La cárcel no sirve para reinsertar

Conversación entre Elisabet Almeda, Joana Rubio y Marc Rovira.
La conversación la llevó a cabo el equipo de El Ciervo formado por Jordi Pérez, periodista, y Jordi Delás, médico.
Jordi Pérez: Una encuesta reciente en California muestra que el 60 por ciento de los ciudadanos creen que la prisión para delitos relacionados con drogas o contra la propiedad no sirve para nada. Más bien al contrario, hace reincidir al preso. ¿Estáis de acuerdo?
Marc Rovira: Yo estaría parcialmente de acuerdo. La cárcel es un medio poco terapéutico y difícilmente rehabilitador.
Elisabet Almeda: La pregunta de esa encuesta es esencial, porque un 90 por ciento de los hombres y un 97 por ciento de las mujeres que están en prisión es por drogas o delitos contra la propiedad. Para mí, con mi experiencia de investigadora, el encierro de un toxicómano o de alguien que ha delinquido contra la propiedad (que muchas veces está motivado por la droga) en una prisión hace imposible su reintegración en la comunidad. Así que pienso que no sirve de nada privar de libertad a una persona enferma –que eso es en el fondo lo que es un toxicómano.
Joana Rubio: A mí me parece patético que a estas alturas de siglo no se nos haya ocurrido otra forma de satisfacer a la sociedad cuando alguien ha delinquido que la de castigarlo en un espacio cerrado. Eso lo aísla de la sociedad y en muchos casos le impide volver a sentirse parte de ella. Cualquier solución que pase por privar de libertad a una persona me resulta muy primaria. Obviamente, el objetivo del encierro es evitar que la persona vuelva a delinquir y reeducarla según las pautas de comportamiento que la sociedad considera adecuadas. Pero lo que ocurre es que esa buena fe inicial no va de la mano del resultado final. Dentro, lo único que un preso hace es relacionarse con gente con otros problemas, y ya lo dice el saber popular: sale sabiendo más que cuando entró.
E. Almeda: Los legisladores españoles perdieron en el año 95 con el nuevo código penal una oportunidad de desarrollar medidas alternativas a la prisión, algo que desde los años 70 se está haciendo en toda Europa, incluidos Portugal o Grecia. Son medidas que el juez puede aplicar como una alternativa antes de la sentencia firme. En España ese Código Penal del año 96 contempla sólo tres o cuatro medidas alternativas que se están aplicando muy poco y que no tienen mucho sentido. El problema básico es que las prisiones son invisibles en nuestro país. Desde la democracia, se han hecho cosas en salud, en educación; en cambio, en las prisiones como mucho se han mejorado las infraestructuras, pero ¿cuántos profesionales hay en prisión? Un psicólogo por cada 300 mujeres o dos educadores por cada 250 presas. Según la ley penitenciaria, la finalidad de la prisión es reintegrar, pero los profesionales de tratamiento son una minoría y les faltan recursos. Así que la cárcel no reinserta y si alguien lo consigue es a pesar de la cárcel. Y además las cárceles están más llenas, ya que cada vez se criminalizan más conductas.

CADA VEZ HAY MÁS PRESOS
Jordi Delás: Es una espiral creciente: cada vez ingresa más gente en prisión. En Cataluña, por ejemplo, cada mes ingresan cien nuevos reclusos. Tendríamos que preguntarnos qué pasa. Una posible respuesta sería que hoy hay sistemas más eficaces de detención, como la policía, o que las nuevas tipologías de delitos, como el ecológico o el énfasis contra los delitos contra la mujer o económicos, hacen aumentar los reos. Pero no es significativo. La verdadera reflexión debe ser: ¿hacia dónde vamos? Si habláramos por ejemplo de vender coches estaría bien si día tras día vendiéramos más. Pero con presos, no. Debiera ser al revés. La vida real se está ‘delincuentizando’, si se puede decir así, con todo lo que ello implica por ejemplo de costes y de mantenimiento de los derechos de estas personas. La reflexión pues debe ser: si cada vez tenemos más gente en la cárcel, es que algo no va bien. La mayoría de delitos nuevos viene por dos circunstancias: los cometen extranjeros o están relacionados con la droga. Deberíamos intentar que las cárceles dejaran de ser un tema tan sensible en la sociedad y conseguir analizarlo con frialdad para ver que no se puede seguir así y que hay que buscar alternativas.
J. Rubio: Me gustaría señalar un cuestión importante. Las modificaciones del Código Penal han criminalizado muchas actuaciones, por ejemplo, un abandono de familia, es decir, el impago de una pensión de alimentos también está penalizado con prisión. Parece que ésta fuese la única medida posible.
E. Almeda: Y encerrar hoy a una persona en España cuesta 1.800 euros al mes. Con ese dinero se podrían desarrollar tres o cuatro alternativas por persona mucho más baratas.
J. Rubio: Es justamente lo que decía. Políticamente es muy rentable criminalizar determinadas actuaciones legislativamente.
E. Almeda: Por cierto, cuidado con decir que los extranjeros incrementan la población penitenciaria, porque aunque representen ya el 25 por ciento, su delito principal es ser ilegal.
M. Rovira: En centros preventivos hay muchos más. En el centro penitenciario de hombres de Barcelona, diría que hoy los preventivos –los que están en espera del juicio– extranjeros son un 70 por ciento. De los ingresos que hago en la cárcel los sábados la mayoría de ellos están detenidos por delitos contra la propiedad o por delitos relacionados con el mundo de la droga. Con el problema añadido de la falta de intérpretes.
E. Almeda: Sí, pero esos son preventivos. Si tú miras los penados, cambia. Es ahí donde está la trampa. Los presos penados extranjeros no son el 70 por ciento, sino el 25, que igualmente es mucho, porque hace diez años eran sólo un 8 por ciento.
J. Rubio: Y es más si lo comparas con la población extranjera en España, que representa el dos por ciento.
J. Delás: Corregidme si me equivoco pero parece más fácil acabar en la cárcel si eres extranjero que si eres español. Porque a veces hay gente que no puede pagar una multa de 200 euros y en consecuencia tiene que ir a la cárcel. Aquí cualquier familia se hubiera apañado para conseguir ese dinero. Así que diría que quizá es más fácil que acaben en la cárcel por su falta de recursos.

LA CÁRCEL PERJUDICA LA SALUD
J. Pérez: Habéis dicho que dentro de la prisión, las cosas normalmente empeoran. ¿Por qué?
E. Almeda: No es tan fácil, no se puede decir así. Mejor decir que si uno se reinserta, no es ‘gracias a’ sino ‘a pesar de’ la cárcel. Es decir, se reinserta por la familia, porque unos profesionales le han ayudado, ha conseguido un taller. Para reinsertarse al salir es básica la red, en el sentido de comunidad, aquel que tiene un amigo, la vecina, la tía, la pareja.
J. Pérez: ¿El sistema penitenciario tiene poco que ver en la recuperación del preso?
E. Almeda: Es que la prisión tal y como está hoy en día tiene unos efectos inherentes perversos: encerrar a alguien crea problemas psicológicos anexos, lo que se llama la ‘prisionalización’. La prisión ya es negativa en sí misma, y si encima los presos proceden de ambientes marginales o excluidos –donde la igualdad de oportunidades no existe – , en lugar de reintegrarlos y darles herramientas, crea problemas.
M. Rovira: Privar de libertad es una forma de muerte, ya que restringimos uno de los principios de la dignidad. Hay una mala profesionalización dentro de los centros, seguramente porque hay un sentimiento de frustración. Yo sería incapaz de trabajar los 365 días del año. Una anécdota que me pasó en la guardia de 24 horas del pasado sábado, de unas 80 asistencias. De esas 80, la única que fue una urgencia, la realicé a un enfermo de artritis séptica a las dos de la madrugada, cuando el funcionario no sabía si despertarme o no para atenderle. Y era necesario porque el chaval estaba a 39º de fiebre. Mientras, las otras 79 asistencias fueron problemas relacionados con medicación psicotrópica o problemas que justificaran la baja en celda para que los presos pudieran quedarse en ella en lugar de salir al patio a pleno sol. Desde un punto de vista sanitario nuestro rol consiste en tutelar la salud del interno, y esto implica la supervisión de las sanciones. En ocasiones te identifican como elemento represor, ya que en tu mano está el disculparlo de cumplir determinadas órdenes regimentales por motivo de salud.
E. Almeda: Tendríamos que distinguir también entre las cárceles pequeñas, generalmente antiguas, y las macrocárceles. Por ejemplo, la Modelo, cárcel de 1904 para 700 presos, tiene hoy recluidos a unos dos mil y pico: siete por celda. A pesar de ello, y lo he visto en mis investigaciones, algunos presos prefieren ir a la Modelo porque tiene la inercia de las viejas cárceles, que funcionan desde hace mucho tiempo, que están en el centro de la ciudad, que facilitan la reinserción y, por sus dimensiones, permiten más contacto entre los mismo internos y se crea un sentido de comunidad. Al contrario, las macroprisiones de la década socialista de los 80, como Quatre Camins, Brians, Alcalá de Guadaira, Topas, Brievas o Soto del Real –con capacidad para unas 1.500 personas– son cárceles con tecnología punta, un control muy riguroso. Aquí no hay contacto entre los carcelarios y los presos o entre los mismos internos.
M. Rovira: La población de internos dentro del centro de preventivos es más dinámica, y también hay una distribución en comunidades en función de su origen, que les permite una mayor sociabilización. Dentro de las galerías de la Modelo están las subpoblaciones de los paquistaníes, de los magrebíes, etc.

UN DÍA EN LA CÁRCEL
J. Pérez: ¿Cómo es un día en la vida de un preso?
E. Almeda: Al preso primero hay que colocarlo en primer, segundo o tercer grado; la mayoría está en régimen ordinario o segundo grado.
J. Pérez: ¿Los grados dependen del peligro del preso?
E. Almeda: Sí. Pero la mayoría van al ordinario –el segundo. Habitualmente su régimen de vida es el siguiente: se levantan hacia las siete y media, desayunan y después participan en talleres o la escuela –que es quizá lo que funciona mejor – , a muchos presos les sirve para aprender a leer y escribir. Por la mañana hacen también algún programa de toxicomanía o deportes con el equipo de tratamiento. Luego, cada galería tiene su propio patio y comedor. Todo está clasificado.
J. Rubio: Hay que explicar que un preso preventivo –a la espera de condena– no está calificado y consecuentemente, no tiene acceso a las prestaciones de la prisión ni puede acceder a todos los espacios. El preso que cumple una condena en firme, con juicio, pasa a formar parte de la población penada, con su estadística cruda. Entonces tiene ya su baremo y liquidación de lo que ha cumplido y lo que le queda. Recuerdo la primera vez que leí una hoja de liquidación de condena, me recordó un extracto de un banco y decías ¿pero estoy hablando de días de vida de una persona?
J. Pérez: ¿Y la actividad que hace cada cual en la cárcel la escoge el preso?
E. Almeda: No. Lo escoge el equipo de tratamiento. A ver, en una cárcel está el equipo de régimen, que son los que tienen básicamente el objetivo de hacer cumplir la custodia y la disciplina. Y luego está el equipo de tratamiento, cuya finalidad es organizar las actividades y los programas para conseguir la reintegración. Este segundo equipo está formado por un psicólogo, un médico, un criminólogo, un educador social, un trabajador social y un monitor de deportes, y algún otro profesional. Cada uno de estos equipos lleva aproximadamente 200 presos.
J. Pérez: ¿Y el equipo de tratamiento qué hace?
E. Almeda: El médico entre otras cosas receta medicamentos, pero el psicólogo y el criminólogo cogen a cada uno de los presos y por ejemplo les dicen: ‘A ver, tú estas en la cuarta fase de tu condena de segundo grado. Ahora puedes ya salir de permiso, aunque como no has cumplido lo que acordamos –falta de visitas, sanciones disciplinarias, falta de asistencia al taller-​, tienes una sanción’.
J. Rubio: Tiempo atrás, cuando no se ganaban tantos votos diciendo que alguien cumpliría toda la pena, existía una condonación de la pena, mediante la que por cada día que cumplías condonaban dos. Con la aprobación del código el año 96, se restringió esta situación y se transformó en la fórmula: ‘Cuanto más activo seas, más te condonaremos’, aunque parece ser que no fue acompañado de un incremento de las actividades. No hay mucha oferta de actividad y además están alejadas de la realidad social.
J. Pérez: ¿Y a partir del 96 cómo se hace la reducción de pena?
J. Rubio: Existen una serie de trabajos y cursillos con los que uno parece ganar créditos. Pero no tantos como antes.
E. Almeda: Y eso que es un código penal aprobado por los socialistas en el 95. Los delitos contra la salud pública pasaron de seis a nueve años. Así, el pequeño tráfico de drogas que en muchos casos cometen las mujeres está mucho más penado.

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