Los príncipes merecían más

Luis Suñén
La boda, ay la boda. Qué no habremos oído de la boda, bueno o malo en estos días. Yo no la vi, he de decirlo, porque tenía otra boda más cercana que celebrar, lejos de aquí, en esos mismos días. Le pedí a mi madre que me la grabara en vídeo porque creo que esas cosas, por muy republicano que se sea, hay que verlas. Además a los príncipes se les notaba muy enamorados y esas miradas no suelen contemplarse de ordinario, ni entre la aristocracia ni en las gentes del común. Andaba yo volando a Estados Unidos ese día y, al llegar, me encontré con un editorial del New York Times en el que se alababa la forma de producirse de la corona española, con el punto de comparación de la británica, siempre más envarada y últimamente metida en líos. Como al que oye Suspiros de España en tierra extraña, la cosa me hizo sentir un cierto orgullo que disipó por un momento mis dudas –mi seguridad, quiero decir– acerca de tanto boato.
El buen gusto de la Casa Real lució, sobre todo, en materia de música, allí donde no metió la mano Monseñor Rouco, que había encargado las pinturas que coronan el altar de La Almudena a un aficionado que dijo haber ayunado y hablado con el Papa antes de plagiar y –lo que es peor en su caso– de autoplagiarse. Qué falta de gusto la del que hizo el encargo y qué poca vergüenza la del que lo aceptó. Sonaron en la iglesia, como estaba previsto, grandes músicas de compositores grandes –Morales, Victoria, Arriaga, Mozart, Handel, Bach– que demostraron a quienes siguieron el acto que la solfa ayuda a la devoción cuando la contiene. Bastaría cerrar los ojos e imaginarse en un ámbito más íntimo, en una pequeña iglesia del centro de Alemania, en la de las Descalzas Reales de Madrid para hacerse una idea de cómo esa música encierra por igual la carnalidad del alma –los renacentistas españoles– y la espiritualidad de la carne –Mozart, por qué no. La Reina, que es una gran aficionada, debió estar detrás de todo eso y acertó. Hasta el Asturias, patria querida sonaría estupendamente, con lluvia incluida, frente a la fachada de la catedral más fea del mundo.
El Ayuntamiento de Madrid, y eso que ya no está Alvarez del Manzano a su frente sino el culto Ruiz Gallardón –descendiente de Isaac Albéniz – , regaló música a los novios: una piececilla de Nacho Cano que puede comprarse en los grandes almacenes, como la otra, como la buena. Hubiera sido mejor otro regalo, más que nada porque la comparación surgía enseguida. Pero, lamentablemente para la pareja, ese regalo no se puede, como decimos los madrileños, descambiar. Quedará para siempre como la música que el pueblo de Madrid ofreció a quienes le hicieron el honor de compartir su felicidad en la calle. Aunque no se oiga nunca, lo que parece bastante razonable. El autor no tiene la culpa, pues da de sí lo que da, ni más ni menos, y pensar en que podría haber compuesto otra cosa es perder el tiempo. Queremos los Juegos Olímpicos, decimos que somos una ciudad moderna, que tenemos no sé cuántos museos de primera clase, que la capitalidad merece un tratamiento especial, pero a la hora de hacer un regalo a los herederos de la corona nuestros ediles meten la pata. Mejor hubiera sido un chotis, para que lo bailaran en un ladrillo, como hacían mis padres en la verbena de San Antonio de la Florida. q

Revistas del grupo

Publicidad