EL PACIENTE NO TIENE NI IDEA DE MEDICINA
¿Por qué demonios iba a tenerla?

Joan Massana
Psiquiatra del Hospital Clínico (Barcelona)
Ciertamente, esta es una frase no demasiado infrecuente entre los profesionales de la medicina. Pero resulta sorprendente que sorprenda. ¿Por qué demonios iba a tener el paciente alguna idea (correcta) sobre medicina?
Muchos colegas dicen que al paciente no se le puede explicar lo que tiene porque los enfermos son muy burros (sic) y no lo entenderían. Es fácil estar de acuerdo con esta afirmación; en efecto, los pacientes son muy burros pero no son más burros que nosotros y en igualdad de “burrería” nos podemos entender si nos tomamos la molestia de explicar las cosas con paciencia y buena voluntad. Esta actitud nos evitaría encontrarnos con gente a la que el médico le ha dicho que tiene los intestinos demasiado largos o demasiado enrollados, que tiene reuma en el hígado o que el estómago se le ha caído (por cierto, en este último “diagnóstico” nunca se les explica dónde demonios se les ha caído). El comportamiento de los humanos podría hacer lícito sospechar e incluso, dudar de nuestro coeficiente intelectual tal como se demuestra leyendo cualquier libro de historia o sin ir más lejos, el periódico de cada día. Así pues, en la actualidad, no hay datos sugerentes de que los médicos sean más inteligentes que los pacientes. A los médicos se les supone que saben medicina (por lo menos, la mayoría) y los pacientes algo deben saber de ingeniería, andamios, química, o chapuzas. Cada uno sabe de lo suyo, y los diferentes conocimientos no tienen mucho que ver con la capacidad intelectual.
Es verdad que hoy día, muchos pacientes vienen “intoxicados” con teorías supersticiosas sobre la salud y la enfermedad. Están convencidos de que el organismo es muy sabio (afirmación sorprendente y provocadora si tenemos en cuenta la densidad de médicos en este planeta), que las medicinas son perjudiciales y que lo único útil son los remedios naturales. Para ellos “lo natural” es bueno, a pesar de las evidencias diarias de terremotos, inundaciones, plagas, huracanes y sequías. Piden hierbas, plantas, flores, dietas, es decir, reclaman la medicina de los apaches.
Este tipo de paciente requiere algo más de tiempo, un esfuerzo suplementario para explicarle la diferencia entre creencias y ciencia. Si se trata de individuos “cultos” –muchos profesionales e incluso profesores universitarios (en general, de letras) defienden estas teorías tan new age– hay que atacar amigable e irónicamente sus convicciones. Alguien dijo que los que no saben pensar, luchan… Podría decirse también, que los que no saben pensar, creen… Por ejemplo, hay que preguntarles qué margen de error conceden a sus creencias, qué evidencias poseen de que tal o cual hierba es mejor para su mal que el simple hecho del paso del tiempo. Naturalmente, no tienen nada de esto. Sólo tienen una plasmación verborreica de fatuidad francesa y metafísica alemana disfrazada con terminología “off Manhattan”. O lo que es peor, discursos ininteligibles de naturaleza oriental, mística y absolutamente irracional. No está claro que el hombre sea un animal racional, lo que sí parece ser, es un animal creyente.
A continuación se les debe dar la misma información que se suministra si el paciente no ha tenido acceso al supuesto mundo de la cultura. Se les ruega que lean las esquelas del periódico. Verán que en nuestro país la gente suele morirse entre los 80 y 90 años. Este fenómeno ocurre más o menos desde la Segunda Guerra Mundial y es exclusivo de lo que llamamos mundo occidental. Por supuesto, de acuerdo con su modo de pensar, esto debería ser antinatural, ya que lo normal a lo largo de los siglos y en el resto del planeta es que la esperanza de vida sea de unos 40 años. Si miran fotos de sus antepasados en igualdad de edad, sin duda les parecerán alienígenas. ¿Por qué se ha doblado la esperanza de vida en Occidente? Fundamentalmente, por tres cosas. Primero, porque no hay hambre como la hay en el resto del planeta. Segundo, porque los occidentales han adquirido la saludable costumbre de ducharse y tercero, porque hay “pastillas”, es decir, medicina científica. Puede terminarse la sesión jurando y perjurando que los medicamentos que debería recetársele están fabricados con elementos naturales de este planeta y no contienen en modo alguno elementos extraterrestres o sobrenaturales.
De modo que, y a título de conclusión, es lógico que los enfermos no suelan tener grandes conocimientos de medicina y hoy día están sometidos además a la presión mediática de las llamadas medicinas naturales o alternativas. Ninguna de ellas tiene el más mínimo soporte empírico (ni por supuesto, científico) a su favor. A no ser que se considere que el apoyo del príncipe Carlos de Inglaterra es una prueba de evidencia científica. Pero quizá convendría recordar que la mayor parte de sus proveedores son también médicos. Incluso el colegio de médicos de Barcelona imparte cursos de homeopatía y acupuntura. Así pues, los pacientes no son los únicos que no tienen idea de medicina ni –lo más importante– de la diferencia que existe entre creencia y ciencia.

Revistas del grupo

Publicidad