¡Hay un periodista en el colegio!

Jordi Pérez Colomé.
Periodista
EL INSTITUTO SIRVE PARA VER A LOS AMIGOS
Alas ocho y cuarto empieza la clase de lengua española de 3º de ESO A en el Instituto Estela Ibèrica de Santa Perpetua de la Mogoda (Barcelona). Hoy toca el tema 4.4.2: el complemento indirecto. El profesor escribe una frase en la pizarra: “Braulio compró un regalo a mi cuñada”. Y explica que el complemento indirecto es siempre un sintagma preposicional, en este caso “a mi cuñada”. El interés de los 20 alumnos del aula por tal complemento es dudoso.
En esta clase normal hay un infiltrado, un periodista –que soy yo. El profesor, José Ángel, no me ha presentado al entrar y simplemente me ha invitado a sentarme entre los alumnos, que tienen 15 años. Sólo acomodarme, los dos chicos que tengo al lado se presentan: “Yo soy Adri”, “y yo Edgar”, dicen. Me ven un poco raro y me preguntan mi edad: “28 años”, respondo, sin mentir.
Adri me mira muy sorprendido:
–¿Cuántas veces has repetido?
Sonrío y contesto que no, que no soy un alumno. Observo que en el cuaderno de Edgar sólo está escrita la frase de la pizarra, mientras que el profesor no ha parado de explicar. “¿Pasas de lo que dice?”, le pido. “No, yo me quedo en la cabeza con todo”. Al ver sin embargo que yo tomo nota con afán periodístico en un cuadernillo minúsculo, me ofrece generoso una hoja de su gran libreta: me quiere ayudar.
Edgar se pasa un papelito con Nicole, detrás suyo. En su inocencia, puedo atisbar que él le ha preguntado por escrito quién cree que soy. “Un inspector”, ha escrito Nicole.
En seguida, el profesor me llama a su lado y me presenta: “Es periodista y ha venido a ver qué hacemos aquí cada día”. Se oye algún murmullo. “Ahora me ha pedido si os puede hacer unas preguntas; podéis responder lo que queráis, ya lo sabéis, no importa que yo esté aquí”. Es verdad que no importa. Los chavales dirán grandes trastadas sin inmutarse por la presencia de los profes.
Mi primera pregunta es si les gusta venir al cole. La respuesta son varios noes. Sin embargo, alguna chica se defiende: “A mí sí que me gusta, porque para estar todo el día encerrada en casa”.
Desde el sitio del profesor se advierte enseguida la distribución de grupos de esta clase. A la derecha hay cinco chicas, las listas: serán las que me responderán con seriedad. Al otro lado del pasillo, están los tres revoltosos –curiosamente donde me había sentado yo. Estos tienen claro que están aquí para pasar el rato: son los que contestarán en cachondeo. No son malos chicos, más bien ingenuos. Lo único que tienen claro es que su futuro no pasa por seguir yendo al colegio. Pero deben estar ahí sentados hasta los 16 años y eso es lo que hacen (alguno me reconoce incluso en voz alta que nunca hacen los deberes, ni tan siquiera se lo plantea).
Entre ambos extremos está, digamos, la clase media, la mayoría. En este grupo algunos tienden hacia las listas y otros hacia los revoltosos. Y aún al fondo, quedan los aislados, son dos chicos que hablan entre ellos pero que en la media hora que estaré preguntando no mostrarán ni el más mínimo interés. No conseguiré aclarar muy bien por qué.

Estar sentado cansa
Sigo con mis preguntas: ¿qué asignatura os gusta más? Esta la responde Adri: “Patio y gimnasia; porque, no te creas, estar sentado cansa”. Los demás no opinan. ¿Y cuál os parece más útil? Adri insiste: “La gimnasia”. Pero hay más, alguien grita: “¡tecnología! ¡inglés!” Pero uno de los revoltosos –que son en general de un humor mucho más agudo– se defiende: “¿Para qué voy a aprender inglés si en toda mi vida no voy a salir de España?” Otro le acompaña en su escepticismo: “¿Para qué voy a estudiar tanto si el único que me va a contratar es mi padre?” La opinión del padre tiene seguidores muy fieles: “Mi padre trabaja en Panrico y no tiene ni idea de lo que es un sintagma preposicional. Y trabaja igual”.
Aprovecho para pedirles por su futuro. Aquí las listas se lucen: “Cirujana”, “ingeniera industrial”, “policía criminalista”. Pero los revoltosos siguen con su lección de ironía: “Antidisturbios”, “jefe de algo” u otro que grita “yo, abogado” mientras el profesor me susurra: “Este que quiere ser abogado no ha aprobado una asignatura en su vida”.

Somos los tontos
Suena el timbre, se levantan y se van diciendo “adiós”. Ahora iré a 3º C, que tienen francés y la profesora no ha venido. Los del C son el grupo de repaso. Cuando entro ya ha corrido la voz: “¡Este es el periodista!”, oigo.
El profesor me presenta de nuevo. Cuando acaba, uno de ellos resume la presentación de los alumnos: “¡Nosotros somos el grupo de los tontos!”
Esto de los tontos tiene su explicación. Desde que se implantó la ESO –la educación obligatoria hasta los 16 años en lugar de hasta los 14 – , hay alumnos que a pesar de que no quieren seguir estudiando deben ir a clase por ley. Los profesores, ante la nueva ley, tenían dos opciones: o dejar a buenos y malos estudiantes juntos (y sálvese quien pueda), o separarlos para que uno de los grupos fuera a un ritmo más lento y todos pudieran obtener el graduado escolar a los 16 años. No es por tanto el grupo de los tontos: más bien son los desganados –junto con algún gamberrete. De hecho, el claustro de profesores se las ve y desea para decidir quién va al “grupo de refuerzo” y quién no. Van alumno por alumno. Tienen que meditar si a uno le servirá más estar con las estudiosas o al contrario le vendrá mejor estar con menos alumnos por clase. A pesar del esfuerzo de todos para no discriminar a nadie, inevitablemente, los alumnos y sobre todo sus padres se toman mal el ser enviados al grupo de repaso. Hay padres que lo entienden y hay padres que no, como en todas partes (más tarde me enteraré que determinados colegios no usan este recurso para no herir la sensibilidad de los padres). Lo que está claro es que casi nadie en esta clase seguirá en el instituto para hacer bachillerato y luego universidad.
Es lo primero que pregunto en este 3º C. ¿Qué queréis ser de mayores? Los que levantan la mano quieren ser peluqueras –tres chicas – , una esteticienne, un albañil –“como mi padre”– y un camarero. Cuando pregunto quién quiere ir a la universidad, sólo seis de diecisiete levantan la mano. Y lo hacen con dudas. Les pido también si les gusta venir al cole. Muchas risas, pero pocos noes. Es decir, les gusta. Desde la tarima se ve un grupo de chavales la mar de majos; pura inocencia. Confiesan la verdad sin temor: “Los fines de semana no hago nada” o “me los paso tumbado en el sofá”. El profe escucha estas preferencias a mi lado.

El director quiere verme
Entre clase y clase, mi contacto en este instituto, el profesor José Ángel, me dice que el director quiere verme. Hay un periodista en el instituto y el director quiere conocerlo. Es lógico. Acudo al despacho con un ejemplar de El Ciervo como obsequio; José Ángel me acompaña. Saludo al director y nos sentamos. Le ofrezco la revista y la empieza a hojear, mirando a cada página ambas caras, una a una. Hace que sí con la cabeza: “Es una revista seria”. Me parece que suspira aliviado y le confirmo en su impresión: “Sólo he venido a ver cómo es un día en el instituto. Y la verdad es que estoy sorprendido de lo bien que funciona.” El director asiente y siento que en el fondo se convence y ve que soy buen chico. Y que a pesar de ser periodista, no voy con mala intención. Sigo por tanto con mi visita.
Me quedan los de 3º B. Esta clase es más homogénea. Las listas no lo son tanto y los menos estudiosos se esfuerzan más. Una de hecho lamenta necesitar tanto trabajo para obtener el título de graduado que otros consiguen más fácilmente (se refiere a los del grupo de refuerzo, que van a un ritmo más pausado). También están las listas que se quejan de “estar todavía en inglés por el verbo to be”, aunque para otros eso del verbo to be no es tan fácil.
Aquí me encuentro también con un gracioso profesional, que saca punta a todo lo que digo: “Mi padre me enchufará de paleta”, espera. Pero el que encuentra más seguidores es el que dice que de mayor quiere “ganar pasta”; “claro, claro” repiten voces sueltas. U otro más práctico: “Yo quiero ser profesor de educación física porque soy el mejor en gimnasia”. No en vano, gimnasia es votada también aquí como la mejor asignatura, aunque las chicas se decantan por tecnología. Alguna, no sin sorprenderme, dice que prefiere “las lenguas” y otra “mates”. Hay de todo.
Cuentan que se acuestan hacia las doce, la mayoría por obligación paterna. Hay bastantes que dicen ver poco la tele y que prefieren el ordenador e internet para pasar el rato. Por las noches de fin de semana algunos cuentan que les dejan salir hasta las dos o las tres. Pero solo por el cámping o por el pueblo de Santa Perpetua. Y debe ser verdad, porque cuando uno dice que él “va a Pachá” (una discoteca de moda) hasta las seis, todos le abuchean por “bocas” y “chulo”.
Sobre si les gusta venir al cole, las risas de siempre. Aunque nadie dice que no. ¿Por qué? Una chica responde: “Sería muy aburrido estar todo el día en casa”. Se oyen voces: “Es verdad”, “sí”. Parece que todos coinciden: ir al cole es más divertido que quedarse en casa.

Las manchas se contagian
Ha llegado el recreo. Los chicos juegan a fútbol, las chicas hacen corros y charlan. Veo a un grupo de ellas que rodea a un profesor; parecen nerviosas. Me acerco a ver. “Nos han salido manchas en las manos”, “¡mire, se contagia!”, claman. Todas tienen las manos llenas de puntitos negros. El profesor de física y química (que luego me enseñará el espléndido laboratorio del instituto lleno de probetas y microscopios; y hasta de corazones, riñones y cerebros de ovejas para diseccionar que él quiere mostrarme y yo prefiero no ver) las atiende con atención. Parece preocupado. Y las chicas insisten.
Es evidente que son puntos hechos con un rotulador –manchas de tinta. Como el profesor parece caer en la trampa, me atrevo a intervenir: “¡Pero si son manchas de tinta que os habéis hecho vosotras!” Uy lo que he dicho: con una sola voz, al momento, todas se giran hacia mí y gritan que si estoy loco y ciego o qué. Agitan sus manos llenas de puntos ante mi cara y repiten que se contagia y que quieren irse para casa. Está claro que no me tienen miedo ni tampoco mucho respeto (no debo saber imponerme mucho).
Siguen defendiendo que es muy peligroso y que se contagia. Los profesores –ahora ya son dos– parecen tirar pelotas fuera pero nadie dice que son manchas de tinta. La verdad es que su insistencia ya me hace dudar. No consigo ver en la cara de ninguna de ellas –unas seis– un inicio de sonrisa que las delate. Viene un tercer profesor que también duda. Al final, al ver que no consiguen su objetivo, cejan en el empeño. Nos desprecian abiertamente por incrédulos. Pero ninguna ha reconocido que era tinta. Qué admirable capacidad de mentir.
Por una ventana veo a lo lejos, fuera del colegio, a dos chicas que se van. Pregunto dónde van y me dicen que “deben ir a buscar algo que se han dejado en casa”.

¡Habla bien de nosotros!
Ahora toca el crédito variable. Yo iré a ver a los que hacen teatro. Aunque más que teatro es expresión corporal. Antes de entrar una chica le pide al profe que la deje salir media hora antes porque su primo pequeño le ha dicho que le quieren “cascar” y no ha encontrado a nadie que le defienda. Así que tendrá que ir ella. El profesor le da largas: “Ya veremos, ya veremos”.
En teatro se lo pasan muy bien, ríen mucho. El profesor me cuenta con satisfacción que con esta asignatura han conseguido que una chica marroquí que había llegado hacía poco fuera menos tímida. También ven que los chicos se relacionan con más facilidad con las chicas y que las distancias de las aulas quedan abolidas. Es como un remanso de paz y alegría. La verdad es que se les ve disfrutar, divertirse como niños corriendo por la sala.
Yo ya me voy, son las dos. Me despido y ellos se despiden. Uno, desde el fondo, me pide un favor: “¡Habla bien de nosotros!” La verdad es que no me han dado ningún motivo para no hacerlo. Al contrario.

DE LA REVOLUCIÓN A LA PAZ DEL LABORATORIO
En el colegio Juan XXIII de Bellvitge me recibe el director, Pepe Menéndez. “¿Qué quieres ver?”, me pregunta. Caramba, qué amabilidad. Me aturullo y resulta que no sé exactamente qué quiero ver; un poco de todo quizá: alguna clase de varios cursos, el recreo, alguna actividad extraescolar. Este Juan XXIII es un colegio enorme: acoge de primaria hasta bachillerato, ocupa una manzana entera.
Después de recorrer varios pasillos, empezamos la visita por un curso de 1º de ESO, que tienen 13 años. Les hago una de mis preguntas, si les gusta venir al cole: “¡Noooo!”, gritan al unísono. Es el no más rotundo que me he encontrado. Se ve que cuanto más pequeños menos ganas de ir al cole tienen. Les respondo el argumento que más he oído entre los mayores –que en casa se aburrirían– y de réplica me lanzan una andanada de consolas, televisiones, juegos y no sé cuántas cosas más que podrían hacer en casa. Estos no quieren venir al cole ni para hacer gimnasia; sólo les gusta el patio. Y aún.
Los dos que más hablan, que como siempre tienen pinta de ser los más revoltosos, de mayores quieren ser mecánicos. Luego hay un biólogo marino, que parece tímido, pero que de tan clara que tiene su vocación quiere dejar constancia pública de ello. Los demás miran al biólogo marino con cara de qué-​dice-​este-​ahora y guardan silencio.
De aquí paso a 3º de ESO, de 15 años. Aquí el elemento revoltoso es una chica. Es atrevida y chula como un chico, pero en femenino. Es curioso. Es la típica que a cada intervención de los demás hace su bromita. Pero a algunos les da igual. Y reconocen que al colegio hay que venir para socializar, para ver a los amigos. Esta es una opinión diría que unánime entre los de 15 años: el colegio es bueno para ver a los demás. Los que de mayores saben lo que quieren estudiar dicen que arte dramático, historia antigua, informática y medicina.
Ahora me llevan a una reunión de los profesores de ESO. Son unos quince. Me siento entre ellos y me dicen que hablan de la “adaptación curricular individualizada” que, lógicamente, no sé qué es. Siguiendo la charla veo que discuten si crear más “grupos de refuerzo” o dejar a los alumnos con menos ganas de estudiar en las clases “normales”. Como dice un profesor: “Hay que decidir si optar en un mismo grupo por la disciplina o por la diversidad de niveles”.
El coordinador de la ESO, Siscu, dirige la reunión y da la palabra a quien la pide. Cada cual da su opinión; las dudas y problemas son tan complicados que es difícil alcanzar conclusiones. Cuando un profesor pone un ejemplo de un alumno lo cita por el nombre de pila, y todos asienten: conocen a los pupilos de memoria. Hay un profesor que está por separar a los alumnos, porque si los mantuviera todos juntos, “los conflictivos preferirían ser los gamberros que los burros”, y romperían la disciplina. Desde luego, si en el Juan XXIII la educación no es buena no será porque los profesores no se reúnan para intentar mejorarla.

La jaula de los leones
Aquí, como en Santa Perpetua, en tercero y cuarto, hay ya “grupos de refuerzo”. Me acerco a uno de ellos, de tercero. Desde el umbral veo que son sólo unos diez, pero el griterío y el jolgorio es arrollador. Parece una revolución popular. Arrastran los pupitres y se montan en ellos. Da la casualidad que hoy les toca una sustituta, que les tiene que poner una película. La chica está aturdida, creo que hasta tiembla un poco: se mueve encogida para que no la toquen, como si estuviera en una jaula de leones desbocados. Está claro que tiene miedo; los chavales lo perciben y alborotan de lo lindo. Como buenos niños, les gusta hacer leña del árbol caído, pero sin malicia. Al rato entra María José, que los sabe llevar más tiesos y les exige respeto a la profesora. El alboroto se calma. Me voy con María José. Mientras nos alejamos, por la ventanilla de la puerta la sustituta nos mira con cara de penita. Pero no se oye escándalo, la película los habrá suavizado. Ahora toca recreo. Me acompaña Siscu. Le pregunto cuál es la diferencia entre un centro público y uno concertado como éste. Básicamente, dice, lo único que procuran es hacer un seguimiento más personal, intentar que ningún niño pierda la oportunidad de estudiar por falta de atención de los profes. Para ello los padres pagan cerca de 100 euros al mes. Se supone pues que en casa la familia tiene interés en que su hijo esté mejor vigilado.
Que el Juan XXIII esté en Bellvitge no es casualidad. Bellvitge es un barrio a las afueras de Barcelona, famoso por su hospital. El barrio también tiene la mal ganada popularidad de inseguro. Entre los alumnos del colegio hay lógicamente alguno suelto que alimenta esa desgraciada fama. El Juan XXIII tiene vocación de realizar una labor pedagógica doble: dar conocimientos a todos y procurar que ninguno caiga en la delincuencia o drogas.
Mientras suena el timbre y los alumnos vuelven a clase, Siscu me muestra a uno que tiene pendiente un juicio por robo con intimidación. El chaval habla sonriendo con una chica; nadie diría que es capaz de atracar a una viejecita. Pero se ve que el día del delito iba con otros cuatro, que llevaban la voz cantante.

Alemanes de visita
Hoy viene al colegio un grupo de estudiantes alemanes de bachillerato. El Juan XXIII tiene acuerdos con colegios europeos y cada año se hacen alguna visita mutua; normalmente en los viajes de fin de curso. Así que ahora hay un grupo de veintipico chavales alemanes en el laboratorio haciendo un experimento. Con clorofila, creo. Cada grupo de cuatro o cinco tiene asignado un estudiante del Juan XXIII que les hace de guía e intérprete.
Comparado con lo que he visto en ESO, esto es el paraíso del buen estudiante. El profesor dice lo que hay que hacer y los alumnos hispano-​alemanes cumplen a rajatabla. Hay accidentes, como cuando se rompe una probeta al limpiar, pero todo son sonrisas y bromas. Ninguna bronca.
Los que hacen bachillerato son los que han decidido que quieren seguir estudiando; los de su edad que han optado por lo contrario están trabajando. Aunque en el laboratorio la comunicación entre los estudiantes de ambas nacionalidades sea leve (la timidez y un inglés decaído la impiden), da alegría ver el interés y la seriedad de estos jóvenes. Los que se quejan de la juventud deberían entrar en los laboratorios junto a alumnos de bachillerato de las escuelas e institutos europeos.

Y ahora, la traca final
Para acabar, como traca final, vuelvo con María José, la profe de los grupos de refuerzo. Me ha invitado a presenciar una clase entera de cuarto. Son menos de veinte, y hay sólo dos chicas, que son las más listas y saben pasar desapercibidas.
El último día de clase dos chavales se tiraron el borrador por la cabeza y hoy María José ha preparado una lección de resolución de conflictos. Les dice que hay que entender la postura del adversario, que hay que saber perdonar. Los dos que se pelearon no están muy por la labor, aquí nadie quiere echarse atrás: la culpa al final siempre es del otro porque empezó o bien porque devolvió el golpe. Entretanto, en otra zona de la clase, dos se dan collejas, e interviene un tercero; la clave veo que está en no quedarse con la última colleja sin haberla devuelto.
Así, mientras María José habla con unos, en otros puntos del aula cada cual va por su cuenta, hablando o bromeando o dándose golpecitos.
Sin embargo María José sabe llevarlos. La respetan, que ya es mucho. María José me dice que uno –o dos– es hiperactivo, pero a mí me parece que lo son casi todos. Es un no parar. Imagino lo que debe ser una clase por ejemplo de inglés aquí. Puro sufrimiento. Y no parece que ninguno de estos chicos sea malo: son revoltosos, inquietos. Aunque quizá haya un par que sí miran ya de un modo un pelín acosador, pero nada peligroso.
María José agradece a los otros profesores y a los coordinadores que traten a sus alumnos como cualquier otro pupilo del centro. Ya tienen suficiente con ser los de “refuerzo” como para que los traten encima como estudiantes de segunda. Merecen el respeto que tienen todos y eso es lo que hay que enseñarles. Según me cuenta María José los problemas de algunos de estos chavales no empiezan con ellos, sino que vienen ya de casa
Al final me deja preguntar. De mayores quieren ser mecánico (un par), soldador, jardinero, pastelero. Todos curiosamente lo tienen bastante claro. Vistas sus aspiraciones laborales, es comprensible que el colegio les facilite que se saquen el graduado escolar y puedan aprender un oficio. Por eso están en esta clase de refuerzo, donde el ritmo de estudio es más lento. Entre lo que más les gusta está “hacer el vago”, “dormir” y “estar por la calle”. Cuando toca el timbre quieren formar en estampida en la puerta, pero María José consigue retenerlos escasos segundos para que contesten una última pregunta. Sin embargo en seguida saltan y se escapan hacia abajo. Bajando las escaleras, María José me confiesa algo que nadie puede negar, que la ESO es aburrida, porque “¿quién quiere aprender cultura general con catorce años?” Pues la verdad es que unos cuantos sí que hay.

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