El Fórum de las Culturas bien merece un plátano

Jordi Pérez Colomé (Periodista)
Hoy es el primer día del Fórum. Mientras desayuno en un bar del centro de Barcelona, dos personas en la barra comentan las derrotas del Madrid y del Barça de ayer. Ante ellos tienen las portadas de El Periódicoy de La Vanguardia, en las que la noticia del día es la inauguración del Fórum de las Culturas. Cambian de tema y el camarero les dice que todos los accesos están bloqueados desde las nueve de la mañana. Yo, que no he seguido la charla, me asusto: ¿y ahora cómo llegaré al Fórum? Pero no, los accesos que están bloqueados son los del circuito de Cataluña en Montmeló, porque hoy hay carreras de Fórmula 1. El Fórum es noticia para los periódicos, pero en la calle de momento, no.
En el metro tampoco somos muchos. Son las once y pico y la mayoría baja en la parada de la playa (ha amanecido con sol). Los que quedamos, pocos, bajamos en la nueva estación del Fórum.
Cuando salgo, la primera sorpresa: no hay colas. Entro con mi pase de prensa sin esperar. Hace una media hora que han abierto y dentro somos poquitos. Lo pregunto a un miembro de la organización, con corbata, y me dice que no es que seamos pocos, sino que la gente está muy repartida por todo el recinto. También dice que hay que esperar a la tarde. A continuación se lo pregunto a una chica de atención al público. Sonríe sorprendida y cree que sí, que somos pocos. Hay disparidad.

¿QUÉ HAGO?
Al entrar a uno le asalta la duda. ¿Qué hacer? ¿Dónde ir? La Vanguardiarecomienda hoy más de 20 cosas: desde marionetas o acróbatas a exposiciones y teatro. Me decido por lo que parece más suculento, las exposiciones permanentes. Son cuatro: “Ciudades, esquinas”, “Voces”, “Habitar el mundo” y “Los guerreros de Xian”.
Lo de las esquinas es precisamente eso, esquinas. Al entrar hay unas cuantas esquinas curiosas de todo el mundo con reproducciones en cartón que imitan la forma original. La estrella de la exposición son tres maquetas de ciudades de varios metros. Los carteles están en un rinconcito y nadie los encuentra. El juego al que se dedican los primeros asistentes es adivinar qué ciudades son. Una es fácil: Manhattan (destacan dos cubos de cristal que imitan las desaparecidas torres gemelas), la otra es del siglo xix y no levanta interés: es Estrasburgo. El problema es la tercera. La gente discute: ¿Chicago? ¿Londres? Algunos creen ver una pequeña torre Eiffel y aseguran que es París, pero la mayoría cree que es Barcelona y buscan desesperados el Fórum o la Sagrada Familia, pero pronto desisten al ver que nada encaja (no hay mar). La mejor propuesta la oigo en tres señoras:
–Ya lo tengo –exclama una. Han reunido varias partes de ciudades de todo el mundo. Ahí está Barcelona, luego París, eso es el Central Park y aquello el Empire State. ¿Esto del Fórum no va de esto, de unir cosas? Pues eso es lo que han hecho, unir diferentes ciudades.
Las señoras pasan al lado del minúsculo cartel donde pone que es Tokio –sin verlo– y se van tranquilas con su idea.
Al lado de las esquinas está la segunda gran exposición: Voces. Es sobre las lenguas de todo el mundo, y se ve que la más cara de la historia de España (seis millones). Es un lugar circular con grandes pantallas alrededor donde hablan gente en todas las lenguas del mundo: mursi, aranés, bugis, estonio. El problema es que, como reconoce una vigilante, a causa del ruido ambiente, no se oye nada. Sin embargo, descubro que hay cuatro millones de hablantes de bugis en el mundo y sólo uno y pico de estonio. Las explicaciones sobre cada lengua están en catalán, castellano, inglés y francés. En bugis, a pesar de ser cuatro millones, no hay.
A la salida unos teclados traducen frases entre las cuatro lenguas oficiales del Fórum. Una chica teclea: “Buscate un lugar para dormir” y la máquina dice que en francés se dice “Buscate un endroit pour dormir”, y en inglés “Buscate a place to sleep”. Faltaba el acento. Comunicarse no es tan fácil.
Fuera doy con las tres señoras de la maqueta de Tokio, que por móvil dan sus primeras valoraciones: “Muy, muy interesante, y hay muy poca gente; tampoco han mirado si el pase de temporada es nuestro”. Supongo que quieren dejárselo a familiares para que entren gratis.
Camino de la tercera gran exposición, doy con otra: “El mundo donde nos gustaría vivir”. Son propuestas de niños de escuelas, casi todas de Cataluña. Las frases son conocidas: “¿Tienen más valor el dinero y el petróleo que las personas?” o “¿En una guerra gana alguien?”
Al salir dos chicas de la organización se encuentran y se miran con cara escéptica. Se animan mutuamente: “No, por la tarde vendrá más gente, ya verás”. Por la tarde no vino más gente. Pero los días siguientes el Fórum ha ido animándose. Ahora, a finales de mayo, el público se acerca ya a las previsiones iniciales.

SE PUEDE SABER QUÉ ES
Más allá están la jaima y la plaza de los talismanes. Aquí hay un montón de puestos con mesas para comer y un sinfín de espacios con pequeñas exposiciones sobre banca ética, comercio justo, violencia contra las mujeres. Además, a lo largo del paseo por el recinto, uno se topa con juegos, con espectáculos, con un trenecito. Está lleno de miniatracciones.
En la plaza, sentados en unas mesas dos parejas de unos 50 años disertan sobre el Fórum. Una de las mujeres lo tiene muy claro: “Es muy difícil explicar qué es esto del Fórum. Porque ¿qué es? Es esto”. Y señala a su alrededor. La mujer se muestra convencida y los otros parecen quedar pasmados de su habilidad en la definición: el Fórum sólo se entiende viéndolo.
Su marido, sin embargo, prefiere hablar de algo más sencillo: “Los guerreros de barro esos son lo mejor; son unas estatuas de soldados que vienen de Japón”. “No , de China”, le aclaran. “Bueno, pero fíjate, son de antes de Cristo y las descubrieron hace muy poco”. Lo que es rigurosamente cierto. Esta es la tercera gran exposición. Hay doce figuras del ejército original, que tiene varias docenas. Pero causan una buena impresión.
También en la plaza central, un poco más allá, tres jóvenes amigas hablan sobre qué es el Fórum. Es uno de los temas del día. Una da una lección magistral: “Es un punto de encuentro para gente de todo el mundo para que hablen de tres cosas: paz, diversidad cultural y sostenibilidad. Y los espectáculos y las exposiciones son para que los visitantes se encuentren estos temas ya masticados y vengan para pasar un rato, porque sino no cuela”. Las dos compañeras callan en señal, supongo, de asentimiento.

CÓMO VIVIR AQUÍ
La otra gran exposición es “Habitar el mundo”. Empieza de un modo tétrico, con afirmaciones temibles del tipo “En un año se consume el petróleo producido por la tierra en un millón de años. En el 2050 se acaba”, o “500 compañías controlan el 70 por ciento del comercio mundial y el 30 por ciento del PIB”. Todo acompañado por tétricos dibujos de El Roto.
En la sala siguiente, junto a planos y fotos del mundo visto desde satélites, hay un marcador impactante: el de la gente que somos en el mundo, y se actualiza cada segundo. Avanza a un ritmo de más de una persona por segundo. Si uno lo mira con atención le absorbe un sentimiento imparable de que, ¡Dios mío!, esto se está llenando (el primer día los humanos de este mundo éramos 6.391.299.000 más o menos; dos días después: 6.391.803.000, crece sin cesar, no para). Debajo del marcador general, está el de nacimientos y muertes diarios. Cuando yo lo miraba, a las dos y pico del mediodía, los nacimientos llevaban ya casi 203.000 y los muertos eran “sólo” 84.000.
El resto de la muestra mueve a la esperanza, como debe ser. Nos cuenta cómo serán las ciudades sostenibles del futuro y nos da consejos sobre qué debemos rectificar en nuestra vida diaria: “Más no es mejor”. Ante unas manzanas que simbolizan la simplicidad una señora dice: “Sí, yo con una manzana ya me conformo”.
A la salida de la exposición gente del todo el mundo nos espeta desde una pantalla que “tú decides” qué mundo quieres. Hasta una china nos dice “ni jueding” y un alemán “die Entscheidung ist deine” o un inglés, más claro, “it’s up to you”.
Aún no he comido y ver ver, ya lo he visto todo. Aún me queda la tarde para pasearme entre los montones de cositas y tropezones que llenan el recinto, sin olvidar los espectáculos. Así que para verlo, un día basta y sobra. Para admirar cada esquina con pausas, conviene algo más.

ME COMO UN PLÁTANO
Mientras hago cola para la comida, una chica me toca el brazo: “¿Tú eres periodista?”
–¿Yo, por qué?
–Te he visto por ahí preguntando.
–Sí, bueno, ¿no se podía hacer? ¿Por qué me lo preguntas?
–No, por nada, soy de la organización. No pasa nada.
Y se va. Me quedo sorprendido: ¿me habrán vigilado? En el Fórum, si preguntas, eres periodista.
Me toca pedir la comida. Escojo unos pinchos morunos y unas verduras a la plancha. No están mal. Luego vuelvo al puesto a por el postre. Yo lo que quiero es un pastel de queso –con colorantes y grasas saturadas – , pero veo unos plátanos un poco chuchurríos que parecen mucho más ecológicos y sanos. Movido por el espíritu del Fórum, animado por la simpatía de los trabajadores del recinto, intento yo mismo colaborar a hacer un mundo mejor y a cuidarme y me como un plátano. Decido que en la frugalidad de un simple plátano se condensa lo que la buena gente que ha montado este Fórum quiere de mí. Así que hoy el Fórum para mí es un plátano, la mar de rico. El Fórum quizá no hará un mundo mejor, pero a mí me ha animado a comer un plátano, lo que a mi abuela le costaba mucho de conseguir.

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