El mochilero es ligero

Jordi Pérez Colomé (periodista)
El mochilero es el turista que viaja con mochila. Suele ser una mochila de montaña, de colorines y grande, de esas que van desde la coronilla al final de la columna vertebral. ¿Pero cómo es el mochilero? No es esta una pregunta que uno se haga todos los días. Pero yo conozco a alguien que podía saberlo con detalle. Jennie y Félix llevan más de 30 años correteando por el mundo mochila en ristre, cual exploradores intrépidos. Su vida, diría, es una mochila.
Les pregunté y en un certero email me escribieron esto: “Un mochilero es una persona que viaja de modo independiente y tan ligero y barato como sea posible; tiende a escoger sus destinos donde encuentra gente parecida, sin tener en cuenta el intrínseco interés del lugar.”
Es clara, limpia. Si algún día, la Real Academia pensara incluir la definición de mochilero en su diccionario, esta no desentonaría. Empieza con “un mochilero es una persona”. Los mochileros cuidan los intereses de los demás, que no se molesten, así que un mochilero no puede ser un hombre o una mujer, sino una persona. Perfecto. Y continúa con las que son las claves del mochilero: independiente, ligero y barato.

SOMOS INDEPENDIENTES
El mochilero en sus viajes quiere hacer lo que le apetezca. No quiere saber nada de nada de grupos ni guías. El mochilero sabe dónde se acuesta hoy, pero no mañana. El rumbo del viaje puede cambiar en cualquier momento. Hace unos años, venía desde Kansas, donde había pasado quince días, luego pasé por Denver y Colorado Springs. Son todos lugares muy parecidos, sosos. Mi próximo destino era Santa Fe (Nuevo México). Ahí estaba toda mi ilusión: Santa Fe, creía, debe tener un centro histórico monísimo, con edificios coloniales. Llegué en autobús en siete horas de trayecto desde Colorado Springs y primero tuve que encontrar el albergue, en el 1600 Cerillos Road (aún me acuerdo porque tuve que preguntarlo 20 veces, y pronunciando Cerillos en inglés, que creo que era algo así como “sérillous”). Una vez allí, corrí hacia el centro, eran las cuatro de la tarde: sería un pueblo mexicano, con tabernas y adoquines. Cuando llegué, era un decorado cartón-​piedra: la fachada sin nada detrás. Vendían helados y pulseritas. Al día siguiente a las siete de la mañana salía en bus hacia el Gran Cañón. Mi plan inicial era pasar tres días en Santa Fe.

EMPECÉ CON 17 KILOS
En la mochila caben pocas cosas, y como cada cual debe cargar con la suya, uno procura llevar cuanto menos mejor. Con los años he agudizado mis aptitudes para cargar menos ropa y menos de todo. Empecé a los 20 años con unos 17 kilos (una mochila a tope en la que mi madre tenía mucho que decir), pero ahora a los 28 años ya voy por los 12 kilos, con la mochila medio vacía. En los viajes andar media hora con los kilos a la espalda ayuda a descubrir qué es imprescindible en la vida y qué no. Así que con el tiempo he afilado tanto mis necesidades que ahora paso un mes con un solo calzado exterior (llevo también unas sandaliuchas para evitar hongos), dos pantalones, un jersey, ocho camisetas, una toalla multiuso mediana, un neceser pequeño y ropa interior. Las lavanderías son básicas. Colgada hacia delante llevo una mochila más pequeña, de escolar, para libros, documentos. Parezco un bocata de mochilas.

LO BARATO ES BUENO
El mochilero va de barato. En esto han coincido todos a quienes he preguntado qué es un mochilero. Hay una razón evidente, el mochilero es joven y dispone de escasos ingresos. Pero hay mochileros mayores que también gastan poco. Jennie y Félix lo explican mejor: con una cantidad de dinero X, el mochilero quiere viajar cuantos más días mejor. La longitud de los viajes es importante ya que el viaje en transporte público necesita tiempo.
Para que sean baratas, las comidas tienen que ser sin muchos manteles ni cristales de bohemia y las noches en albergues u hoteles poco bucólicos. En un albergue pagas una cama en una habitación con gente de tu sexo. Yo he dormido en cuartos de cuatro camas y en cuartos de más de veinte (el que más en Oxford). Los baños y duchas son tipo vestuario, unos más limpios, otros menos, como en todas partes.
En estos albergues, uno encuentra a la “gente parecida” de la que hablan Jennie y Félix. Me viene a la memoria Adam, en la cocina del albergue de Savannah, en la costa de Georgia, también en Estados Unidos. Adam era un judío norteamericano de unos 40 años, recio, que sudaba mucho, barrigón y bonachón, con un bigotillo fino y gafas. Recuerdo que se acababa de separar de su mujer en Chicago, quien se había quedado los dos hijos que tenían, que había cogido una bicicleta y un saco de dormir y que había empezado a pedalear hacia el oeste, hacia California. Cogía pequeños trabajos para ir tirando. Una vez allí dio media vuelta y se dirigió al sureste, donde tenía familia cerca de Atlanta. Adam sabía hacer de todo, y creía que el hombre que no sabe construirse una casa con sus manos no sirve para nada. Lo que mejor recuerdo de su relato fue su paso por Phoenix. Allí trabajaba todo el día secando los coches que salían de un túnel de lavado, por la noche iba a un buffet de comida china y luego entraba en un cine a ver dos películas en sesión continua. Entonces cogía la bicicleta y salía de Phoenix hacia el desierto que rodea la ciudad donde tendía su saco y dormía a la luz de la luna. Todo un poco peliculero, pero son cosas que allí pasan.
Para alguien curioso como yo, estos encuentros son fructíferos. La gente te explica su vida en un plis y luego no los ves más. ¿Qué más se puede pedir?

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