unos cuantos guiños y unas pocas palabras. Su pensamiento era fragmentario. Eran seres muy imaginativos. Eran espíritus poéticos, burlones, escépticos. Su escepticismo era lúcido, cáustico. Vi que los aforistas eran viajeros de su propio yo. Buceadores de las profundidades subterráneas y subacuáticas del inconsciente. De esta forma se convertían en homenajeadores del género humano. Porque el escritor aforístico está inmerso en la tradición humanista que va de los inicios de la filosofía a la confusión de este comienzo de siglo.
Porque toda la sabiduría aforística lo es por aproximación. ¿Por qué sentimos? ¿Y por qué sentimos lo que sentimos? Podemos deducir, podemos entrever y, sobre todo, podemos imaginar. Sobre el todo no sabemos casi nada. Aquí es donde entra en juego el aforismo y su magia. Mi amigo y maestro, Cristóbal Serra, aforista él mismo y estudioso del mundo aforístico, me ha enseñado a verlo así, a mirar por el ojo de la cerradura del misterio y a escuchar los ensimismados cuchicheos de los sabios solitarios: esos grandes aforistas. Su ejercicio de autoanálisis los lleva a realizar un viaje a la razón de la sinrazón.
Observándoles, quedé maravillado. Me dije que la aforística era una verdadera locura poética. ¿Qué más? Como diría Edmundo de Ory, las muletas del aforista, son el espanto y el humor.
Un libro de aforismos es siempre una caja de sorpresas. No sabemos qué nos deparará, si exceptuamos el placer intelectual. El aforista aspira a ser un director de conciertos desconcertantes en que todos los instrumentos están milimétricamente afinados. En su humildad, sabe que el aforismo es el más humilde de los géneros literarios ya que, sin esa humildad, el aforismo se convierte en máxima-​máxima o en imperativo sentencioso.
Un equipo de lujo. Haciendo un símil balompédico, voy a citar a mis once poetas locos del aforismo.

Ramon Llull
Obra completa
Un paisano para empezar. Catalán de Mallorca, como yo. Ramon Llull se merece estar en esta biblioteca de manera destacada. Fue el primer autor que dio carta de naturaleza a las lenguas vulgares, no sólo en el campo del pensamiento, sino también en el terreno literario. Llenó de poesía su actividad intelectual. Apeló a todas las estratagemas del arte con el fin de alcanzar sus elevados propósitos. El aforismo abunda entre sus textos. Una obra eminentemente autobiográfica. En ella se nos muestra su “peregrinación interior” permanente, propia de todos los aforistas. Ramon Llull es el autodidacta iluminado, tanto que pensó ser el elegido para escribir “el mejor libro del mundo”. Y murió creyendo que lo había hecho. Sin ningún método académico, después de haber superado los 30 años, se decide a adentrarse en su propio yo. Se prepara durante nueve años. Estudia, lee y escribe. Al final se da a conocer. Por fin se pone a predicar: ha de dar a conocer a los demás lo que ha aprendido. De sus largas meditaciones solitarias y de su diálogo con Dios surge su pensamiento. Tiene prisa. Quiere convencer a todo el mundo. De manera especial, a los poderosos, a los que pueden cambiar el rumbo de las cosas. Se inquieta al ver que su trabajo no da los frutos esperados. Pero continúa su itinerario. No deja de predicar. De escribir. La palabra de Dios, de la revelación interior, a través del hombre alucinado y borracho de amor, de ansias de verdad, se hace aforismo. “Uno no deja el creer por el creer, sino por el entender”. “Quien induce a su adversario a dudar, le acerca a la verdad”. “Si nos fuera posible demostrar nuestra fe, perderíamos mérito”.

Lao-​Tsé
Tao Te Ching
Todos los aforistas son excelentes poetas. Y puede que la obra de Lao-​Tsé sea más poética que aforística. Su pequeño gran libro, este Tao Te Ching, puede considerarse un breviario de poemas filosóficos que se nos ofrecen envueltos en celofán. Delicados. Delicadísimos. ¿De qué nos hablan? ¿Qué nos aconsejan? Pienso que nos invitan a la quietud, a la calma. Pero no a la pasividad. Porque, a pesar de esa invitación al sosiego, inquietan. Se trata de rebelarse hacia dentro, de interiorizarse y de encantarse en la insignificancia personal. No somos nada. No somos nadie. Y ahí está la mar​avilla​.Se dice que Confucio, preguntado por sus discípulos sobre la impresión que le habían causado las palabras de Lao Tsé al entrevistarse con él, contestó: “He quedado con la boca abierta y desde entonces no la puedo cerrar”. Así se queda uno al leer este libro. “Los contrarios se suceden. Consecuencia: no actuar, dejar a las cosas seguir su curso natural”. “El filo muy afilado no se conserva largo tiempo”. “Quien siendo turbio puede aclararse se aclarará lentamente con el reposo”.

William Shakespeare
Teatro completo
¿Shakespeare, aforístico? Por supuesto. Nadie tan aforístico como él. Durante muchísimos años pensé que el único aforismo suyo era el famoso “Ser o no ser, he ahí la cuestión”. Pues no. El propio Hamlet pronuncia centenares de otros aforismos. Incluso todo el teatro de Shakespeare es una sucesión inacabable de aforismos. Sueño de una noche de verano es una fiesta aforística. El mercader de Venecia es un drama aforístico. Machbeth es una tragedia en la que los aforismos sangran en cada escena. Aunque la lluvia aforística shakespereana la encontramos en Timón de Atenas, donde Apemantus, un filósofo cínico, dice de las suyas. Además, da la sensación que la mayoría de personajes se disputan la voz para ver cuál pronuncia más ingeniosidades. De ahí son esta muestra: “El pedernal no muestra el fuego que contiene antes de ser golpeado”. “Los hombres poderosos deberían beber con una armadura al cuello”. “El mundo no es más que una palabra”.

Georg Christoph Lichtenberg
Aforismos
A Lichtenberg le gustaba el teatro. Seguramente hubiera sido un excelente autor dramático, como Shakespeare, si se hubiera dedicado a ello. Sus aforismos demuestran que dominada el arte del diálogo artístico. La verdad es que escribió sus notas sin pensar en publicarlas: por eso le salieron tan redondas. Tan perfectas. Su espontaneidad le hace caer en la contradicción. Es el típico observador de sus propias entrañas, aunque hace ver que observa las de los demás. Tiene el punto de humor –a menudo melancólico– que le permite decir sin herir. Su estilo es el inicio de aquel que más tarde vino en llamarse realismo mágico. Y sus reflexiones van dirigidas al conocimiento de sí mismo, ya sea a través del autoanálisis o de la observación del mundo onírico propio. “La medida de lo maravilloso somos nosotros”. “Considerando las calamidades humanas, me parece un consuelo nada desdeñable que media onza de pólvora cueste apenas cuatro reales”. “Llevó a término la ocurrencia más feliz que jamás tuvo: se murió”.

Friedrich nietzsche
Así habló Zaratustra
Opino que los maestros del aforismo, y Nietzsche lo es sin duda, son aforísticos en toda su obra. Porque lo que los convierte en aforistas no es sólo el contenido, sino también el ornamento. Aquí me referiré, sin embargo, a un único título: Así habló Zaratustra. “Conozco demasiado bien a los que son semejantes a Dios. Quieren que se crea en ellos y que la duda sea un pecado”. Puede que no sea un aforismo estricto, pero algo aforística es esta diáfana ostensión. ¿Quién ha dicho que Nietzsche no tiene sentido del humor? Veámoslo en las “habladurías zaratustrianas”: “Bienaventurados los adormilados, porque ellos se dormirán en seguida”. “¿Acaso es culpa mía que al poder le guste andar con piernas cojas?” “Los pobres de espíritu son dichosos: sobre todo cuando se les da siempre la razón”.

Stanislaw Jerzy Lec
Pensamientos despeinados
¿De dónde sale este polaco? De la poesía. La sátira poética es el elemento donde más cómodo se encuentra. Estos “pensamientos despeinados” constituyen la suma de sus aportaciones aforísticas publicadas en diversas revistas literarias de Cracovia y Varsovia. Estos aforismos desgreñados le dieron fama y disgustos. Fue vigilado de cerca por el régimen estalinista, circunstancia que le convirtió en más rebelde y crítico todavía. En un subversivo. Posee un sentido del humor muy especial. Judío en su caso. Es precisamente el humor el que lo salva de males mayores. La risa interior lo salva. Stanislaw Jerzy Lec sí está a favor de la guerra. De la guerra contra la estupidez y contra la barbarie. Contra la mediocridad. Su pensamiento aforístico no se circunscribe a un tiempo y a un país, ni siquiera a una situación. “Estoy a favor de la tiranía: se debe obligar a pensar”. “Cada cual debe ser su propio ministro de asuntos interiores”. “Algunos búmerangs no regresan: escogen la libertad”.

Nicolas de Chamfort
Pensamientos, máximas y anécdotas
Ésta es su obra más importante. No llamó aforismos a sus notas. No debe sorprendernos. Ni él sabía que estaba escribiendo una prosa de tan elevado valor poético y filosófico. Ya se sabe que la humildad está en la base de este género. Sébastien Roch Nicolas de Chamfort escribió teatro. Se repite una vez más el parentesco entre poesía, aforística y teatro. Frase corta, verso conciso, diálogo relampagueante. Contención y laconismo. Dar en el clavo. Mordacidad e ingenio. Ése es Chamfort. “Goza y haz gozar, sin desdeñarte a ti o a los demás; a esto se reduce, creo yo, toda la moral”. “Quien carece de carácter no es un hombre, es una cosa”. “Los cortesanos no son más que pobres enriquecidos por la mendicidad”.

Joseph Joubert
Pensamientos
Otro francés. Joubert escribe para entenderse y, a la vez, para perfeccionarse. Al igual que Montaigne, de quien se siente discípulo. No sólo es un seguidor de la naturaleza de sus Ensayos, sino de su escritura discontinua y fragmentaria. De su empatía con los enciclopedistas nacería no sólo su autodisciplina, sino asimismo su salud precaria. A ello debemos su prosa aforística. Le resultaba imposible escribir una página entera de un tirón. Se fatigaba en seguida. Pequeñas notas. Pequeña vida de artista. Pequeño gran poeta del aforismo. Sus Cahierslo confirman. “La religión cristiana trata a los hombres como niños, y lo son”. “Donde no hay delicadeza no existe la literatura”. “Lo que caracteriza al poeta es ser breve”.

Karl Kraus
Escritos
Otro aforista a quien le entusiasmaba el teatro. Incluso como autor. Su gran obra fue una revista: Die Fackel (La antorcha), de la cual fue director, editor, distribuidor y único redactor durante 37 años. Uno de sus libros más conocidos es Contra los periodistas y otros contras. De él voy a escoger ahora mismo un trío de aforismos. “No hay original, si es mejor la copia”. “El periodista está estimulado por el plazo. Cuando tiene tiempo, escribe peor”. “Se prohíbe, con razón, toda sátira que entienda el censor”.

José Bergamín
Obra aforística
Aquí no podía faltar Bergamín. Y ojo: también es autor teatral. Tiene una decena de obras publicadas y representadas. Me cuesta creer esta coincidencia tan pertinaz en la mayoría de mis autores preferidos. Pero así son las cosas. José Bergamín escribe para divertir y para divertirse. Seguro. Y, sin embargo, no se limita a hablar por hablar. Sus “habladurías” están llenas de sabiduría. Esos ingredientes le convierten en el mejor aforista español del siglo xx y en uno de los aforistas universales más destacados. A lo largo de su vida escribió numerosos aforismos, la mayoría de ellos recogidos en diferentes libros: El cohete y la estrella, La cabeza a pájaros, El arte de birlibirloque, Mangas y capirotes y Aforismos de la cabeza parlante, entre otros. “Abominad de toda fuerza que no sirva para bailar”. “Nada como balancearse cadenciosamente en una hamaca, para comprender la inestabilidad de las cosas y de los hombres”. “Detrás de un patriota hay siempre un comerciante”.

Joan Fuster
Obra completa
Voy a terminar como empecé: con un catalán. Éste, del País Valenciano. Voy a hacerlo también con su obra completa. Fuster es el pensador más sagaz que ha existido en lengua catalana. Un humanista de genuina estirpe mediterránea. Busca siempre la complicidad irónica del lector. ¿Su obra más clarividente? Toda, pero podemos anotar Consells, proverbis i insolències, Judicis finals, Les originalitats, Diccionari per a ociosos. Me sorprende que no escribiera alguna cosilla de teatro, aunque todo su pensamiento es escénico. A diferencia de Llull, Fuster no tuvo vocación evangelizadora: lanzó sus cosquillas al viento y que fuera éste el encargado de esparcirlas. “Han inventado la hipocresía, ¿no? Pues harías mal si no te aprovecharas de ella”. “Las personas felices no tienen memoria”. “Que nadie se engañe: decir buenos días ya es hacer literatura”.

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