¡Hoy en Bruselas hará sol!

Anna Terrón i Cusí (Eurodiputada por el Partit dels Socialistes de Catalunya desde 1994)
Me levanto. Pronto muy pronto. Suena el despertador cuando apenas hace unas horas que me había acostado. Miro por la ventana y todavía es oscuro. Me digo a mí misma, para obligarme a salir de la cama: ¡hoy en Bruselas, hará sol! ¡Tiene que hacer sol! Suerte que ya preparé la maleta anoche. Reviso: pijama, traje chaqueta, chubasquero (imprescindible), gorro, bufanda y guantes, libro de lectura amena y papeles, muchos papeles. Algunos ya los he leído durante el fin de semana. El resto, los leeré en el avión. Cuando llego al aeropuerto, me encuentro ya con varios compañeros de nuestro querido «panadero» (así llamamos al primer avión de la mañana con dirección Bruselas, que llenamos entre diputados, funcionarios, y demás especímenes que nos conocemos al dedillo el entramado comunitario). Después de comentar los últimos acontecimientos del fin de semana, oímos los lamentos de aquellos que –¡pobres!– tienen la desdicha de vivir en ciudades no capitales y cada semana tienen su odisea particular para llegar a una hora decente el lunes por la mañana a la capital comunitaria.
Bajo una lluvia incesante, me dirijo del aeropuerto directo a la Rue Wiertz, en el centro del barrio comunitario donde se ubica el Parlamento Europeo. Aunque hace años que trabajo ahí, aún me sorprende la magnitud de este armatoste, necesario sin embargo, para acoger a los más de 700 diputados actuales, sus ayudantes, colaboradores y una Secretaría General con unos 3.500 funcionarios, seleccionados por oposición en todos los países de la Unión.
El Tratado de Roma (1957) ya estableció que el Parlamento Europeo representa a «los pueblos de los Estados reunidos en la Comunidad». ¡Y ahí estamos! Representando pues ya en estos momentos a unos 450 millones de europeos de 25 países. ¿Cómo lo hacemos? Nos distribuimos por grupos políticos y nos organizamos por comisiones y delegaciones, ya fuere en calidad de miembros titulares o suplentes. Así, yo pertenezco al Grupo Parlamentario del Partido Socialista Europeo, soy miembro titular de la comisión de Libertades y Derechos de los Ciudadanos, Justicia y Asuntos Interiores, y miembro suplente de la Comisión de Industria, Comercio Exterior, Investigación y Energía, mientras que también soy miembro de la delegación para las Relaciones con los Países del Mashreq y los Estados del Golfo.
A lo largo de dos semanas participo en las reuniones de las comisiones parlamentarias donde se prepararán los trabajos de las sesiones plenarias. Voy arriba y abajo. Es un no parar. Me reúno con colegas de mi partido y de otros, de mi comisión y de otras, de mi nacionalidad y de otras, con grupos de lobbies, con funcionarios, con representantes de gobierno y un sinfín de colectivos de ciudadanos europeos que pululan por diversas razones por los pasillos de nuestra institución. Y sí, a pesar que apenas nos damos cuenta, resulta que en cada rincón del Parlamento se oye hablar un idioma distinto. Y con marcados acentos. Así se puede oír un austriaco compartiendo mesa con un belga hablando en francés, al igual que un español esforzándose para hacerse entender en alemán con su interlocutor que es de Munich. ¡Otra cosa que enriquece esta Europa que estamos construyendo entre todos! Pero es obvio que nuestros meses, al igual que el del resto de los mortales, no duran sólo dos semanas. Una tercera semana, una vez preparadas las valijas administrativas, maletas de nuevo y ¡hacia Estrasburgo falta gente! Resulta que el Parlamento Europeo tiene su sede allí. Es más, por razones históricas, el Parlamento dispone de tres lugares de trabajo: Estrasburgo, Bruselas y Luxemburgo. Se trata de las tres ciudades donde se instalaron, las instituciones europeas tras su creación. Durante la semana de Estrasburgo, tenemos sesión plenaria donde se realizan las votaciones. Antes de que se proceda a las votaciones, los grupos políticos examinamos los informes de las comisiones parlamentarias en función de su orientación política, y con frecuencia presentamos enmiendas. La cuarta semana está dedicada a las reuniones de los grupos políticos. O sea, no paramos ni un segundo.
Durante los días laborales tengo otra familia: mis colegas de trabajo que, al igual que yo, han dejado sus familias en su lugar de origen y con quien acabo cenando en un restaurante griego, italiano, turco o japonés, pero siempre, si puede ser, ¡bueno!, después de una intensa jornada de reuniones, encuentros, entrevistas, discursos, preparación de informes y enmiendas, preguntas parlamentarias y demás durante la cual he intentado argumentar, pactar, negociar o buscar soluciones o alternativas. No siempre resulta una tarea fácil puesto que hay muchas batallas y campos de discusión, mucho camino por recorrer y mucha gente con la que ponerse de acuerdo pero esto supone, a su vez, un reto importante y motivador. Me siento respaldada por el resto de mis colegas que llevan una vida paralela a la mía y que no me miran raro cuando después de cenar se me enciende la luz y digo: ¡Mañana a primera hora en Justus Lipsius hay una reunión JAI para determinar la composición del Eurojust justo cuando tengo que reunirme con los de REGIO!
Dicho esto, han sido los 10 años más interesantes de mi vida. Se aprende a hablar con todos, a poner palabras donde había guerra… No echaré de menos el rito, pero si el trabajo y el entorno. ¡Viva la UE!

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