Europa merece un sí

Lorenzo Gomis
‘José Manuel Barroso. Encantado de conocerles.”
El nuevo presidente de la Comisión Europea arrancaba la risa de los periodistas de Bruselas al anunciarles que simplificaba su nombre para facilitar las cosas. En Portugal el que ha sido primer ministro hasta hace poco es José Manuel Duro Barroso, pero no encuentro en mi teclado el signo que lleva la a de Durao. Así como Oliveira Salazar era Salazar y con más razones aún, José Manuel Durao Barroso será José Manuel Barroso. Europa pide sacrificios y los europeístas convencidos creen que los sacrificios merecen la pena.
Una de las primeras preocupaciones de Barroso ha sido que cada uno de los veinticinco países de la nueva y ampliada Unión Europea tengan un comisario en la Comisión Europea. Sólo uno, podrán lamentar Alemania o Francia. Tendremos comisario, podrán decir satisfechos Malta o Chipre. Claro que la comisaría de los grandes será más decisiva e importante que la de los pequeños, pero todos tendrán igualmente un comisario y no más que uno. “Las cosas que merecen ser hechas merecen ser mal hechas”, decía Chesterton. Las cosas que merecen existir, merecen no ser perfectas. El ser humano, por ejemplo.
¿Por qué merece existir la Unión Europea? ¿Por qué merece que digamos que sí a sus proyectos fundamentales, aun imperfectos? El proyecto de Constitución que nos pondrán a refrendar puede no ser perfecto ni mucho menos, pero será la primera Constitución que tendrá Europa, y ahora que se habla de reformar la Constitución española y algunos Estatutos de autonomía, comprendemos que para que algo se perfeccione necesita existir. En su día votamos la Constitución española y los Estatutos de autonomía. No se puede mejorar lo que no empieza por existir.

Yo estoy convencido, por ejemplo, de que la Europa que conocemos y queremos no hubiera llegado a ser la que es sin la influencia del cristianismo en su gestación. Pero en vista de las dificultades para ponerlo por escrito ya me conformé cuando leí en el prólogo que Europa se inspira también en “tradiciones religiosas”. Las cosas no dejan de existir por no verse explícitamente reflejadas en los textos oficiales. Ni este punto, ni lo poco satisfactorio del reconocimiento hasta ahora de la lengua catalana, más hablada que otras más oficiales, me impedirá dar el sí a Europa. Dar el sí a la Europa imperfecta.
¿Cuál es la razón fundamental? La razón fundamental es la realización en un amplio espacio geográfico e histórico de lo que hasta ahora ha sido en la vida de los pueblos una utopía: la paz. La Unión Europea ha nacido después de dos cruentas guerras mundiales y como reacción. Ha nacido para que en Europa no hubiera más guerras y sus habitantes se sintieran ciudadanos de una misma Unión. La voluntad de los europeos que concibieron la idea y dieron los primeros pasos era hacer un lugar sin guerras, un espacio de paz. Un lugar sin fronteras, en que se circula libremente de un sitio a otro. Y casi todos hemos aceptado ya compartir una misma moneda. Los ingleses todavía cuentan en libras esterlinas, pero es de esperar que un día hagan con la libra lo que los franceses han hecho con el franco y los alemanes con el marco y los españoles con las que llamamos ya antiguas pesetas. Nos hemos dado cuenta de que podemos compartir la unidad monetaria con los demás europeos.
No más guerras entre países europeos, ni tampoco en el interior de ellos, las llamadas guerras civiles, o mejor inciviles. He estado leyendo este verano las memorias de un militar y agitador político español muy simpático y muy buen escritor, Nicolás Estévanez (18381914), que llegó a ser diecisiete días ministro de la Guerra durante la Primera República y vivió cuarenta años exilado en París. Y me detuve un momento pensativo cuando vi que aludía a “uno de los más hermosos episodios de nuestras guerras civiles”. Yo no sé si hoy llamaríamos hermoso a un episodio de una guerra civil. Prefiero otra frase que encuentro en las mismas memorias: “En los períodos de agitación, nada separa más a las personas como la política”. Y la guerra es un período de máxima agitación. En otra página encuentro al fin la conclusión que buscaba: “La guerra civil, esa calamidad abrumadora…” De esa calamidad nos aleja también Europa.

Los que están pensando en votar no a la Constitución europea no se proponen renunciar a los beneficios que gozamos desde que pertenecemos a la Europa política y económicamente unida, aunque pretenden seguir siendo europeístas diciendo y recomendando decir no. ¿No será un poco infantil ese no? Las llamadas “ayudas europeas” parecían maná caído del cielo que no debiera agradecerse a nadie. Ahora tocará estar entre los que contribuimos en vez de entre los que recibimos, porque en la Europa de los 25 estaremos ya entre los ricos en vez de estar como hasta ahora entre los que tendíamos la mano. Europa es solidaridad. Para practicar la solidaridad internacional hay que empezar por aceptar modestamente la solidaridad europea. Y hasta hay motivos para sentirnos más europeos cuando ya estemos entre los que damos que cuando recibíamos con aire distraído.
Cuando vemos guerras interminables y poco recordadas en África podemos desear que un día una África unida logre también acabar con sus guerras intestinas. Cuando los noticiarios nos abruman diariamente con los muertos palestinos o israelíes en torno de la ciudad santa de Jerusalén nos extrañamos de que tantos seres inteligentes y generosos no acierten a encontrar una fórmula política de convivencia. La fórmula existe en el mundo y es Europa. ¿Cómo no darnos cuenta? ¿Cómo poner por delante inconvenientes menores?
La política europea es política de consensos, tolerancias y esperas. En Europa no ha sido raro parar los relojes hasta que se hallara una fórmula de consenso, hasta que el diálogo diera los frutos que cabe esperar de él. Los partidos europeos, aunque tengan dentro los diputados que han hecho campaña en partidos nacionales, son más flexibles y tolerantes que los nacionales. Saben repartirse la presidencia del Parlamento y encontrar otras mil fórmulas de arreglo y convivencia. Necesitamos, esto sí, mejor información del horizonte europeo. He estado leyendo para un trabajo el Financial Times y he visto mucha más información europea que en los periódicos de acá. Barroso era un nombre repetidamente presente en los titulares. Leemos de paso algún día que un 70 por ciento de nuestra legislación procede de Bruselas, pero ¿cuándo nos lo habían dicho?
Ojalá el refrendo europeo nos ayude a ser ciudadanos europeos consecuentes. El mundo es mejor con una Europa constitucionalmente unida, porque hay más espacio de paz.

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