Tanta pejiguera no puede ser en vano

Luis Suñén (Crítico musical)
Que cómo me imagino el cielo, quiero decir el Cielo. Vaya pregunta. La verdad es que así como tengo una imagen clara de la Resurrección –el cuadro de Stanley Spencer que está en la Tate Britain en Londres– nunca me he imaginado el cielo. Es más, con los años, he ido teniendo una idea cada vez más abstracta que tiene que ver con la imposibilidad material de meter a todos los justos en el mismo sitio y con la posibilidad de una felicidad definitiva en la que me cuesta ver a algunos. El problema es que no creo en el infierno lo que hace más difícil la selección de los salvados, pues tampoco creo que deban serlo todos. El purgatorio me parece bien como ducha general obligada. Lo que pasa es que las manchas, en el fondo, son las mismas, pues muchos son –o somos– malos según nuestras posibilidades. Los hay que no son peores porque no pueden y se conforman con jeringar al vecino, pero la intención es como la de los grandes malos de la historia.
Por eso debo imaginar un cielo sin Hitler, sin algún que otro banquero de esos a los que no les tiembla la mano a la hora de decidir que alguien se vaya a vivir bajo un puente, y soportaría la presencia de algún semejante si los dos quedáramos tan limpios que no nos acordáramos de nada. Creo que era Graham Green quien decía que, como tampoco creía en el infierno, a los enemigos de la humanidad simplemente se les suprimiría. No, no puede haber un cielo en el que las malas personas convivan, al grito de que me quiten lo bailado, con quienes han pasado dignamente por este bajo mundo. Pero, ¿y los que dedican su vida a Dios y asumen privaciones? Yo –que me bloqueo cuando se me acerca un pobre– no puedo valer a esos efectos lo mismo que Carlos de Foucauld o que Teresa de Jesús. A ellos no les importaría, pues fueron felices en su vocación de entrega absoluta a Dios y ello conlleva la falta de ambición, pero yo me sentiría mal a su lado, por mucho que ya fuéramos espíritus –y carne– puros.
Me gustaría, eso sí, llegar al cielo de la mano de un ángel, del mío, de ese que nos echa una mano cuando vamos a tropezar y que tanto placía a Rilke. Que me preparara –manes del Cardenal Newman– antes de verme cara a cara con ese Dios que habrá de reñirme un poco, supongo, y al que, sin embargo, siempre he imaginado físicamente –no por nada de la Trinidad siempre me he quedado con el padre, quizá porque el hijo me da miedo, porque no soy digno de presentarme ante quien me puso las cosas tan claras y a quien yo engañé como hacen los niños.
He perdido la fe en crear el cielo en la tierra y ni siquiera la revolución, en la que creí, me parece hoy el camino hacia la igualdad. Así que o hay cielo o la cosa está francamente fea, porque vivir para que esto se acabe después de tanta pejiguera da dolor. Agnóstico y volteriano, la verdad es que lo tendría crudo si imaginara el cielo y la salvación tal y como me enseñaron un día los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Por eso tengo que pensar en aquello de la infinita misericordia de Dios. Lo que llevo peor, ya lo he dicho, es la asignatura de convivencia celestial. No puedo ni pensar en compartir el cielo con algunos que yo me sé. Y, de ellos, todos se creen que van a ir allí directos nada más palmarla. Confusión de confusiones.

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