Qué educación das a tus hijos

LOS DELÁS DE ANDRÉS

En mi clan se grita poco
El padre: Jordi Delás (51 años)
Nacido en 1953, en 1982 tenía mi primer hijo. La gente de mi época ha tenido una educación autoritaria: colegio, mili, primeros trabajos se confrontaban con la voluntad de ser mandados cada vez menos, por menos gente.
La prueba de fuego, la llegada de un hijo o una hija. Alguien a quien hay que educar, corregir, mandar, cuando durante muchos años se ha hecho profesión en contra del autoritarismo. Lo mejor y lo peor de la educación que he dado a mis hijos va en el mismo paquete. Escasa imposición, búsqueda de la persuasión. Y no se trata de una receta, una reflexión, una aceptada doctrina pedagógica. Probablemente cada uno enseña y educa, tal como es. Así han aparecido los clanes, los rasgos familiares, las tendencias. Y tiene de bueno que ofrece claras referencias.
En mi clan, se grita poco y se castiga menos por la propia inseguridad de hacer cumplir el castigo. Quizás ni mejor, ni peor que otras fórmulas. Y como todas, requiere buena dosis de suerte.

Somos un relajado y una estricta
La madre: María Eugenia de Andrés (48 años)
El oficio de madre es uno de los más difíciles que te plantea la vida cuando tienes que educar a tus hijos. Lo es porque nadie te enseña, y tienes que recurrir a tus propias percepciones para transmitir determinados valores. Son los valores en los que cree uno mismo. Tenemos cierta tendencia a proyectarnos en nuestros hijos, a veces sin considerar que cada uno de ellos es diferente. No existen fórmulas ni recetas. En mi pequeña unidad familiar hay un estricto y un relajado. Crea conflictos y diversidad de opiniones, pero es un buen binomio para ejercer el papel de educadores. Con todo, en esa cierta relatividad que impone la manera de ser de cada uno, hay cosas en mi casa que son innegociables: el respeto a los demás es una de ellas. He intentado transmitirlo a mis hijos porque creo en ese principio. Tal vez, eso es lo mejor. A veces, cuando hablo con ellos, creo que lo han entendido. En cuanto a lo peor, me quedaría con esos momentos en los que la situación te desborda porque te parece haber llegado a un callejón sin salida, cuando te domina el enfado y la rabia. Una vez superados, suelo pensar que no se puede bajar la guardia: el oficio de madre no se acaba nunca.

Las normas me las enseñan las abuelas
El hijo mayor: Toni Delás (22 años)
Estos 22 años han sido geniales. La mayor parte de culpa la tiene la familia. Dentro de la educación de cada uno, la familia es una pieza básica. Es el pilar sobre el que se va a levantar todo el constructo. Echando una mirada hacia atrás recuerdo que mis padres siempre querían que hiciera muchas cosas para aprender mucho y decidir también cuáles me gustaban. El fuerte estaba en las actividades extraescolares. Creo que allí está la mitad de mi currículum: inglés, clases de piano, natación, guitarra, hockey patines, hockey hierba, tenis, atletismo y muchas más.
Ellos no son mucho de enfadarse, pero sí de hablar, hablar y hablar. Esto va bien porque siempre se puede “negociar” o llegar a determinados acuerdos. Bofetadas pedagógicas cuatro. Pienso que son necesarias. Mi padre Jordi: trabajador, alegre, amable, cansado. Mi madre Geni: seria, responsable, eficaz, sentido común. De todo esto se intenta coger lo mejor de cada uno y hacer un mix.
De mi hermano Miguel también aprendí muchas cosas. Tengo que decir que estoy orgulloso de ser el primogénito. Competimos a menudo y ya empieza a ganarme, pero si unimos nuestras fuerzas podemos llegar muy lejos.
¿Y dónde se aprenden las normas de educación y las formas de comportarse correctamente? Pues con las abuelas. A ellas sí hay que escucharlas con detenimiento. No olvidaré jamás lo del “hombre del saco” frases como “en la mesa y en el juego, se conoce al caballero” y consejos sobre máquinas recreativas.
La escuela también tiene un papel muy importante en la configuración de una persona. Los profes, compañeros, castigos, asignaturas, suspensos, pupitres y demás acaban dándole a uno otra buena dosis de educación.
De los amigos también se aprenden cosas. En general, las relaciones humanas son positivas para el hombre.
Y finalmente querría hablar de la sociedad. El contexto es otro factor clave en la educación. Éste que nos rodea ha ido cambiando continuamente a lo largo de los últimos 15 años. Los de mi generación nacimos sin móvil e internet, sin CD, y esto, sin duda alguna, también educa de una manera más informal.

Mi madre es el policía malo
El hijo pequeño: Miquel Delás (20 años)
Mis padres han basado mi educación en dos pilares, la tolerancia y el diálogo. Como en toda relación conyugal, uno de los dos tuvo que ser desde el principio, el policía malo. Por distintas cuestiones de la vida mi madre asumió este papel. Ella ha sido durante mucho tiempo la que se ocupaba de censurar mis mejores planes, la de fijar un toque de queda y la de tomar las decisiones más cuestionables. Por este motivo mi madre simboliza el diálogo, la disputa para alargar un poquito más la noche, a veces apenas media hora. Con ella he aprendido el arte de la retórica y la figura del negociador. Mi padre, por su parte, siempre ha sido mucho más tolerante y más fácil de convencer. Durante mucho tiempo intentaba hablar a solas con mi padre para que la negociación fuera más llevadera. Él siempre me decía que se dejaba ganar porque habrá un día en que tendré que tomar las decisiones por mí solo. De él he aprendido que hay tiempo para todo y a tomarme las cosas con sentido del humor.
El tándem entre la policía mala y el policía bueno es muy equilibrado, aunque a veces los papeles cambien. Y no lo digo porque se intercambien los papeles, sino porque escenifican a dos sargentos malos. Mi madre no acostumbra a ser la buena de la película, siempre nos lleva rectos a los tres de casa. Ella, en su día, recibió educación militar, mi abuelo cursó una larga carrera militar, y evidentemente dejó rastros en su carácter. Por este motivo tiene un sentido del humor un poco soviético.
Muchas veces veo trazos del carácter de mi madre en mí, pero creo que inconscientemente me he quedado con más características de mi padre. A veces soy tolerante y doy la razón simplemente por no querer discutir, como él. Y no es por no discutir, pero creo que he tenido una educación muy buena.

LOS REY DEL RÍO

Espero que me maten (civilizadamente)
El padre: Fernando Rey (41 años)
La contestación más razonable a esta pregunta sólo la podrán dar mis propios hijos (Eva, 14, David 12, Pablo 8) cuando ellos tengan a su vez hijos o eduquen a los ajenos, pero esto no me detendrá y expondré mi punto de vista. Lo peor son, sin duda, todas y cada una de las traslaciones que les hago (obviamente, sin querer y, por desgracia, sin ni siquiera darme cuenta la mayoría de las veces) de mis propios miedos (particularmente sobre sus capacidades y sobre su futuro). El punto más oscuro de la educación reside siempre en los déficits de confianza. Por otro lado, la educación saca a menudo lo peor del educador porque es más fácil ser bueno que justo y educar supone, en ocasiones, propinar una buena ración de “noes”. Encontrar el equilibrio entre apoyar de modo infatigable e incondicional al chico sin hacer al mismo tiempo un pacto de no agresión con su lado más oscuro o montaraz es tarea difícil, todo un arte.
Siempre me ha parecido que educar bien es muy difícil pero hacerlo mal es muy fácil… Supongo que la prueba del nueve del éxito de la educación paternal es, precisamente, que cuando los niños sean mayores sus padres no estén en el centro de sus núcleos de interés, es decir, que haya cariño, sensación de gratitud, pero nada de obsesión o de situaciones en las que claramente no se ha cortado el cordón umbilical. Así que espero, Freud volente, que me maten (eso sí, al menos, civilizadamente). Yo he tenido la fortuna de una infancia feliz gracias a mis padres y nunca les agradeceré bastante la cantidad de dinero que me han ahorrado de psiquiatras.
El estilo de educación que intento mantener con mis hijos (y gracias a Dios no estoy en esto solo sino con mi mujer, que tiene una intuición que siempre se sorprende y admira) se puede resumir en cuatro palabras: confianza, libertad/​responsabilidad, asombro. A la confianza ya la he mencionado. Es el oxígeno del educando. La libertad es también una palabra clave. Incluye la posibilidad de errores y de insuficiencias, de los que también ellos tienen que aprender (el único aprendizaje es el que uno hace por sí mismo). Yo intento que saquen lo mejor de sí (y entiendo por “mejor” lo que se señala como tal en la tradición cristiana, es decir, no sólo una educación en “valores”, sino en “virtudes” –perdón por la venerable palabra tan en desuso). Pero más que suscitar en mí preocupación o necesidad de diseñar programas curriculares, todo lo relativo a mis hijos me produce más bien asombro. Es un milagro acompañar su crecimiento en todos los órdenes. Me maravilla cómo construyen día a día su personalidad. Y me siento, ante todo, un privilegiado por poder compartir este proceso.

Lo mejor es sentirme feliz por haberlos parido
La madre: Pilar del Río (41 años)
Lo mejor de la educación que doy a mis hijos es enseñarles que la violencia no arregla los problemas, al contrario, genera una espiral de la que es difícil salir. Lo peor de la educación que doy a mis hijos es que en cuanto pueden, juegan con los juegos de la Play Station de los amigos a la más pura de las violencias. Lo mejor de la educación que doy a mis hijos es transmitirles que no por tener más, o por gastar más dinero en ropa cara, se es mejor persona; lo peor de la educación que doy a mis hijos, no sé por qué extraño mecanismo, es que hasta en el mercadillo uno de ellos se quiere llevar la ropa de marca. Lo mejor de la educación que les doy a mis hijos es el hincapié que hago en el esfuerzo es cuando sucumbo ante un “mamá, por favor, puedes hacerme…”.
Lo mejor de la educación que doy a mis hijos no es educar en valores, sino educar en virtudes. Lo peor es que no lo consigo (o quizá soy una impaciente y todavía no veo los frutos). Lo mejor de la educación que doy a mis hijos es predicar con el ejemplo. Lo peor es que muy pocas veces lo consigo.
Lo mejor de la educación que doy a mis hijos es lo que revierte en mí y me hace ser feliz por haberlos parido.

Hago lo que me da la gana
La hija: Eva Rey del Río (14 años)
De los catorce años que llevo viviendo con mis padres, me han estado educando todos los días, cada día de diferente manera.
Mis padres siempre han confiado en nosotros, pero sólo si nosotros (tanto mis hermanos como yo) damos algo a cambio: responsabilidad. También hay una frase muy famosa, que yo creo que todos los padres lo han dicho alguna vez: “Irás/​Harás… si…”. La famosa frase condicional. Cuanto más responsable seas más tiempo te dejaran salir, ir a más sitios.
Tampoco sé sacar defectos ni beneficios de mi educación porque solo he recibido una.
Cuando tus padres te dicen que “no”, lo que hacemos todos (o la mayoría de los niños y adolescentes) es “hacer lo que nos de la gana”, a veces es tontería que nos digan que “no”.
Yo, personalmente, no tengo ningún problema con la educación que he recibido y estoy recibiendo todavía hasta que me independice, pero sé que algún día tendré yo que educar, entonces me pondré en el otro “bando”, entonces cambiaré de idea.

LOS EYMAR BENEDICTO

Sin televisión en casa
El padre: Carlos Eymar (52 años)
En su conferencia “La educación es educarse”, Hans Georg Gadamer confiesa que, en las raras ocasiones en que tuvo que cambiar los pañales a su hija, lo que en realidad llevó a cabo fue una tortura. Yo, por el contrario, mientras preparaba mi tesis sobre Marx y los derechos humanos y mi mujer sufría como médico residente en La Paz, llegué a alcanzar un alto grado de maestría en el arte de cambiar pañales, incluso en los duros años anteriores a la comercialización de los Dodotis. Más tarde, participé en la llamada comisión pedagógica de una guardería con el pomposo nombre de Horizonte, en la que por mi actividad de «cuenta cuentos» y por algún recital de canciones infantiles, me fue otorgado el galardón de «padre de oro» que conservo con orgullo en mi memoria. Pero, sin duda, mi mayor éxito pedagógico, que he de compartir con mi mujer, fue el de lograr que nuestros hijos pasaran su infancia y gran parte de su adolescencia sin televisión en casa. Lo asumieron con naturalidad, satisfechos con la dosis televisiva recibida los fines de semana en casa de sus abuelos y, sobre todo, con el cine de los viernes por la noche. Normalmente cine de palomitas en alguna sala de la Gran Vía, alternado con algún clásico de terror en la Filmoteca como Nosferatu de Murnau o Freaks de Browning, a los que seguía un particular cine fórum que, estoy seguro, estimulaba su pensamiento e imaginación.
Siempre fui partidario de la estimulación precoz y de tratar a los niños como a adultos. Cuando apenas contaban con cinco o seis años, mis hijos ya pedían en los restaurantes puding de cabracho o solomillo al cabrales poco hecho, nada de esos menús de niño a base de pequeñas raciones de macarrones con tomate. En alguna ocasión no vacilé en encargar al ratoncito Pérez que trajera Crimen y castigo. Y lo mejor de todo era que lo disfrutaban. En el colegio creo que sacaron bastante provecho de los métodos de María Montesori y de una educación bilingüe, aprovechando las horas sin televisión para dedicarlas a la lectura o a actividades extraescolares como la música o el ajedrez. En los veranos, el turismo por las principales capitales de Europa se alternaba con estancias en familias del Reino Unido.
Veo hoy a mis hijos, veinteañeros, perfectamente pertrechados, ya emancipados por las tierras de Europa. Estoy satisfecho de su educación, de su rigor ético y de su creatividad estética, pero lamento mi incapacidad de haberles transmitido la fe religiosa. Fe, tout court, fe católica en el Credo y la transubstanciación. De niños les llevaba a la Iglesia de la Encarnación donde el padre Sopeña decía misa y donde tocaban el órgano aceptablemente. Pero aquellas palabras y formas no llegaron a penetrar en el corazón de los adolescentes. En este caso la estimulación precoz no funcionó.

No fui un ‘bicho raro’
El hijo: Marcos Eymar (25 años)
Recuerdo que durante una temporada de mi infancia solía exigir a mi madre que me enseñase una nueva palabra cada día. Expresiones obsoletas como «¡pardiez!» o «a buen recaudo» me fascinaban tanto como el caudal del Congo (todavía lo recuerdo: 30.000 metros cúbicos por segundo) aprendido en un gran volumen ilustrado con el título de Los ríos del mundo. Si puedo considerarme un privilegiado es sobre todo porque, gracias al empeño de mis padres y a condiciones externas favorables, pude saciar la infinita curiosidad infantil, tantas veces neutralizada por la televisión y las rutinas pedagógicas.
Una parte considerable de mi aprendizaje se realizó a través del cine y de la literatura. De niño, la distinción entre las vivencias reales y las derivadas de la ficción no es tan tajante como en la edad adulta. Las sesiones de cine y las lecturas de la infancia pueden representar un verdadero hito biográfico. Ver Nosferatu o leer La isla del tesoro con ocho años fue para mí una experiencia de una intensidad me temo que en parte irrecuperable. El carpe diem también debe aplicarse al disfrute de las películas y los libros. El descubrimiento gozoso de todo ese fascinante universo cultural fue paralelo a la conciencia precoz de su excepcionalidad. La escuela puede ser implacable con la diferencia y, en los tiempos que corren, no tener televisión e interesarse por las películas en blanco y negro y la geografía equivale poco menos que a ser un alienígena. Si superé sin mayores traumas el estigma de «bicho raro» es porque acepté muy pronto una cierta esquizofrenia. En casa podía hablar sin reparos de Hitchcock o de Dostoyevski; en el colegio, gracias a las sesiones televisivas con los abuelos, participaba con decisión en las discusiones sobre cualquier capítulo del Equipo A o sobre la última jornada liguera. Es posible que esta división favoreciese una tendencia innata a la discreción y a la autoironía; resultó en todo caso una vacuna contra los peligros más evidentes del esnobismo.
Nunca he vivido la educación como la imposición de determinadas normas y valores. Aunque sé que ésta dimensión coercitiva existe, mi experiencia personal me lleva a ver en la educación un proceso positivo de apertura al mundo. Abrir multitud de puertas para pasar por una sola –tal podría ser el objetivo, en apariencia paradójico y despilfarrador, de la auténtica educación, ajena a criterios economicistas. Mis años en un instituto público, con su mezcolanza social de punkis, pseudo-​anarquistas, fanáticos del deporte y talentos matemáticos me convenció de la importancia de conocer las vidas en principio más alejadas de uno mismo. Con el tiempo, resulta más fácil rodearse de gente que comparte los propios gustos. La educación demuestra entonces su rentabilidad como inversión que garantiza la reproducción social. No obstante, me siento afortunado de haber conocido una concepción más desinteresada de la educación, entendida como una invitación a apreciar y respetar la vida en toda su variedad y su misterio, desde el puding de cabracho hasta las homilías con órgano del padre Sopeña.

LOS GOMIS BOFILL

¿Será que nos educamos solos?
El padre: Lorenzo Gomis (80 años)
Tres de mis cuatro hijas son educadoras, una en la universidad, otra en bachillerato y secundaria y otra en educación infantil. No me parece, sin embargo, que hayan visto en casa que se hablara de educación. (La mayor es periodista, como yo, pero mi intervención en el asunto creo que fue más bien sugerirle que estudiara además otra carrera, y escogió historia).
La elección de colegio fue por consenso. La directora era parienta de mi mujer y había estudiado en la misma escuela que yo. El acuerdo entre los dos era tanto más fácil cuanto que casi todo le tocaba hacerlo a ella y mis horarios como periodista eran de tarde y noche en una época en que los directores y subdirectores no estaban contentos si no salían de la redacción a las tres de la madrugada con el periódico impreso bajo el brazo.
Quedaba, eso sí, el domingo y sobre todo las vacaciones de verano. Cuando las niñas eran pequeñas las pasábamos en casa de sus abuelos, los padres de mi mujer, y lo más claro que ha quedado de los ritos pedagógicos veraniegos es una frase que se oía en el comedor:
–Abuela, ¿puedo levantarme?
Ahora la frase la oigo en los veranos en labios de mis nietos y la abuela es mi mujer. El éxito de la frase depende en buena parte de que representa en la práctica la oportunidad de dejar a los mayores en la mesa y marcharse a jugar.
Los cupos de educación son diversos, compartidos e imprevisibles. Le toca mucho a la madre, algo al padre, algo a los abuelos, bastante a algunos de los profesores que cada educando suele escoger a su gusto, nada a otros que parecen en cambio muy interesados en influir, bastante a los compañeros de curso que a cada cual escoge también y relativamente poco a los políticos que dictan las leyes según las que todos serán educados en el tiempo en que duren ellos y sus leyes.
Los resultados son también imprevisibles y sorprendentes. Mi mujer y yo estamos muy contentos de que las cuatro hijas hayan salido cristianas, cada cual a su estilo, pero no ha sido porque nos empeñáramos visiblemente en ello. Lo hemos tomado más bien como un extraño regalo y nos alegramos por ellas. Mi mujer mantiene contacto telefónico diario con todas ellas en una ronda nocturna de la que me da el parte y en la que a veces participo.
Hace poco me hicieron una entrevista en un programa religioso y el entrevistador citó una frase mía en las memorias en la que decía que estoy contento de haber sido cristiano. Uno de mis nietos, de ocho años, seguía atentamente la entrevista con sus padres y su hermano y al oír esto, se volvió a sus padres y preguntó:
–¿Es cristiano?
Nos ha visto comulgando en misa y él mismo se prepara para la primera comunión, pero no se le ocurrió pensar que era cristiano hasta que lo oyó en la tele.

Asumí muchos papeles
La madre: Rosario Bofill (73 años)
¿Que cómo educamos a nuestras hijas (porque son cuatro chicas)? Pues no lo sé. Mi marido y yo no teníamos ningún programa preestablecido. Buscamos un buen colegio. No fue de monjas porque, aunque guardo un buen recuerdo del colegio al que yo fui, en aquel entonces era, a mi entender, un colegio clasista, y eso sí, quería que nuestras hijas no se sintieran superiores y trataran a todo el mundo por igual. En el aspecto religioso, nos parecía normal hablar naturalmente de temas religiosos si surgía el caso y lo que hicimos en común, durante muchos años, hasta su adolescencia o más, fue ir juntos padres e hijas a misa los domingos.
Otra cosa que nos ha parecido siempre importante es nuestra manera de obrar, ser en lo posible, consecuentes con lo que decimos y hacemos. No parecer una cosa y ser otra. No decir una cosa y hacer otra.
En cuanto a la vida ordinaria, yo tengo la sensación de haber asumido muchos aspectos: hablar con los profesores, ir a las reuniones de padres, ir a buscarlas al colegio, ir al médico, decir esto sí y esto no, etc., lo que acarrea que, quieras o no quieras, te vean como una madre mandona (¡y cuidado que es antipático asumir este papel!). Mientras, el padre se guardaba como segunda instancia. En mi caso sólo terciaba alguna vez, en todo era más condescendiente y por eso gozaba de todas las simpatías. Un punto de disciplina al que me ajusté siempre, sobre todo cuando eran pequeñas, fue el horario de ir a dormir, en eso era muy estricta. A las nueve a la cama. No sé si por su bien o por el mío, ya que yo a aquellas horas ya estaba hasta el tope.
Tampoco sé si trabajar en otras cosas que no fueran la casa fue un bien para ellas. Creo que no fue un mal, salvo los tiempos que estudiaba y llegaba muy tarde. Lo que sí creo es que fue un bien para mí porque siempre he necesitado algo que me ocupe la mente y me libere del quehacer casero. En casa todo el día yo hubiera sido, a lo mejor, insoportable y neurótica.
Creo que, casi para todos mis nietos, soy una buena abuela. Mejor abuela que fui madre cuando las niñas eran pequeñas. Y cada vez soy más madraza ahora que las hijas son mayores.
De algo de lo que estamos contentos mi marido y yo es que hasta hoy nuestras hijas son creyentes, con toda libertad, y hemos de dar gracias a Dios.

Recuerdo un delicioso hotel provenzal
La hija mayor: Soledad Gomis Bofill (45 años)
El encargo de la redacción era que contestara a mis padres. Curiosamente, lo que para mí ha sido lo mejor y lo peor no aparece. Empecemos por lo peor: lo de madre mandona a veces iba acompañado de tonos de voz altos, gritos, y de algún bofetón que ha tenido la honradez de referirme –yo no los recuerdo. Y mi padre, con poca presencia en la etapa infantil, tomó las riendas de forma contundente y perseverante cuando crecimos. Eso sí, para temas muy concretos.
Lo mejor, los viajes por el sur de Francia a los que nos llevaron en torno a mis nueve años. Recuerdo la emoción de cruzar la frontera –¡la hierba era verde igual! – , a mi padre visitando Arles con la Guide Verte en la mano, y un hotel delicioso con decoración provenzal (algo fuera de nuestro presupuesto). Recuerdo infinidad de detalles de esos viajes. Y creo que me han marcado.
Para mí, ese llevarnos de viaje constituía una enseñanza soberbia, una convivencia mejor y más intensa que la cotidiana, y una muestra de confianza en nuestra inteligencia (llevar a hacer turismo adulto a niñas medianitas).
En muchas cosas he reproducido las pautas educativas de mi madre. Prácticamente llevo el peso de la educación de mis hijos. Y, si bien me he retirado de los bofetones, no sé aún prescindir de algún grito de vez en cuando, como en las mañanas en que estamos en casa a las 9 menos cinco y hay que arrancar como sea. Esto en la balanza de lo negativo. En lo positivo una dedicación intensa y el afán de interesarles por cuanto les rodea. Para mí es un triunfo que a mi hijo mayor –¡mayor: siete años de hace un mes!– no le sea indiferente el sufrimiento ajeno, ni el lejano ni el que encuentra en la esquina. Y que, al tiempo, sepa gozar de lo que ofrece la cotidianidad: la comida, el parque, los talleres en museos, algún viaje, los paseos en bici, el teatro… y un sinfín de actividades a cuya diversidad contribuye decisivamente el hecho de que el ocio infantil se haya convertido en industria y fuente de ingresos, también para museos y fundaciones.

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