EN ESPAÑA TENEMOS UNA MUY BUENA SANIDAD
Es verdad, pero también está en crisis

Jaume Padrós Selma
Secretario del Colegio de Médicos de Barcelona
Muy a menudo oímos expresiones categóricas de ciudadanos que exhiben una gran confianza en el sistema sanitario y, fundamentalmente, en sus profesionales: “En España tenemos muy buena sanidad”. Y en honor a la verdad, no les falta razón. El recorrido realizado desde el inicio a principios de los 60 pasando por la época de la construcción de los grandes hospitales hasta llegar a la universalización de las prestaciones sanitarias ha sido muy notorio. Este dato ha contribuido al reconocimiento de nuestro país entre los más avanzados del planeta. El nivel y la calidad de las prestaciones que se ofrecen y la presencia en todo el territorio del Estado son elementos objetivos que refuerzan tal afirmación.
Pero el sistema sanitario ha experimentado –y lo seguirá haciendo– un notable crecimiento, íntimamente ligado a los avances tecnológicos, a una mayor demanda de la población y al incremento de la oferta. Y si por un lado ello ha significado un motor de crecimiento económico, la realidad es que España está en la zaga de los países europeos en lo que se refiere al PIB destinado a sanidad.
Y la sanidad española está en crisis. Nuestro sistema sanitario es de gran calidad, como así se reconoce en foros internacionales, pero está enfermo. Hay quien afirma que por los recursos de que cuenta, nuestra sanidad es la más eficiente de las de su entorno. Sin embargo, está muy tensionada, con una fuerte presión asistencial y con grandes contradicciones en la gestión. Lejos de ser una buena noticia. Y por añadidura, la calidad de este sistema reposa fundamentalmente en la excelencia de sus profesionales, pero aquí son los peor remunerados del conjunto de la Unión Europea.
Por lo tanto el problema fundamental al que nos enfrentamos es el de la financiación. Pero también la necesidad de replantear los flujos y el acceso de los ciudadanos a ese sistema, no sólo con la finalidad de buscar nuevos recursos directos sino para conseguir también un uso más racional y adecuado de los servicios por parte de los ciudadanos y poder rebajar, así, presión. Esto es, cómo mejorar y optimizar la asistencia (masificación de las consultas, colapso de los servicios de urgencia, listas de espera). Sin dejar de reconocer los derechos, ahora es el momento de reivindicar los deberes que todos tenemos sobre nuestra sanidad. Contrariamente a lo que muchos defienden, mantener nuestro sistema tan a límite perjudica a los sectores económicos más desfavorecidos por cuanto no pueden optar por alternativas en la sanidad privada.
Recientemente el gobierno español ha puesto sobre la mesa más recursos. Pero son absolutamente insuficientes para abordar las necesidades de nuestra sanidad. Ha llegado el momento de volver a plantear propuestas, tales como el copago, nuevas formas de gestión, fiscalidad apropiada para los ciudadanos que opten por usar la sanidad privada, exigiendo todas las garantías necesarias para que en su aplicación se asegure la equidad y la accesibilidad del sistema. Países de referencia en la defensa de modelos de sanidad pública –como el caso siempre referenciado de Suecia– llevan aplicando desde hace tiempo algunas de estas medidas con eficacia y sin controversia.
Si de verdad queremos la supervivencia de nuestra sanidad, debemos actuar con coraje y rehuir el populismo y la demagogia y el uso partidista como elemento de confrontación y rendimiento electoral. Hay que hablar claro. Los que trabajamos y estimamos la sanidad pública y de calidad reivindicamos que al igual que se hizo con los “pactos de Toledo” para asegurar la viabilidad del sistema de pensiones, se haga de nuevo un esfuerzo para acordar aquellas medidas que nos garanticen la perdurabilidad de nuestro sistema sanitario. La salud de nuestra sanidad está en juego.

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