El viaje es entusiasmo

Montserrat Obiols (asistenta) y Joaquim Gomis (escritor)
Montserrat Obiols
Cuando intentaba reflexionar sobre lo que representaba para mi viajar, el porqué me agrada desde siempre y le doy preferencia ante otras cosas, sin tener muchos medios económicos, leí en una entrevista al escritor Rafael Argullol que decía: “La idea de fondo es que viajar consiste en salir fuera de nosotros para mirarnos”. La frase me gustó y pensé que algo de verdad había en ella. Mirarnos…

ES PARA UNA ILUSIÓN
Es para mí una gran ilusión. Ilusión por conocer otras personas, mujeres, niños, ancianos especialmente, su manera de vivir, el país y paisaje que les permite expresar sus mil matices. Conocerlos.
Tengo una lista siempre preparada de los países que deseo conocer. Pero acepto sugerencias, ideas y viajes de amigos y familia. Con una característica, no calculada pero repetitiva: que sean países de cultura e historia muy diferentes, diría antiguas, como India, China, Egipto, Grecia, Perú, Brasil, México o África central. Inmediatamente escojo el país donde ir. Mentalmente ya había imaginado y tomado nota antes. La misma ilusión y curiosidad me lleva a querer conocer lo que estoy pensando: miro mapas, preparo rutas aunque sé que difícilmente se cumplen. Tengo la duda entre dejarme llevar por lo que me ofrezca el viaje, o prepararme más sobre la geografía, talante político del país, historia. Con la edad me gusta más leer antes alguna escritora o escritor representativo del país. Por ejemplo, ahora, a Selma Lagerlöf y Marianne Fredriksson sobre Suecia. Pero si es un país más primitivo y de cultura muy distinta, prefiero leer después.
Otras veces ha sido la historia de una determinada zona, por ejemplo Extremadura, Carlos I y el monasterio de Yuste, los conquistadores, Pizarro, Cortés, y el hecho de conocer como asistente social de Cornellá a muchos inmigrantes extremeños, me llevaron a preparar el viaje y una ruta muy concreta.
Finalmente la emoción del viaje. Siempre recordaré la emoción al llegar a China. Me gusta encontrar a gente diferente, observar, establecer contactos, llevarme recuerdos. Nunca se olvida un país visitado, siempre lo quieres, le sigues.

RESERVAR O NO RESERVAR
Esta es una cuestión de difícil cumplimiento, quiero decir que casi siempre tienes que renunciar a algún aspecto del viaje que te gustaría: el escoger entre una agencia que te prepare el viaje y ruta en grupo, o el ir por libre con la reserva de mínimos, o hacerlo en coche. En general a lo largo de la vida, sobre todo de joven, predomina el viaje en grupo de amigos, algunas veces con las únicas reservas de los vuelos aéreos. Es un viaje difícil y a veces conflictivo, pero interesantísimo. Otra forma ha sido a través de una actividad, por ejemplo un encuentro europeo de corales, conviviendo con sus familias.
Tengo que confesar que siempre busco un espacio o tiempo para recorrer sola alguna parte de una ciudad o un país.
Viajar en coche para distancias más o menos cercanas es también muy agradable. Preparas las rutas, lugares precisos y escogidos, el ritmo que deseas. O viajar libremente a ciudades como París, Praga, Londres, Roma, Venecia, Florencia con solo la reserva de transporte y hotel.
Otra experiencia interesantísima de viaje es la de un hermanamiento entre poblaciones, generalmente en grupo, a través de alguna ONG. Es estar cerca, tocar la realidad de las personas y el país, además de sentirte estimado, respetado y muy cercano a ellos.

Y A LA VUELTA ¿QUÉ?
Los años que sin ser demasiado consciente escogí países más pobres, de vidas más difíciles y de muy diferentes concepciones, que te llevan a veces a no entender lo que observas, formó un cúmulo de datos, de rebeldías, de injusticias, que no sabes qué hacer con ellas, hacia dónde dirigir. Me preguntaba a mí misma qué podría aportar, cómo dar salida a estas experiencias ante sus necesidades. Por eso hoy pienso que por suerte, quizás a través de ONG se pueden entrelazar ambos objetivos: viajar, conocer las personas y sus formas de vida, e intervenir más directamente. Pero por encima de todo, cada viaje me aporta un enlace muy directo con el país y las personas. Nunca más podré ignorar nada de ellos, sigo los hechos culturales, políticos actuales. Siempre los querré, creo que puedo y me gusta entenderlos y, a mi manera, son un poco míos.
Quizá, como dice Rafael Argullol: “En la experiencia profunda del viaje, ocurre al revés que en nuestra vida: todo va a un tiempo lento que te da profundidad”, “cuando más conoces, más austera es la mirada”. Yo añadiría que me aporta conocimiento, comprensión y comunicación y quizás me sirve para mirarme, para entenderme, para aprender. Jaoquim Gomis
Me gustaría compartir el entusiasmo viajero de mi mujer. Pero todos los humanos tenemos nuestras limitaciones (y algunos, más). Revivo, recuerdo como algo que me ha enriquecido y encantado, mis viajes, especialmente los que he hecho con ella (el entusiasmo es contagioso). Por ejemplo, el recorrido por el río Negro, en la Amazonia brasileña, en un sumario barquichuelo, aunque más las divertidas mulatas –tanto jóvenes como mayores– de Salvador de Bahía. Es curioso, es sintomático: de mis viajes me quedan mucho más grabados los recuerdos de las personas que los paisajes o monumentos (siguiendo con el ejemplo brasileño: más el indito callado que guiaba el barquichuelo, con una mirada llena de serena curiosidad ante los turistas allí reunidos, que las admirables cataratas de Iguazú). Y si del Brasil –o de México, donde escogería para ciudad donde vivir Oajaca, en la que conocí a la indita Ester que vendía chicles de hierbabuena– saltamos a Praga, otra admirable ciudad, reconociendo que nos encantó pasear tranquilamente por ella, que lo rememoramos frecuentemente escuchando un CD con los mismos intérpretes de un concierto al que asistimos en una de sus iglesias, sin embargo lo que mejor recuerdo y más me impactó fue una larga conversación en un solitario parque con un profesor hispanista checo, Josef Forbelsky, antiguo colaborador de El Ciervo: su encendida reivindicación de que ellos no eran subeuropeos “del este” sino plenamente europeos, con su larga y rica cultura.
Son ejemplos. Aunque todos, y otros que podría citar, vistos desde el recuerdo posterior. Me gusta recordarlos, alguna cosa honda han dejado en mí, comparto lo que explica mi mujer sobre que siempre te queda un interés especial, cordial, para seguir lo que en aquellos países sucede. Pero todo ello no consigue anular mi problema personal. Ya sé que es irracional, que en mis viajes no he tenido ningún problema grave –que los contactos previstos para nuestros desplazamientos por México llegaran siempre con largo retraso podía inquietarme y quitarme el sueño, pero luego comprendí que era el pago de sumergirse en su modo de vivir– pero sea como sea lo que no he conseguido es superar mi pereza, temor, incluso a veces pánico, antes de emprender un viaje.
Y debo confesar que no sé exactamente el porqué. Ya he explicado en otras ocasiones, en estas páginas, que un servidor es Tauro, y me excuso por repetirlo. Es para justificar que le encanta la madriguera de su casa y le cuesta salir de ella, como si fuera acecharan oscuros peligros. O es que simplemente es perezoso y toda supuesta aventura le provoca rechazo. Sea como sea, el lector fácilmente constatará que es contradictorio lo que he dicho antes, sobre el buen recuerdo de mis viajes, con la pervivencia de mi resistencia, temor, falta de entusiasmo ante la preparación de otros de ellos. El lector no lo entenderá como tampoco yo le entiendo. Ya me dije, al iniciar esta pequeña aportación, que todos los humanos tenemos nuestras limitaciones. Y esta es una de las mías, evidentemente irracional, aunque me temo que incurable. Lo consulté a un psiquiatra amigo y, como hombre tan comprensivo como práctico, renunció a buscar profundas causas y me recetó unas pastillas: me las tomaré antes de mi próximo, dentro de quince días, viaje a Estocolmo (de nuevo la contradicción: me apetece pero estos quince días previos no serán para mí buenos días…, aunque luego, si hay ocasión, es probable que les explique lo bien que me lo pasé).

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