CUANDO EL MÉDICO VENÍA A CASA ERA MEJOR
Que te miren a los ojos y sepan sonreír

Francesc González Ledesma
Novelista y periodista
Que el médico venga a casa tiene una cosa mala: significa que estás hecho polvo y no puedes moverte. Pero todo lo demás es bueno. En casa, no eres el paciente, sino el amigo del médico. Sólo al verle entrar, ya te sientes mejor, en especial si practica ese colmo de las virtudes medicinales que es la sonrisa. “Médico que ríe no te ve muerto”, piensas. Precisamente en el Colegio de Periodistas tenemos la suerte de contar con una doctora que siempre ríe. El optimismo debería formar parte de las recetas médicas, y encima a la Seguridad Social le saldría de balde.
Los despachos profesionales ya son distintos: forman un territorio ajeno donde hay salas de espera gimientes, aparatos inclasificables y hasta algún ordenador que no te mira, pero que afirma saberlo todo de ti. Cuando ves que el médico consulta el ordenador, piensas que más valdría que leyera en tus ojos: el médico puede ser –lo es– un salvador de cuerpos, pero de entrada, allí dentro, ya no salva tu espíritu.
Y si encima te asusta, desearías volverte a casa. Tengo un amigo a quien el médico dijo en su consultorio cierta vez: “¿Pero usted ha venido aquí por su propio pie o en ambulancia?”
Puestos al borde de la muerte, los médicos siempre me han salvado en casa. Un médico de pobres, don Antonio Sabrás, salvó a mi madre, ya con la cara tapada por la sábana, con una inyección directa al corazón.
Otro, el doctor Lasa, me sacó materialmente del ataúd cuando tenía una septicemia –una enfermedad infecciosa– galopante. El famoso doctor Piulachs, que siempre se llevaba los libros que yo tenía en mi mesilla, me clavó directamente unas tijeras en el abdomen, de madrugada, y liquidó de un golpe una infección de quirófano. De lo contrario, aquella noche me hubiese ido. Con el doctor Piulachs recuperabas la salud, pero no los libros.
Lástima que ahora los médicos apenas vengan ya a casa, en parte porque nuestras ciudades son demasiado grandes y en parte porque ya ni el alcalde puede aparcar. El pobre médico da a veces vueltas y vueltas, le clavan una multa, le entra mareo y acaba teniendo que llamar al médico.

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