El ciclán

Ricardo René Cadenas
Médico Cirujano y empresario
El aire fresco del otoño acariciaba su cara quemada por el sol de tantas travesías. La mañana templada de abril le inundaba el alma. A pesar de eso, no se sentía pleno. Los recuerdos golpeaban el pensamiento de Valentín como un martilleo constante que le sacaba la capacidad de gozar las pequeñas cosas. Atlético, musculoso cruzaba las esquinas pedaleando con una displicencia automática.
En los últimos días, su cuerpo le venía dando avisos. En ocasiones los dolores se hacían insoportables. La insistencia de su mujer lo ayudó a tomar la decision: debía consultar al médico. Él sabía que su trabajo estaba causándole problemas desde hacía tiempo. La presión de la actividad era conocida, la historia de todos sus compañeros así lo confirmaba y, por lo insalubre de su tarea, a él le faltaba ya poco para jubilarse. Era aún joven, podría disfrutar su vida de retiro junto a su esposa e hijas. Eso le mejoraba el humor e iba predispuesto a hacer todo el esfuerzo para tener una buena consulta con su nuevo doctor.
Avanzó con regularidad y, después de recorrer varios kilómetros, llegó a destino. Miró con cuidado la fachada del lugar; a un costado de la puerta, una placa de bronce bien lustrado rezaba: “Luis Carlos Cabrera, médico”. En voz baja, Valentín disparó un insulto: no había portabicicletas en la entrada. “Qué falta de previsión”, se lamentó. Debía dejar su bicicleta en algún lugar seguro, era la única cosa material que realmente le importaba; sabía además que si se la robaban no podría comprar una nueva (el cuadro de cerámica de su bici, recién traído de Europa, se le hacía inalcanzable). “A falta de pan, buenas son tortas”, pensó, y encadenó la bici a un árbol lo bastante chico para pasar la cadena pero robusto para resistir a los cacos.
Sonrió con resignación: su mutual había incorporado a un nuevo profesional. Pensó: “Otra vez la misma ceremonia: nueva historia clínica, más preguntas sin rumbo ni sentido, más pérdidas de tiempo, y ninguna solución”. Seguiría con los mismos síntomas, quizá con medicamentos más caros, pero al fin con los mismos agotadores síntomas.
Entró directo a la sala de espera, una secretaria con rostro feliz e insulso lo invitó a sentarse. Después de los registros de filiación rutinarios esperó varios minutos. Era el único paciente. Miró con detenimiento en las paredes los pocos antecedentes que reflejaban los diplomas del nuevo médico. Uno de ellos lo espantó: “Médico cirujano”, decía. Valentín sentía un fuerte rechazo hacia los cirujanos: eran parte de su infortunio.
El silencio y la tranquilidad del ambiente le causaron sueño, se relajó y comenzó a traer a su memoria imágenes, imágenes que lo hacían gozar con plenitud. En ese momento deseó que se demorara la consulta. Se vio formando parte de un grupo de hombres libres, con uniformes coloridos y ajustados, con cascos calados, jugando alternativamente el rol de pelotón, de líder o de rezagado. Evocó las frustraciones nimias de las pinchaduras sorpresivas, la habilidad en el recambio de las cámaras para volver rápido al pelotón. En recuerdos borrosos, identificó su primera bici a la que tanto amó; el dolor volvió a su espíritu: esa bicicleta también formaba parte de sus demonios escondidos, ocultados, tapados por él mismo.
–Valentín Hernández –dijo la voz con gravedad. Él se despabiló al instante. Notó por qué Cabrera no tenía portabicicletas para sus pacientes: era lo más opuesto a un deportista que se pudiera imaginar. Flaco, con los dientes manchados de nicotina (aunque no fumó durante la consulta), barbado de barba rala y despareja, pálido. Su juventud extrema se ocultaba detrás de tanto descuido. “Es la imagen del antivalentín”, pensó. Le extendió la mano y el médico la estrechó con seguridad. Ese gesto le dio confianza, y la mirada franca de Cabrera lo conquistó.
–Tome asiento, Valentín –invitó el médico. El ciclista aceptó sin chistar.
Como era su costumbre, el doctor Luis Cabrera escribía sus notas al final de la consulta, de modo que comenzó a preguntar con naturalidad y desenfado; primero ganó familiaridad con lo habitual: edad, hijos, etc. Valentín entró en la plática sin esfuerzo, esa naturalidad lo sorprendió agradablemente: tenía mucho que decir y mucho que callar, había cosas tan íntimas, cosas que nunca se había atrevido a contar después de esa primera vez.
–Comencemos por su trabajo –exploró el barbado.
–No hay mucho que contar –contestó Valentín. Como usted sabrá, es un trabajo bastante gravoso, molesto, quiero decir.
–Sea más explícito, por favor.
–Estresante, diría yo. Ser motorman de locomotoras es muy estresante.
–¿En qué sentido? –preguntó el médico esta vez con curiosidad. No sé nada de ese oficio.
–Usted verá, cuando algún suicida se para en posición mística frente a la locomotora, uno sabe que todo lo que haga será inútil. Lo más desolador es la pérdida absoluta del control. Esos segundos se transforman en la espera más larga que yo haya conocido, hasta el inevitable final.
–¿Y desde cuando trabaja en esto?
–Salí de la escuela para maquinistas apenas a los treinta, hace ya diecinueve años; con veinte de servicio me jubilo, y ya estoy cerca, por suerte.
–¿Por suerte? Dejar un trabajo es siempre conflictivo… –el médico esperaba su reacción. Valentín tenía la certeza de que jubilarse sería su tabla de salvación, por lo que, sin dudarlo, respondió:
–Doctor, espero esta jubilación con ansiedad, creo que me vendría muy bien –la cara de duda en el médico lo molestó, le irritó que no estuviese de acuerdo con algo tan lógico.
–¿Desde cuándo tiene estos síntomas, Valentín? –el galeno no quería que su paciente se dispersara, si el maquinista conseguía evadirse perdería el control.
–Desde siempre, desde muchacho quiero decir, en realidad no recuerdo desde cuándo –esta pregunta lo molestó en su inconsciente: detrás de esta vendría otra más delicada.
–¿Qué otra cosa lo aqueja, qué lo molesta además de su oficio?
–Creo que ser maquinista es la madre de todos mis problemas –eludió Valentín con presteza.
–Yo creo que es una parte de sus problemas, tal vez sus síntomas comenzaron antes…
La estocada del galeno fue certera, conmovió al motorista:
–Hay temas privados difíciles de abordar, algunas cosas íntimas son casi imposibles de hablar para mí.
–Si no los quiere abordar, es decisión suya. No voy a interferir en su determinación, pero le aclaro que no podré ayudarlo más allá de la medicación habitual. Usted bien sabe que en los últimos tiempos ésta ha sido inútil. La inspiración del ciclista fue profunda y prolongada. Parecía no querer volver a respirar hasta no terminar de decir lo que tanto le costaba.
–Con calma, amigo, tenemos tiempo para dialogar tranquilos.
–Doctor, mi historia no la conoce nadie y nunca la he contado, por vergüenza –a Valentín le costaba arrancar; pero observó al joven a los ojos y una oleada de confianza lo envolvió, quitándole el pudor. Tengo una hermosa familia que no merezco –dijo casi sin pensar. No me refiero a que sea un hombre que no merece tener familia, sino que es muy probable que, si no fuese por mi esposa, no la tendría. Ella, con un sacrificio extremo, gestó con otro hombre las hijas que yo no puedo tener.
El paciente bajó los ojos con bochorno.
–Desde entonces –prosiguió– es un tema tabú entre nosotros, nunca lo hemos hablado. Es decir, la discreción de mi mujer para no avergonzarme le hizo callar para siempre.
–Mire, Valentín, creo que su predisposición a ocultar temas importantes lo está haciendo padecer más de la cuenta. ¿Por qué no puede tener hijos? –preguntó, cambiando de repente el rumbo del interrogatorio.
El maquinista, más distendido, contó su historia con todo lujo de detalles, mientras el barbado escuchaba atento y sorprendido. Se aflojó la corbata y dejó que su paciente se explayara; no se animaba a interrumpirlo, tenía miedo que desapareciese tamaña espontaneidad. Cuando Valentín terminó su versión de los hechos, el galeno sufría de una mezcla de sorpresa, incredulidad y placer, profundo placer.
Realizó luego el examen físico, y pocos minutos después concluyó la visita.
El ciclista llegó fatigado a su casa. Abrazó a su mujer y a sus hijas (que se parecían a él en forma dramática), y lloró sin cesar, hasta quedar agotado. Su mujer, afligida, lo interrogaba sin respuesta. Entre sollozos, Valentín alcanzó a decir:
–No te asustes: lloro de felicidad. Creo que estoy curado.
El barbado estaba agotado: había atendido a demasiados pacientes en el día. Encendió un cigarrillo y comenzó a redactar las historias clínicas de la jornada. Una de ellas decía:
“Paciente de 49 años de edad, con síntomas evidentes de depresión reactiva secundaria a evento en su juventud. Deportista, practica ciclismo desde su niñez. A la edad de 19 años sufre accidente de tránsito mientras montaba su bicicleta. Como consecuencia, pierde su testículo derecho (extracción quirúrgica). La inspección física no muestra alteración ninguna, salvo la falta de su testículo derecho; resto del examen genital sin particularidades, gónada izquierda en buen estado, lo que le permite desarrollar su función reproductiva con normalidad. Después de comunicar al paciente la integridad de su función, éste se retira del consultorio abruptamente, sólo saluda agradeciendo. No se puede concretar próxima cita.”
El doctor Cabrera dio la última pitada, apagó el cigarrillo y se quedó unos minutos con la mirada perdida en un punto de la pared, como pensando. Después sonrió y siguió escribiendo. Tenía mucho trabajo por hacer.

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