La salud en los Objetivos del Milenio

Federico Mayor Zaragoza
Presidente de la Fundación Cultura de Paz
En el mes de septiembre del año 2000, en los turbulentos albores de siglo y de milenio, los Jefes de Estado y de Gobierno, reunidos en las Naciones Unidas, en su sede de Nueva York, solemnemente declararon que se esforzarían en cumplir los Objetivos del Milenio: i. Valores y principios; ii. Paz, seguridad y desarme; iii. Desarrollo y erradicación de la pobreza; iv. Protección de nuestro medio ambiente común; v. Derechos humanos, democracia y buena gobernación; vi. Proteger a los más vulnerables; vii. Satisfacer las necesidades especiales de África; y viii. Reforzar las Naciones Unidas.
La salud, como ha declarado la propia Oganización Mundial de la Salud (OMS), constituye el núcleo de los Objetivos del Milenio, ya que ocupa un “lugar central en la Agenda Global para la reducción de la pobreza y la contribución al bienestar humano”. Se menciona de manera muy concreta en tres de los ocho objetivos pero se halla implícita en aquellos relacionados con el hambre, la educación, la igualdad de género, etc.
A los cinco años de aquella declaración solemne…, otra vez incumplimiento y olvido de compromisos. Otra vez una cultura de fuerza, de imposición, de violencia en lugar de una cultura de diálogo, de entendimiento, de escucha, de paz. Si bien los resultados han sido poco satisfactorios en general, es el África subsahariana la que, de nuevo, se lleva la peor parte. Si las tendencias no se rectifican en breve plazo, no sólo no se habrán cumplido en 2015 los Objetivos del Milenio fijados tres lustros antes, sino que en muchas partes del planeta la situación habrá empeorado.
En relación al primer objetivo relacionado con la salud, el de “reducir la mortalidad infantil”, los datos a los cinco años ponen de manifiesto que, si bien en algunos casos ha tenido lugar cierta evolución favorable, cerca de once millones de niños de menos de cinco años mueren anualmente en todo el mundo, manteniendo los índices de mortalidad infantil en unos porcentajes realmente escandalosos. De hecho, en 16 países –14 de ellos africanos– los porcentajes de mortalidad de niños de menos de cinco años son superiores a los de 1990, punto de referencia para los objetivos de reducción. Y lo que es peor, un reciente informe de la OMS indica que “ninguna de las regiones más pobres del mundo en desarrollo se halla en la actualidad en condiciones de reducir la mortalidad infantil”. La malnutrición es la responsable de la mitad, aproximadamente, de las muertes infantiles, y los esfuerzos realizados hasta el momento para mitigar esta causa socialmente intolerable y que constituye una vergüenza colectiva, son muy escasos. Alrededor de 150 millones de niños de menos de cinco años tienen un peso por debajo del normal a su edad. La mitad de los niños del sureste asiático se hallan en estas condiciones lamentables y en el África subsahariana su número, en lugar de reducirse, se ha incrementado desde 29 millones a 37 entre los años 1990 y 2003. “En términos generales, cita el informe, el 35 por ciento de los niños africanos tienen hoy un riesgo mayor de morir antes de los cinco años que el que tenían hace una década”.
En relación al objetivo de “mejorar la salud materna”, el mismo estudio pone de manifiesto que se ha incrementado la cantidad de partos atendidos en el sudeste asiático y en África del Norte. Sin embargo, más de 500.000 mujeres mueren durante la gestación y en el momento del parto cada año, y los porcentajes de mortalidad materna en el África subsahariana son mil veces mayores que en los países más prósperos. En síntesis, la OMS ha revelado que la mejora de los índices en aquellos países que ya tenían unos bajos niveles de mortalidad materna han sido muy débiles, mientras que en los países con alta mortalidad se han mantenido los mismos datos o incluso han empeorado.
El tercer objetivo específico relacionado con la salud en los Objetivos del Milenio se refiere a “combatir el sida, la malaria y otras enfermedades”. En algunos países se ha podido reducir la expansión del virus del sida, pero en la mayoría los resultados son muy preocupantes. “Con más de tres millones de muertes por sida cada año, el empeoramiento de la pandemia a escala global ha disminuido las expectativas de vida y los índices económicos en muchos países africanos”. La mitad de los seropositivos de VIH en el conjunto del mundo son mujeres. Pero a medida que la pandemia se agudiza, crece el número de mujeres y jóvenes infectadas, debido a razones fisiológicas, pero también a la escasa influencia que ejercen en las relaciones sexuales comparada con la de los hombres, lo que las hace más vulnerables a la infección.
En las conclusiones del informe, la OMS considera que los esfuerzos para combatir enfermedades transmisibles, reducir la mortalidad infantil y maternal e incrementar el acceso a los tratamientos contra el sida, “se enfrentan al mismo obstáculo: la provisión de servicios de calidad no puede incrementarse cuando el sistema sanitario en su conjunto permanece frágil, fragmentado y asimétrico”. La OMS hace un llamamiento para que los países más desarrollados presten, por el interés de todos, la atención que merecen las políticas sanitarias, atribuyéndole un lugar más prominente, incluso prioritario, en las políticas de desarrollo económico y social.
El 22 de julio de 2005, el secretario general de las Naciones Unidas presentó un proyecto de resolución con vistas a la Cumbre del Milenio + 5 que tendría lugar a mediados del mes de septiembre. Los ocho Objetivos del Milenio se concretaban en cuatro áreas principales: desarrollo, paz y seguridad colectiva, derechos humanos y el imperio de la ley, y fortalecimiento de las Naciones Unidas.
Como era previsible, dentro del capítulo de “desarrollo”, se proponen medidas económicas, comerciales, financieras –por ejemplo, alcanzar el 0,5 por ciento del PIB de los países ricos para desarrollo endógeno en 2009, de tal manera que el objetivo del 0,7 por ciento en 2015 pueda lograrse realmente; deuda exterior; comercio internacional; cooperación sur-​sur; desarrollo rural y agrícola; empleo; medio ambiente (de una particular influencia en la salud humana y en las condiciones higiénicas y sanitarias); y, como era de esperar, fomento de la lucha, por todos los medios, contra la expansión del sida y otras afecciones, tales como la malaria, la tuberculosis, etc. Se propone la actualización y pleno uso de la Red Global de Alerta y Reacción frente a la aparición de epidemias y enfermedades emergentes (GOARN-​Global Out break Alert and Response Network).
“Debe asegurarse la financiación a corto y largo plazo para la investigación académica e industrial, así como para el desarrollo de nuevos medicamentos y tratamientos que vayan dirigidos específicamente a las grandes pandemias y enfermedades tropicales.” También dentro del “desarrollo” figuran la igualdad y capacitación de la mujer y el incremento decidido de las inversiones en ciencia y tecnología para el desarrollo, favoreciendo nuevas prácticas agrícolas que permitan el incremento de la productividad. En el mismo capítulo se menciona como prioridad las “especiales necesidades de África”, donde, nuevamente, se subraya la necesidad de todas las medidas preventivas, paliativas y curativas posibles frente al sida y otras enfermedades africanas, habituales o emergentes.
La segunda área se refiere a la “paz y seguridad colectiva”, como ya hemos indicado. Incluye la protección de los niños y jóvenes en caso de conflicto armado; la resolución pacífica de conflictos; el papel de la mujer en la prevención y resolución de las divergencias que pueden conducir a la confrontación; el mantenimiento de la paz y, lo que es muy importante porque está en el núcleo esencial de la misión de las Naciones Unidas, la construcción de la paz. Se propone que las Naciones Unidas, en situaciones excepcionalmente críticas, puedan reclamar el concurso, a través del Consejo Económico y Social (ECOSOC), de una Comisión para la Construcción de la Paz, cuyas recomendaciones serán hacerse accesibles a todas las instituciones y actores de las Naciones Unidas, incluidas las instituciones financieras internacionales. Es innecesario añadir que en la misma área se habla de la forma, coordinada globalmente, de regular el uso de la fuerza, favorecer el desarme, evitar la proliferación de armamento, combatir el terrorismo y el crimen internacional, desarrollando para ello la tecnología y disponibilidad de recursos de toda índole que la nueva naturaleza de la confrontación a escala mundial exige.
En el área de los “derechos humanos y del imperio de la ley”, se pone de manifiesto la necesidad de promover en todo el mundo el programa para la educación en derechos humanos y todas aquellas iniciativas que puedan fortalecer la visibilidad y toma de conciencia de estos grandes puntos de referencia éticos. Se abordan los problemas específicos de las personas desplazadas internamente y de los emigrantes, las acciones en favor de la democracia auténtica y participativa y la lucha contra la impunidad. Termina este capítulo con un llamamiento al diálogo en lugar de la confrontación, al establecimiento de puentes y alianzas entre culturas y civilizaciones, para poder transitar desde una cultura de imposición y de fuerza a una cultura de entendimiento y de paz.
Como antes indicábamos, el Secretario General, conciente de que todo lo anterior no puede realizarse en un espacio supranacional carente de la regulación y normativa adecuadas, en donde grandes corporaciones campan a sus anchas y los trasgresores implicados en tráficos de la más distinta naturaleza (¡desde armas y drogas a personas!) no pueden ser identificados y llevados ante los tribunales propone como cuarta área prioritaria el fortalecimiento de las Naciones Unidas. El debilitamiento progresivo del Sistema se inició en la década de los 70 del siglo pasado y ha conducido a la sustitución de la idea de Roosevelt –“Nosotros, los pueblos…”– por un poder oligárquico y, en estos momentos, hegemónico (“Nosotros, los poderosos…”).
Estas propuestas, ya muy edulcoradas en no pocos casos, fueron sometidas a los efectos del “huracán Bolton”, embajador de Estados Unidos ante las Naciones Unidas, que presentó ¡más de 700 enmiendas! Norteamérica sigue insistiendo en que todo se arregla –a pesar de que las estadísticas demuestren que las asimetrías sociales se amplían en lugar de reducirse– mediante el libre comercio y la economía de mercado.
Después de prolijas negociaciones, con la impresión general, de un lado, de que en las presentes circunstancias las Naciones Unidas no pueden mejorarse como es deseable y, de otro, el convencimiento progresivo de que son ahora más necesarias que nunca, los Jefes de Estado y de Gobierno aprobaron en la reciente Cumbre un texto, versión del 13 de septiembre de 2005, en el que los puntos relacionados con la salud que han logrado “sobrevivir” son los siguientes:
Incrementar las inversiones y fortalecer los mecanismos –o crearlos– para mejorar los sistemas de salud en los países en desarrollo y en las economías en transición, con el fin de disponer de un número suficiente de sanitarios, infraestructura, sistema de gestión y suministros para que los objetivos del Milenio que se refieren a la salud puedan alcanzarse en el año 2015.
Aumentar las medidas que faciliten la capacitación de adultos y adolescentes para saber protegerse de los riesgos de la infección por sida. Implementar plenamente todos los compromisos establecidos en la Declaración sobre VIH/​sida mediante la adopción de medidas multisectoriales para la prevención, tratamiento y movilización de los recursos necesarios a estos efectos, incluyendo un incremento sustancial del Fondo Global para la lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria.
Junto a otras medidas preventivas y al apoyo de la Red GOARN, de la OMS, los Jefes de Estado y de Gobierno reiteraron la necesidad de lograr, el año 2015, acceso universal a las medidas sanitarias que permitan disminuir la mortalidad infantil y materna, incluyendo, desde luego, la erradicación de la pobreza y la mejora de la nutrición.
Es importante subrayar que, dentro de “otras enfermedades”, se añaden el SARS (Síndrome respiratorio agudo), la gripe aviar y otras enfermedades emergentes que requieren un gran esfuerzo investigador, predictivo y preventivo.
Las medidas sanitarias anunciadas se reiteran en el caso de las acciones que deben adoptarse de manera específica y apremiante para el continente africano, en particular el África Subsahariana.
Ya en el Preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos se dice que “la aspiración más elevada del hombre es el advenimiento de un mundo en el que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias”. Éste sigue siendo el gran objetivo: que todos los seres humanos, iguales en dignidad, vivan libres de la miseria y el miedo. Antes de la Cumbre de septiembre, eran muchas las organizaciones no gubernamentales que hacían llamamientos así: “¡No perdamos esta oportunidad!”. Ahora, aunque atenuados, tenemos unos “compromisos que debemos contribuir a poner en práctica”. Porque, esto es lo que quiero subrayar, las cosas han cambiado entretanto. La gente empieza a incorporarse al escenario en el que, hasta ahora, unos cuantos tomaban las medidas que afectaban al pueblo en su conjunto, que acogía los designios que emanaban de las instancias de poder con resignación y silencio. Pero ahora, la sociedad, las organizaciones no gubernamentales, la “gente” del mundo no van a permanecer callados. Ya no seguirán “instalados y dóciles” como nos amonestaba Jesús Massip en sus versos De las horas. Los medios de comunicación pueden hoy, además de contribuir a la capacitación y a la toma de conciencia, ayudar a manifestar nuestro disentimiento o nuestra conformidad, nuestro aplauso o nuestra repulsa. Pueden convertirse, a través de internet y, en particular, de los teléfonos móviles en la mejor expresión de la voz del pueblo, de la solidaridad a escala mundial. La sociedad civil tiene ahora, además de un innegable papel protagonista en la ayuda solidaria, la posibilidad no sólo de hacerse oír sino de hacerse escuchar. Se acerca el momento de la democracia real. El momento soñado de la irrupción serena de la gente en el escenario. Como he repetido con esperanza en tantas ocasiones, el siglo xxi puede ser, por fin, el siglo de la gente. De nosotros. De todos.

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